Lo inadecuado del “cristianismo instantáneo”

Por A. W. Tozer

No es maravilla que el país que ha dado al mundo el café instantáneo y el té instantáneo haya inventado también el “cristianismo instantáneo”. Y si no es en los Estados Unidos donde se inventaron esas dos bebidas, sin duda ninguna fue en ese país donde se comercializaron gigantescamente y se les dio propaganda universal.

No se puede negar que fue el fundamentalismo norteamericano que trajo el cristianismo instantáneo a las iglesias evangélicas.

Haciendo a un lado por el momento al romanismo y al liberalismo y sus extravíos, y enfocando nuestra atención sobre el gran cuerpo de creyentes evangélicos, vemos de una vez cuan profundamente la religión de Cristo ha sufrido en la casa de sus amigos.

Ese genio de los americanos de hacer todas las cosas más fáciles y más realizables, casi siempre con gran desmedro de la calidad y durabilidad, ha sembrado un virus que ha contaminado e infectado a toda la iglesia evangélica norteamericana. Y ese virus ha sido desparramado universalmente por la literatura los evangelistas y los misioneros.

El cristianismo instantáneo apareció con la edad de la máquina. Los hombres inventaron máquinas con dos propósitos. Ellos deseaban hacer obras importantes más rápidamente y más fácilmente que lo que podrían hacer con sus propias manos. Y querían terminar más pronto para disponer de más tiempo a su gusto, dedicándose a holgazanear luego, y disfrutar de la buena vida.

El cristianismo instantáneo sirve, en el campo religioso para esos mismos propósitos. Desecha el pasado, garantiza el futuro, y deja a los cristianos perfectamente libres para seguir los deseos más refinados de la carne, y esto con toda buena conciencia y con un mínimo de restricción.

Por “cristianismo instantáneo” quiero significar esa clase de religión que se halla por todas partes, y que nace de la noción de que podemos descargar todo cuidado de nuestras almas en un solo, o a lo sumo dos, actos de fe, y liberarnos después de eso de toda ansiedad por nuestra condición espiritual.

Somos santos por llamamiento—nos dicen nuestros maestros—y por lo tanto no debemos preocuparnos de llegar a ser santos efectivamente en el carácter. Se presenta así una especie de calidad, automática, “de-una- vez-por-todas”, que está completamente en desacuerdo con la fe del Nuevo Testamento.

En este error, como en muchos otros, hay una cierta cantidad de verdad imperfectamente comprendida. Es verdad que la conversión a Cristo puede ser, y a menudo lo es, instantánea. Cuando la carga de pecado ha sido muy grave, la sensación de perdón es por lo común clara y muy gozosa.

El deleite que se experimenta al recibir el perdón es igual al grado de repugnancia moral que se siente en el arrepentimiento. El cristiano verdadero se ha encontrado con Dios. El sabe que tiene vida eterna, y bien puede saber también cuándo y cómo la ha recibido. Y también aquellos que han sido llenados con el Espíritu Santo en una experiencia subsecuente a la regeneración, tienen una clara noción de ello.

El Espíritu se anuncia a sí mismo, y el corazón renovado no tiene ninguna dificultad en reconocer Su presencia cuando El se derrama en su alma.

El problema comienza cuando tratamos de poner nuestra confianza en las experiencias, y como consecuencia erramos en la lectura de todo el Nuevo Testamento. Constantemente se nos exhorta a hacer la decisión de una sola vez, y aceptar toda la cosa en un solo paquete, y los que exhortan de esa manera, están por lo regular en lo cierto.

Hay decisiones que pueden, y deben, ser hechas de una sola vez para siempre. Hay problemas personales que deben ser resueltos por un solo y único acto de la voluntad del individuo, en respuesta a la fe establecida en la Biblia. Nadie negaría esto, y menos lo hago yo. La cuestión que se presenta delante de nosotros es ¿cuánto de la vida cristiana puede recibirse por un solo y único acto de fe? ¿Cuánto queda por hacerse todavía y cuánto de eso puede hacerse por una sola decisión?

El cristianismo instantáneo tiende a hacer la fe como un acto terminal, y así sofoca todo deseo de avance espiritual. Falla al no comprender que la verdadera naturaleza de la vida cristiana no es estática sino dinámica, creciente. Pasa por alto el hecho de que un nuevo cristiano es un nuevo ser, tal como lo es un bebé recién nacido, y que debe ser alimentado y recibir ejercicio para que pueda crecer con salud y normalidad.

No considera el hecho de que la fe en Cristo es un acto que relaciona personalmente a dos seres inteligentes y morales, Dios, y la persona reconciliada, y un solo encuentro entre el Creador y una criatura hecha a su imagen nunca podría establecer una relación intima y continua entre ellos.

Por tratar de empaquetar toda la salvación en una sola experiencia, o a lo sumo en dos, los abogados del cristianismo instantáneo ignoran la ley del desarrollo, que corre a través de toda la naturaleza. Ignoran los efectos santificantes del sufrimiento, el llevar la cruz y la obediencia práctica.

Pasan por alto la necesidad del entrenamiento espiritual, la de formar correctos hábitos religiosos y la de luchar contra el diablo, el mundo y la carne. Indebida preocupación por el acto inicial del creer ha creado en algunos una psicología del contentamiento» o a lo menos de la no preocupación.

A muchas personas les ha proporcionado una especie de frustración con la verdadera fe cristiana. Dios parece estar demasiado lejos, y el mundo demasiado cerca, y la carne demasiado poderosa para resistir. Otros se muestran contentos de aceptar la seguridad de bendiciones automáticas. Los exime de la necesidad de luchar, vigilar y orar. Y les permite disfrutar libremente de este mundo, mientras con toda calma esperan el otro.

El cristianismo instantáneo es la ortodoxia de nuestro tiempo. Me pregunto que si el hombre que escribió Filipenses 3:7-16 reconocería tal cristianismo como la fe por la cual él murió. Mucho me temo que no.

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