La adoración que merece el Rey

Mateo 2: 9-12

Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. 10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. 11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. 12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

Introducción

Los sabios de oriente tenían un objetivo claro y definido al salir de sus lejanas tierras para llegar a Belén de Judea: adorar al Rey que visitó la tierra para salvar a los hombres. Desde la aparición de la estrella del oriente, la preparación de su largo viaje, hasta su llegada a Jerusalén y su arribo a Belén ellos tenían muy claro su objetivo: venerar y honrar al Rey.

El relato de Mateo tiene múltiples propósitos: resaltar y subrayar el carácter mesiánico de Jesús, perfilar la inclusión de los gentiles en la salvación universal que Cristo trajo a la tierra, ya no solo para los judíos, reafirmar la realeza de Jesús para reclamar su legítimo derecho al reino de David y confirmar su origen y naturaleza humana y divina.

Sin embargo uno de los mensajes más claros y nítidos que podemos encontrar en el pasaje de los sabios de oriente es la adoración que merece el Señor. El es digno de recibir todo el reconocimiento sin importar cuán cansados estemos, sin importar cuantos crean o no crean y, sobre todo, dejándole o dándole a él lo mejor de cada uno de nosotros.

La verdadera adoración o la adoración de la que se agrada el Señor es aquella en la que no se escatima ni se regatea nada. La adoración que el merece es aquella en la que se le entrega todo nuestro ser. Es aquella en la que nos rendimos incondicionalmente y sin reservas dándole todo lo que somos o todo lo que tenemos.

Los sabios de oriente nos muestran y demuestran que es posible salir de nuestra comodidad para adorarlo, nos enseñan que es posible ignorar a aquellos que estando tan cerca de su presencia la ignoren para que su apatía no nos desaliente y nos ayudan a comprender que él es merecedor de lo mejor que hay en nosotros.

La adoración que merece el Rey

  1. La que no escatima nuestro esfuerzo
  2. La que no escatima nuestro orgullo
  3. La que no escatima nuestros bienes

Síntesis

Es un hecho que Mateo quiere enseñarnos cómo se debe adorar al Señor. Ellos llegaron a Jerusalén preguntado por el Rey de los judíos que había nacido para adorarlo. Herodes les dijo que fuera a Belén a adorarlo y cuando lo encontraran se lo hicieran saber para él fuera también y lo adorara.

Cuando los sabios de oriente tuvieron frente así a Jesús dice Mateo que lo adoraron. Sin embargo adorarlo o llegar a adorarlo a Belén no fue nada fácil ni algo que haya estado exento de dificultades o contrariedades. La adoración a Dios siempre nos demanda dejar algo de nosotros para dárselo a Dios.

La adoración a Dios es entregarle nuestra vida. La manera en que se materializa o se expresa esta entrega es con todo aquellos que debemos sortear para adorar a Dios en espíritu y verdad.

  1. La que no escatima nuestro esfuerzo

Los sabios de oriente salieron de muy lejanas tierras para llegar a Belén. Recorrieron cientos de kilómetros. Pasaron por los extenuante calores del día en el desierto y los gélidos fríos de las noches. Sufrieron las incomodidades más molestas que trae consigo hacer un viaje tan largo y tan imprevisto.

Pero estaban resueltos a hacerlo. Cada noche que veían la estrella del Rey se animaban y reanimaban. El cansancio o la fatiga poco o nada parecía importarles. No les desanimo que tuvieran que dejar la comodidad que tenía en su lugar de origen. El esfuerzo por ver al Salvador el mundo bien valía la pena.

Ellos habían entregado en adoración al Señor su esfuerzo. No les importaba si era mañana, tarde o noche. No les interesaba si era un kilometro, dos o tres o cientos. Daba igual. Su determinación les había quitado el cansancio. La fatigaba había pasado a un segundo plano porque tenían el profundo deseo de adorar.

La adoración que agrada a Dios tiene esta característica: no importa o no escatima el esfuerzo que tenemos que hacer. No interesa cuánto tengamos que dejar de nosotros mismos o cuánto esfuerzo tengamos que hacer. La adoración al Señor no mide cuanto de nuestro vigor tenemos que darle a él.

2. No escatima nuestro orgullo

Cuando los sabios de oriente llegaron a Jerusalén esperaban encontrar una ciudad de fiesta. Su Rey había nacido. Les sorprendió ingratamente ver que los judíos parecían completamente ajenos a lo que estaba ocurriendo esos días en su historia, pero se sobrepusieron a la idea de que tal vez la estrella en el firmamento había sido un error.

Cuando llegaron con Herodes y supieron que estaban muy cerca de Belén, se reanimaron, pero solo por unos minutos porque de nueva cuenta se enfrentaron a la apatía y desenfado ahora ya no solo de los judíos, sino también de sus gobernantes. Tanto Herodes como los principales sacerdotes y escribas tampoco creyeron a su anuncio.

Los sabios de oriente parecían unos locos o parecían unos personajes trastornados por dedicarse a contemplar el firmamento. A nadie de los que les habían anunciado sus descubrimientos astronómicos parecían convencidos o conmovidos. La frialdad con la que recibieron la noticia los pudo haber desalentado.

Pero se sobrepusieron al orgullo que nos hace acoplarnos a la masa cuando ésta aprueba o desaprueba tal o cual idea. A ellos nos les importó parecer unos viajeros ridículos que llegaron a una ciudad desconocida a decirle a sus moradores que su Rey había nacido. No les importó parecer unos locos buscando algo que ni los propios interesados estaban haciendo.

La adoración a Dios, la genuina, la que nace de un corazón convencido de que Jesús es el Rey provoca que en ocasiones tengamos que renunciar a nuestro orgullo porque es posible que quedemos solos como unos lunáticos que adoran algo que los demás ni conocen ni saben que existe.

3. La que no escatima nuestros bienes

Los sabios de oriente llegaron a Belén cargando con tres preciados productos de esa época: oro, incienso y mirra. No abordaremos aquí completamente el simbolismo de cada uno de ellos, sino el valor que tenían. Eran artículos de lujo. Se les podía encontrar únicamente en hogares muy pudientes o en los palacios reales.

Eran caros. Si alguno ciudadano promedio quería obtener, por ejemplo, una cantidad pequeña de mirra tenía que trabajar por lo menos un año completo, ahorrando todas sus ganancias para adquirirlo. Del oro y del incienso el precio era un poco mas o igual de elevado en esos tiempos.

Cuando se habla de los regalos que los sabios de oriente hicieron a Jesús generalmente se destaca el destinatario, pero también es necesario resaltar a quienes lo ofrecieron: hombres que decidieron adorar al Señor entregándole lo más valioso que tenía. Ellos no escatimaron sus bienes para el Señor.

La adoración a Dios nos demanda entregarle lo más valioso que tenemos en nuestra vida. La verdadera exaltación a nuestro Señor pasa necesariamente por rendirle lo que tiene más valor nosotros, no lo que nos sobra, no lo que no tiene valor, sino justamente lo que más apreciamos.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: