El tiempo no nos puede ayudar

El pecado ha causado estragos en nosotros y sus efectos son más perniciosos porque hemos nacido en pecado, y nos damos cuenta escasamente de lo que nos está sucediendo. Una de las cosas que el pecado nos ha hecho ha sido confundir nuestra escala de valores, de modo que apenas distinguimos un amigo de un enemigo, y lo que nos hace bien de lo que nos hace mal.

Caminamos dentro de un mundo de sombras donde las cosas reales aparecen irreales, y las cosas sin valor son vistas como si fueran de oro puro, como las calles de la ciudad de Dios.

Rara vez nuestras ideas concuerdan con las cosas tal como ellas son, sino que son distorsionadas por una especie de astigmatismo moral que las pone a todas fuera de foco. Toda nuestra filosofía de la vida está fuera de línea por virtud de una multitud de errores, tal y como si hubiéramos aprendido mal la tabla de multiplicar y todas las cuentas nos salieran patas arriba, y no nos diéramos cuenta de dónde está el error.

Uno de los falsos conceptos acerca del cual nos aferramos tenazmente es el tiempo. Pensamos del tiempo como si fuera una sustancia viscosa, que fluye lentamente como un río perezoso, llevando en su corriente naciones, imperios, civilizaciones y hombres. Imaginamos a este río pegajoso como una entidad, y a nosotros mismos atascados en él por todo el tiempo en que dura nuestra vida terrenal.

O si no, por una simple voltereta de pensamiento, visualizamos al tiempo como algo que revela las cosas que han de venir, como cuando decimos, “El tiempo lo dirá”. O lo imaginamos como un buen y sabio médico y consejero, y nos consolamos diciendo, “El tiempo traerá el alivio”. Esto ha venido a ser tanto una parte de nosotros que seria difícil romper el hábito de esperar todo del tiempo.

Pero debemos precavemos del peligro que tal cosa entraña. El error más grave que podemos cometer es pensar que el tiempo tiene la misteriosa facultad de mejorar la naturaleza humana. Así decimos de un joven tonto, “El tiempo lo convertirá en un sabio o al ver a un cristiano nuevo actuando como cualquier cosa menos como un cristiano, decimos, “El tiempo lo transformará en santo”.

La verdad es que el tiempo no tiene más poder de santificar a un hombre que el que tiene el espacio. El tiempo no es nada más que una ficción por medio de la cual nos damos cuenta del cambio. Es el cambio, no el tiempo, el que convierte a un tonto en sabio y a un pecador en santo. O más precisamente, es Cristo el que cambia todas las cosas por medio de las transformaciones que realiza en el corazón.

Saulo el perseguidor llegó a ser Pablo, el siervo de Dios, pero no fue el tiempo el que hizo el cambio. Cristo fue el que operó el cambio, el mismo Cristo que una vez cambió el agua en vino. Una experiencia espiritual siguió a otra hasta que, en rápida sucesión, Saulo el violento llegó a ser el siervo humilde, tan enamorado de Dios que estaba dispuesto a dar su vida por la fe que una vez había combatido. Es obvio señalar que el tiempo por sí solo, no tuvo nada que ver en la transformación de este hombre de Dios.

Mi propósito al escribir estas líneas no es dar una lección de semántica, sino poner sobre aviso a mis lectores sobre el daño que pueden causarse a sí mismos debido a una mal fundada confianza en el tiempo.

Debido a que un Moisés y un Jacob perdieron sus obstinados e impulsivos pecados de la juventud y al fin de sus días llegaron a ser hombres suaves y mansos, tenemos la tendencia de atribuir al tiempo la operación de ese milagro. Pero no es así. Dios es el que hace los santos, no el tiempo. La naturaleza humana no es fija, y debemos dar gracias a Dios por eso día y noche.

Todavía somos capaces de cambiar. Podemos llegar a ser otro individuo diferente del que somos. Por el poder del evangelio el avaro se convierte en hombre generoso; el ególatra se transforma en un hombre humilde El ladrón aprende a no robar más; el blasfemo llena su boca con alabanzas a Dios. Pero es Cristo el que hace todas estas transformaciones. El tiempo nada tiene que ver.

Más de un hombre aplaza la oportunidad de salvarse porque confía vagamente que el tiempo lo va a ayudar, cuando en realidad sus posibilidades de llegar a ser cristiano se van alejando de día en día. ¿Por qué? Porque los cambios que se están operando en él están endureciendo su voluntad, y haciendo más y más difícil para él arrepentirse.

“Buscad a Dios mientras puede ser hallado; llamadlo en tanto que está cercano. Deje el impío sus caminos, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual es amplio en perdonar”. Vea las palabras que producen cambios en este pasaje: “Buscad . . . llamad . . . dejar . . . volverse . . .”. Todas estas palabras denotan cambios específicos que el pecador debe hacer. Pero esto no es suficiente: “Dios tendrá de él misericordia… será amplio en perdonar”. Estos son los cambios que Dios obrará en y por el hombre.

Para ser salvo el hombre debe cambiar, y ser cambiado. Para poder entrar el reino de Dios -lo explicó el Señor- un hombre debe nacer de nuevo (Juan 3:3-7). Esto es, debe pasar por un cambio espiritual. Esto concuerda perfectamente con la predicación de Juan el Bautista que mandaba a sus oyentes a hacer frutos dignos de arrepentimiento si querían alistarse para, la venida del reino de Dios, y con la predicación del apóstol Pedro, que recordaba a los primeros cristianos que habían sido hechos participantes de la naturaleza divina, y habían escapado de la corrupción que está en el mundo.

El cambio inicial, sin embargo, no es el único que conoce el hombre redimido. Toda su vida cristiana consistirá de una serie de cambios, moviéndose siempre hacia la perfección espiritual. Para alcanzar esos cambios el Espíritu Santo usa diversos medios, siendo quizá el más efectivo, los escritos del Nuevo Testamento.

El tiempo puede ayudarnos solo si comprendemos que no puede ayudarnos. Es el cambio lo que nosotros necesitamos, y solo Dios puede cambiarnos de malos a mejores.  

Aiden Wilson Tozer, pastor de la Alianza Cristina y Misionera.

 

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