Viven confiados los que habitan con Dios y le aman

Salmos 91: 7-9

Caerán a tu lado mil,y diez mil a tu diestra;mas a ti no llegará. Ciertamente con tus ojos mirarásy verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza,al Altísimo por tu habitación.

Introducción

La idea del salmista es reforzar nuestra confianza. Su propósito conforme desarrolla su oración es llevar a los lectores o a quienes rezan esa plegaria para que depositen toda su seguridad en Dios. Hay en la construcción del salmo una clara intención de dirigir a todos hacia Dios como un refugio fuerte y seguro.

En estos versos el salmista reitera y subraya la idea con la que comenzó su salmo: Que las personas conviertan a Dios en su habitación, casa o morada para refugiarse en él. El hombre se encuentra en peligro constante y requiere, necesita y está obligado a contar con protección.

Esa protección llega justamente cuando se pone al Señor como esperanza, es decir, se le otorga la seguridad de que sabrá cuidarnos y en segundo lugar poner al Altísimo por nuestra habitación, es decir, de nueva cuenta se repite la necesidad de convertir a Dios en nuestro estilo de vida.

La historia del pueblo de Israel ha estado acompañada de sufrimiento, dolor y muchas calamidades. La señal de que son el pueblo escogido por Dios es evidente cuando revisamos que ninguna nación en el mundo ha sufrido tanto como ellos. Dios les mostrado y demostrado que a pesar de la obstinación de sus enemigos por desaparecerlos, allí siguen.

Esta verdad, la podemos encontrar con solo hacer una leve revisión histórica. Pero al adentrarnos a la Escritura descubrimos que los judíos han sido esclavizados, luego libertados y nuevamente subyugados y de nueva cuenta libertados. Egipto, Asiria y Babilonia son naciones que los oprimieron.

Justamente en Egipto fue donde Dios les hizo ver la clase de protección que ellos tenía. Esa protección es la que recuerda el salmo 91. Una protección sobrenatural, una protección donde el único requisito es que ellos hicieran de él su refugio y lo amaran con todas sus fuerzas, con toda su mente, con todo su corazón y con toda su alma.

  1. Vive confiado el que habita con Dios y le ama
  2. Se mantendrá firme mientras muchos caen
  3. Verá la recompensa de los impíos

Vive confiado el que habita con Dios y le ama

El versículo 9 de este salmo dice así: “Porque has puesto a Jehová que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación” que representa o constituye una repetición de lo que el primer verso dice: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente”, es decir es una reafirmación del ideal del creyente de hacer de Dios su existencia.

La persona que decide convertir al Señor en su fortaleza, que determina hacerlo una realidad cada día en su vida tiene y tendrá siempre garantizada la seguridad de su vida y de su alma. Dios está comprometido con todos aquellos que ha decidido entregarle a él las riendas de su existencia.

  1. Se mantendrá firme mientras muchos caen

La frase “Caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra” es una frase que la encontramos en el canto que las mujeres entonaban después de la formidable victoria de David ante Goliat: “Saúl mató a mil; David a sus diez miles.” Posiblemente era una manera de resaltar una totalidad de personas o cosas.

En el contexto en que aparece en el salmo 91 podemos decir que se refiere a que la calamidad del terror nocturno, la saeta que vuele de día, la pestilencia que ande en oscuridad o mortandad que en medio del día destruya, le podrá suceder a todos, menos a los que han puesto a Dios como sus seguridad y lo aman.

La última plaga en Egipto, donde murieron todos los primogénitos de esa nación, incluido el vástago de Faraón, es tal vez la expresión más clara e ilustrativa de como Dios guarda a quienes se refugian en él. Esa noche en Egipto murieron miles de niños y jóvenes ante el endurecimiento del rey para liberar a Israel.

Literalmente es noche cayeron mil y diez mil a la diestra de los judíos, pero a ellos no les llegó porque obedecieron la indicación de Moisés que les ordenó que marcarán sus casas con sangre de un cordero. Solo quienes no acataron esta instrucción vieron la muerte de sus primogénitos.

Dios les aseguró que si hacían lo que él les indicaba no deberían tener ningún temor porque a ellos nada les sucedería. Y Dios cumplió. Todos aquellos que rociaron con sangre sus puertas y ventanas despertaron al siguiente día con la noticia de que en Egipto habían muerto todos los hijos que habían nacido primero en los matrimonios, no así a ellos.

Es interesante notar que Dios los guardó como ya los había guardado en la plaga del granizo (Éxodo 9: 26), en la plaga de las tinieblas (Éxodo 10:23) y ahora lo hacía así con sus primogénitos. Dios no permitió que les sucedería lo que les había ocurrido a quienes los oprimían.

La promesa de Dios que podría sucederles a todos los males escritos en el salmo, pero a quienes confían completamente en Dios no, es una realidad que los judíos experimentaron y que con toda seguridad y confianza se cumplirá cabalmente en todos aquellos que han puesto su esperanza en Dios.

  1. Verá la recompensa de los impíos

Al depositar nuestra confianza en Dios podemos estar completamente seguros de que habremos de ver como terminan aquellos que no confían en Dios y al contrario se complacen en la maldad. Nadie que haga a un lado a Dios de sus vidas terminará bien y Dios le promete a sus hijos que habrán de contemplar como termina su vida.

La historia nos ha demostrado también una y otra vez que los malvados parecen actuar de manera injusta y en lugar de recibir una sanción o una reprimenda por sus acciones, parecen encumbrarse más, parecen destinados a burlarse de Dios y los hombres y no recibir retribución alguna.

Pero el salmista nos asegura que hemos de ver y conocer como concluye la existencia de todos aquellos que denomina “impíos”, al estudiar la palabra en otros salmos hemos dicho que se refiere a los injustos, necios y maldadosos. Su mención en este texto parece indicar que son los mismos que lanzas las saetas de día.

El verso 8 del salmo 91 dice: “Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos”, y con esas palabras comprendemos que con toda seguridad hemos de mirar y ver cual es el final de todos aquellos que le dieron la espalda a Dios y se enfrascaron en sus propios pensamientos.

La idea no es que Dios nos ofrezca un espectáculo o una función de cine donde podamos ver cual es el desenlace de los malhechores para regodearnos en nuestra justicia, sino para que comprendamos y reconozcamos como nos cuida Dios y como actúa contra aquellos que lo desprecian.

De nueva cuenta en la Biblia encontramos casos de cómo terminan los enemigos del Señor y en consecuencia nuestros enemigos. Amán, enemigo del judío Mardoqueo, a quien, por cierto, odiaba, terminó en una horca que él mismo preparó. Absalón, el hijo de David, pero quien usurpó el trono de su padre también terminó mal.

Judas traicionó a Jesús y termino ahorcándose. Jezabel es quizá el ejemplo mejor acabado de cómo terminan esta clase de personas: murió arrojada desde una ventana del palacio real y devorada por los perros que se disputaron sus carnes y siguiendo con nuestro ejemplo al inicio, Faraón terminó destruido.

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