Aliento para esperar el regreso de Cristo

Dice la Biblia en 2ª de Tesalonicenses 2: 16

“…Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza.”

Para el apóstol Pablo el regreso de Cristo es una demostración del amor de Dios para con nosotros porque produce o provoca dos cosas: 1. Consolación eterna y 2. Buena esperanza. El retorno de Jesús es, entonces, una doctrina que de ningún modo debe provocar miedo o terror por los juicios que traerá consigo al contrario debe ser siempre motivo de gozo.

La vuelta de Jesús a la tierra trae en primer lugar un consuelo eterno. La palabra griega para consuelo es “paraklesin” que en el Nuevo Testamento se puede traducir como animar, exhortar, consolar, empujar, alentar. Es una palabra que se utiliza para referirse al Espíritu Santo, en su labor de acompañamiento al creyente después de la muerte de Cristo.

De ese modo podemos comprender que el regreso de Cristo se convierte para el hijo de Dios en ánimo, aliento y empuje eternos, es decir constante, permanente, sin interrupción. El regreso del Señor alienta para siempre a los creyentes porque los hace perseverar en el Señor.

Los creyentes del primer siglo o de la primera generación pensaron que Cristo retornaría en sus días. Conforme pasó el tiempo empezó el “enfriamiento” que para algunos incrédulos fue motivo de sorna. Fue tal la burla a ellos que Pedro escribió: “El Señor no retarda su promesa (de regresar), según algunos la tienen por tardanza.”

Para esperar a nuestro Señor requerimos consolación eterna para no bajar los brazos, ni reducir el ritmo para servirle. Y Dios nos ha dado ese aliento a través de su palabra y sus promesas.

Además tenemos buena esperanza. Nosotros esperamos algo que en realidad ocurrirá porque todo lo que la Escritura dice se cumple. El dijo que vendría y vino. Dijo que moriría y murió. Dijo que volvería y sin duda alguna volverá. La nuestra es una esperanza ciertísima e indubitable o indudable.

El Señor sigue esperando que su promesa de volver, sigamos contestando siempre: “Amén: sí, ven, Señor Jesús.”

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