Genos + caedere= genocidio

Así nació, ahora hace justo 75 años, la palabra para el crimen sin nombre que marcó el siglo XX

Por Darío Prieto

Auschwitz nos dejó un problema. Seguramente, el mayor al que nos tengamos que enfrentar la Humanidad. Y no sólo eso: de esa gran masa oscura quedaron colgando otros muchos problemas, menores en comparación pero igualmente abismales. Uno de ellos fue el de nombrar lo innombrable. Lo que desafía todos los límites de la maldad. En un mensaje de radio en la BBC de agosto de 1941, Winston Churchill afirmó que los nazis estaban cometiendo «un crimen sin nombre».

Raphael Lemkin (Vawkavysk, Bielorrusia, 1900- Nueva York, 1959) lo conocía bien. Como judío polaco, vivió una infancia y juventud con la permanente amenaza del pogromo. Luego, cuando los nazis invadieron Polonia, tuvo que abandonar su puesto como brillante abogado en Varsovia y huir hacia la zona soviética, donde vivían sus padres tras el reparto de su país por el pacto de Molotov-Ribbentrop.

Tanto sus progenitores como otros 47 familiares fueron asesinados en el Holocausto. Lemkin se refugió en Estados Unidos después de un viaje por Lituania, Suecia y Japón. Lejos del horror se puso un objetivo: ponerle nombre a ese mismo horror. Y encontró una palabra, de las pocas que usamos que tienen, por así decirlo, padre y certificado de nacimiento: genocidio.

El 15 de noviembre de 1943 Lemkin acuñó el término. Fue en el noveno capítulo de su libro ‘El dominio del Eje en la Europa ocupada’, publicado al año siguiente y en el que recopilaba el aparato legal desplegado por el Tercer Reichpara llevar a cabo su plan de exterminio de los judíos. A partir de ese momento, Lemkin puso todo su empeño en el reconocimiento legal del vocablo.

Manuscrito con los ensayos de Lemkin para la palabra. INSTITUTO BERG

Aquejado de problemas serios de salud, pobre y solo, entregó su vida a esa causa. Y lo logró: el 9 de diciembre de 1948, un día antes de la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Naciones Unidas aprobó la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio. Lemkin siguió ejerciendo presión para que más países se sumasen a la convención y, sobre todo, la ratificasen (EEUU no lo hizo hasta 1988), cada vez en condiciones más penosas.

El 28 de agosto de 1959 murió de un ataque al corazón durante una reunión con el publicista Milton H. Blow. A pesar de que su palabra ha sido trascendental a la hora de enfrentarnos a una práctica tan repetida en la Historia (Ruanda, Bosnia, los rohinyás) como deliberadamente ocultada, el nombre de Lemkin sigue siendo desconocido para el gran público.

Ahora que se cumplen 70 años de la Convención, el Instituto Berg de Derechos Humanos presenta la primera edición en español de ‘Totalmente extraoficial’, la autobiografía que Lemkin dejó inconclusa antes de morir. Su relato es un viaje en primera persona por las consecuencias del nazismo, pero también una epopeya humanista.

Tras quedar insatisfecho con expresiones como «barbarie» o «vandalismo», Lemkin creó un híbrido entre la raíz griega genos (tribu, raza, pueblo) y la romana caedere (matar). Investigó decenas de casos en la Historia, desde las invasiones mongolas en la Edad Media a la persecución de los hugonotes en Francia, de la defensa de los nativos americanos por Bartolomé de las Casas a la violencia contra los católicos en el Japón Tokugawa.

Pero su preocupación venía de muy atrás: de joven devoró ‘Quo Vadis’, la novela del escritor polaco Henryk Sienkiewicz, Nobel de Literatura en 1905. En aquel relato de la persecución a los primeros cristianos por el emperador romano Nerón (en 1951 Mervyn LeRoy dirigió una célebre versión cinematográfica), Lemkin vio algo que le turbó profundamente: «Me di cuenta de que si un cristiano pudiese haber llamado a un policía para que los ayudase, no habría recibido ninguna protección. Estaba frente a un grupo de personas que colectivamente habían sido sentenciadas a muerte por ninguna razón, excepto que creían en Cristo. Y nadie los podía ayudar».

“El asesinato de un millón es un crimen menor”

Pero el momento crucial llegó con el exterminio de los armenios a cargo de los otomanos durante la Primera Guerra Mundial y los años inmediatamente posteriores a ésta. Tras ser retenidos en Malta, los líderes de los Jóvenes Turcos responsables de los asesinatos en masa quedaron libres. Soghomon Tehlirian, superviviente de la masacre que perdió a toda su familia en uno de los ataques otomanos, asesinó de un disparo a Talat Bajá en 1921. El juicio al activista armenio planteó a Lemkin una cuestión ante la que no se podía quedar de brazos cruzados: «¿Por qué se castiga a una persona cuando mata a otra persona y, sin embargo, el asesinato de un millón es un crimen menor que el asesinato de un solo individuo?».

Por ello pensó en un sistema legal supranacional, que persiguiese y condenase delitos como los cometidos contra los armenios. «Estaba avergonzado de mi impotencia al hacer frente a los asesinos de la Humanidad, una vergüenza que todavía porto conmigo hasta el día de hoy. Culpa sin culpa es más destructiva que la culpabilidad justificada, porque en el primer supuesto la catarsis es imposible», confiesa en las páginas de ‘Totalmente extraoficial’.

«Vivir una idea, no solamente hablar de ella o sentirla, era mi eslogan», proclama Lemkin. «De esta forma, mi misión en la vida quedaba establecida: crear un tratado internacional entre las naciones para proteger de la destrucción a los grupos nacionales, raciales y religiosos. La necesidad de que el inocente fuese protegido desencadenó en mi mente una reacción en cadena. Me ha seguido toda la vida».

En la historia de Lemkin, España ocupa un lugar destacado, no sólo por las numerosas referencias a nuestra historia, sino también por la ponencia que presentó para la V Conferencia Internacional para la unificación del Derecho Penal de la Sociedad de Naciones, que se inauguró en el paraninfo de la Universidad Complutense el 15 de octubre de 1933. En el último momento, el ministro de Justicia polaco vetó su participación tras ceder a presiones antisemitas. Aun así, su ponencia fue discutida en sesión plenaria.

«Había llegado el momento de declarar ilegal la destrucción de grupos nacionales, raciales o religiosos», relata en sus memorias. «Hitler había promulgado su proyecto para la destrucción. Mucha gente pensaba que estaba fanfarroneando, pero yo pensé que, si se le permitía, llevaría a cabo su programa». Por eso, era «el momento para establecer un sistema de seguridad colectiva para el destino de los pueblos».

«De este modo, Madrid fue el primer lugar donde se presentó la innovadora visión de Lemkin de protección internacional de grupos humanos». Así lo subraya Joaquín González Ibáñez, profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales de la Universidad Alfonso X el Sabio de Madrid, cofundador del Instituto Berg, traductor de ‘Totalmente extraoficial’ y responsable de esta edición. También destaca que es la primera vez que el libro que se publica en un idioma distinto del inglés y anuncia que están trabajando en la primera versión en polaco, idioma materno del acuñador del genocidio.

El uso “frívolo” de “genocidio” por el catalanismo

A lo largo de su relato, Lemkin tiene que asistir a la indiferencia del mundo respecto a la ‘Shoah’. «El silencio sobre los asesinatos comenzó el día en que los primeros informes sobre ejecuciones en masa llegaron a Londres desde Varsovia a finales de 1942. Duró hasta diciembre de 1944, casi dos años. No se realizó ningún reconocimiento de la muerte de una nación que había dado al mundo la fe en un Dios, cuya Biblia todavía se leía todos los domingos en las iglesias de los Aliados», denuncia en una página. «Era el asesinato de verdad: la supresión de la noticia de la matanza. En cierto modo, era un desdén hacia la muerte, que tiene su propia dignidad en el ciclo natural de la vida».

De ahí la absoluta desazón con que asiste al proceso judicial contra los artífices del Holocausto. «Incluso mis más modestas expectativas fueron desbaratadas», lamenta el jurista recordándose en los pasillos del tribunal. Para él fue devastador que la justificación de las condenas quedase enmarcada en un contexto bélico. Era fundamental que se reconociese que estos crímenes pueden suceder (y de hecho han sucedido en infinidad de ocasiones) en periodos de paz. De ahí su reproche último: «En Núremberg, los Aliados decidieron su caso contra el Hitler del pasado, pero rechazaron concebir un marco jurídico para hacer frente a futuros ‘hitlers’»

Lemkin «sacrificó su vida profesional y personal», recuerda González Ibáñez, a partir de una de las frases de las que más echaba mano «¿Qué es luchar por un ideal sin sacrificios? Los ideales, como los antiguos dioses, demandan constantes sacrificios

El escritor Antonio Muñoz Molina rinde un sentido homenaje a Lemkin en el prólogo del libro: «Cuando hay palabras para nombrar las cosas se vuelve mucho más difícil ocultarlas o maquillarlas, o fingir que no han sucedido», afirma. «Faltaba una palabra» y «Lemkin se empeñaba en usarla y en difundirla para que así fuera algo menos difícil describir lo inaudito, pero también para prevenir que horrores semejantes pudieran repetirse y quedar impunes». Porque, como recuerda el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, «hasta las palabras más claras pueden retorcerse al servicio de la mentira: en círculos de extrema derecha se habla del ‘genocidio de la raza blanca’; en las zonas delirantes del nacionalismo catalán se usa con toda frivolidad la palabra ‘genocidio’».

Con información del diario EL MUNDO.

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