Cristo vendrá a pesar de los impacientes

Dice la Biblia en 2ª Pedro 3: 4

“…¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación.”

La doctrina del regreso de Cristo tiene como principal cuestionamiento que la promesa se hizo hace cientos de años. Justo antes de ascender al cielo, el Señor le dijo a sus seguidores que Él volvería. Luego los apóstoles lo dijeron una y otra vez en todos sus escritos que tenemos en el Nuevo Testamento.

Cuando Pedro escribe este verso apenas han pasado unos año de que se les dijo esa promesa y algunos han empezado a cuestionar su veracidad y su fiabilidad como si la tardanza del Señor fuera motivo para dudar de todas las promesas que Dios ha dejado en su palabra.

Es apenas la segunda generación de creyentes los que ponen en entre dicho la doctrina del regreso de Cristo. Pero no son todos los creyentes son los falsos maestros que han entrado encubiertamente a la iglesia los que piensan que todo permanece igual desde que se dijo que Cristo volvería.

Para ellos, como para muchos, las cosas siguen igual desde hace cientos de años y nada parece modificarse para pensar que Cristo regresará a la tierra. Han perdido la fe ante el pensamiento de que nada cambia. Los ríos van a la mar y la mar no se llena, parecen repetir en una clara sensación de pesimismo y hartazgo.

Cuando Cristo habló de su retorno le pidió a sus seguidores hacer dos cosas: 1. Velad y 2. Orad. La primera petición tiene la idea de alguien que está atento. Los pastores que “velaban” cuidando su ovejas se mantenían en actitud de alerta para evitar robos o daños por bestias a sus ovejas.

La segunda petición tiene que ver con la comunión que se necesita para esperar al Señor. Es interesante esta verdad, esperamos a Cristo en su manifestación personal, pero lo tenemos ya manifestado en nuestra vida a través del Espíritu Santo. La oración nos hace mantenernos a la expectativa.

Los falsos maestros que cuestionaban la promesa de su advenimiento habían perdido absolutamente las virtudes de velar y orar. En consecuencia habían dejado de esperar a Cristo argumentando que nada había cambiado desde la creación. Era una manera de justificar que habían perdido la fe en una doctrina que demanda confianza absoluta en el Señor.

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