El Rey que inquieta a los incrédulos

Dice la Biblia en Mateo 2: 3-6

Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador, Que apacentará a mi pueblo Israel.

Introducción

El nacimiento del Rey no era esperado por todos. De hecho lo esperaban solo unos cuantos que no habían perdido la fe en el establecimiento del reinado que Dios le había prometido a David cuando hizo pacto con él. El famoso pacto davídico parecía irrealizable. Por eso para muchos sencillamente era una promesa muerta.

Mateo da un vuelco a su relato para señalar o para enfocar a quienes el advenimiento de Cristo los tomó por sorpresa. Un rey que se daba de ser “El grande” tuvo la primicia de los sabios de oriente. Pero eso lo puso nervioso, turbado e inquieto. Mientas que aquellos que debían ser los mejores conocedores del suceso fueron informados por unos extraños de que había nacido su Cristo.

Los sabios de oriente llegaron a Jerusalén. Su llegada conmocionó a la ciudad. Era evidente que procedía de un largo viaje porque llevaban semanas recorriendo el inhóspito medio oriente probablemente con camellos, caballos y burros que era en aquellos tiempos los medios de transporte más utilizados en trayectos largos.

Llegaron directamente al palacio que se había construido el rey Herodes. Allí fueron recibidos y allí justamente lanzaron una pregunta que para ellos era ordinaria, pero no para quienes la escucharon y tuvieron que contestar porque para todos ellos era una interrogante que no se habían hecho nunca.

El cuestionamiento: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Fue hecho a Herodes, quien entendió perfectamente la pregunta. Porque ellos no preguntaron ¿cuándo nacerá, o habrá nacido ya? La pregunta era por el lugar no por el suceso. Ellos daban por hecho que el nacimiento del Rey había ocurrido.

La pregunta dejó inquieto a Herodes que su primera reacción fue llamar a los sumos sacerdotes. En los evangelios sabemos de dos sumos sacerdotes: Anás y Caifás, quienes fueron convocados junto con los escribas. Los escribas eran copistas de la Torá judía y habían llegado a especializarse tanto en la materia que se les consideraba intérpretes.

El nacimiento del Rey turbó no solo a un rey gentil que gobernaba sobre Israel, sino también a todo un pueblo que sabía perfectamente donde nacería el Cristo, pero que no conoció el tiempo de su visitación. Tanto Herodes como los habitantes de Jerusalén fueron inquietados, pero solo hasta allí porque no pudieron moverse a Belén.

Y el nacimiento de Cristo o al rememorarlo cada Navidad lo único que provoca en algunos es eso mismo que provocó en Herodes y Jerusalén: emoción, pura emoción. Nada los mueve ni los conmueve para salir disparados a Belén para adorar al Rey que merece honor y gloria para siempre.

El Rey que inquieta a los incrédulos

A. Inquietó a Herodes

Herodes era un idumeo, es decir, era un descendiente de Esaú, hermano de Jacob. Era ambicioso, sin escrúpulos y nada lo detenía cuando se proponía lograr sus objetivos. Había llegado al reino de Judea pasando por encima de quien se le atravesara en el camino y por esa condenable actitud llegó a gobernar a los judíos asentados al sur de Israel.

A Herodes, según relatan los historiadores de esa época, le costó mucho trabajó llegar hasta donde había llegado y por eso conservaba su poder a como diera lugar. De hecho algunos historiadores lo acusan de haber dado muerte a su madre cuando se enteró o supuso que ella conspiraba para derrocarlo del reino.

Al oír que había nacido el Rey se inquietó muchísimo porque un nuevo monarca suponía el fin de su reinado y eso no lo iba permitir bajo ninguna circunstancia y de ningún modo. Tanto esfuerzo para llegar para que que de repente todo se termine. Eso no estaba en sus planes.

Por eso su reacción instintiva para urdir un plan rápidamente. Llamó a los conocedores del tema, los consultó y una vez que confirmó la noticia y supo con precisión donde había ocurrido ideó matar al Rey. Nadia podía ni debía arrebatarle el poder que con tanto esmero había buscado.

Herodes representa a todos aquellos que se niegan a renunciar así mismos para darle paso al Rey. Es la representación clara y la imagen viva de aquellos que se aferran sus privilegios y placeros. A aquellos que su mundo gira en torno únicamente de ellos y sus ambiciones y son incapaces de ceder a Cristo el control de su vida.

Son la clase de personas que se niegan totalmente a dejar para Cristo el control de sus vidas y quieren a toda costa manejar por ellos mismos su destino y su futuro, aun cuando tengan que pasar por encima de quien sea y en ese caminar dañe o violenten a seres inocentes, cuya única desdicha sea estar junto a ellos. Ellos, por nada irían a Belén.

B. Inquietó a Jerusalén

La clase gobernante que fue requerida por Herodes para saber el lugar exacto de nacimiento de Cristo fueron los sumos sacerdotes y los escribas. Los sumos sacerdotes, aunque sometidos a los romanos, mantenía ciertas facultades o dominio sobre los judíos. Integraban el sanedrín hebreo que juzgaba asuntos domésticos de los hebreos.

A ellos nos les iba tan mal con la ocupación romana. Estaban en descuerdo con ella, pero no al grado de convertirse en unos zelotes como algunos israelitas revolucionarios que pensaban que a falta del Mesías ellos podían instaurar el reino mesiánico sobre la tierra, en una tremenda equivocación teológica.

Según Mateo, también fueron convocados los escribas. Los escribas eran copistas de las Escrituras del Antiguo Testamento. Se habían convertido en influyentes personajes porque su labor los había convertido en expertos en la Ley judía. Nadie como ellos para saber qué decía la Escritura y dónde lo decía.

Al igual que los sumos sacerdotes, los escribas integraban también el Sanedrín en su condición de conocedores de la Ley.

Por eso su respuesta a la pregunta de Herodes de dónde nacería el Cristo, su respuesta fue rápida y contundente y me atrevo a pensar que casi de memoria: En Belén de Judea. No necesitaban cargar sus leyes o sus escritos se sabían de memoria el texto que le citaron a Herodes.

Ellos sabían perfectamente donde nacería, pero tampoco se movieron. Tenían conocimiento, pero no tenían fe. La sabiduría humana había sepultado en ellos la capacidad de creer y en consecuencia de moverse hacia la voluntad de Dios. Ellos tal vez si irían a Belén, pero necesitaban mas razones, mas hechos concretos y nos las palabras de unos extraños.

Los sumos sacerdotes y los escriban ejemplifican muy bien a todos aquellos que aceptan el nacimiento de Cristo, pero que no los mueve a nada. La conocen, la saben y hasta la citan, pero a la hora de pedirles un compromiso con esa verdad, sencillamente huyen o la hacen a un lado.

El nacimiento de Cristo después de dos mil años sigue provocando turbación, inquietud y nerviosismo algunos, pero no fe. Y no produce fe porque es un hecho que reclama y exigen fe y confianza, pero sobre todo humildad para reconocer que en ese pesebre o en ese lugar del nacimiento Dios no llama adorar al Rey.

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