El fundamento de la fe es Dios

A.W. Tozer

Si nuestra fe va a tener un fundamento firme, nosotros debemos estar convencidos, más allá de toda duda, que Dios es digno de toda nuestra confianza. Esta convicción debe ser algo más que un artículo de nuestro credo al cual le prestamos asentimiento nominal.

Debe penetrar en los hondones más profundos de nuestro espíritu; debe pasar más allá de toda forma exterior, hasta la sustancia eterna de la cual nuestro ser está compuesto, esa materia sagrada que una vez fue hecha en la semejanza de Dios. Cuando levantamos interrogantes acerca de cualquier acto de Dios nuestra fe se muestra tentativa y vacilante.

Mientras somos capaces de comprender, no hemos comenzado a creer. La fe comienza cuando no hay evidencia para corroborar la promesa de la Palabra de Dios, y debemos poner nuestra confianza ciegamente en el carácter de Aquel que hizo la promesa.

El Señor Jesucristo, cuando sufrió todos los dolores de la Cruz, estaba ilustrando esa fe que no demanda pruebas. Aunque rechazado y olvidado, y tentado en su gran dolor y debilidad a preguntar por qué tenia que pasar eso con El, Su fe hallaba descanso en la santidad de Dios: “Porque Tú tres santo, y habitas en medio de las alabanzas de Israel”.

Aunque todo el mundo gritaba contra Dios, y cada testimonio de los sentidos estaba contra Su bondad y amor. Cristo sabía que Dios era santo, y no podía hacer nada malo. Por lo tanto podía soportar la agonía hasta que Su Padre lo librase de ella. Aquí estaba la fe en su más perfecta expresión. La fe que hizo parar el sol, o descender fuego del cielo, era una fe elemental comparada con esta.

Debemos recordar que esta clase de fe no es una noble cualidad que solo se halla en los hombres eminentes. No es una virtud obtenible a solo unos pocos. No es la habilidad de persuadirnos a nosotros mismos que lo blanco es negro, o que algo que nosotros deseamos nos vendrá si tan solo lo deseamos con intensidad. La fe es simplemente poner a nuestras almas en armonía con la verdad. Es ajustar nuestra expectación a las promesas de Dios en la completa seguridad que el Dios de toda la tierra no puede mentir.

Un hombre mira a una montaña y afirma “Eso es una montaña”. En esa afirmación no hay ninguna virtud en particular. Es simplemente aceptar el hecho que está delante de él, y poner su creencia en conformidad con el hecho. El hombre no crea la montaña por creer en ella, ni tampoco la elimina por negarla. Y así es con la verdad de Dios.

El hombre creyente acepta una promesa de Dios como un hecho tan sólido como la montaña, y mucho más duradero. Su fe nada cambia, excepto su relación a la promesa. La Palabra de Dios es verdadera, sea que creamos en ella, o no. La incredulidad humana no puede alterar el carácter de Dios.

La fe es subjetiva, pero vale solamente cuando corresponde con la verdad objetiva. La fe del hombre en la montaña es válida siempre y cuando la montaña esté ahí; de otro modo sería pura imaginación, y habría gran necesidad de rescatar ese hombre de una ilusión dañina.

Así Dios es lo que es en Si mismo. No se convierte en lo que yo creo que es. “YO SOY EL QUE SOY”. Nosotros nos hallamos en terreno seguro solamente cuando sabemos qué clase de Dios es Dios, y entonces ajustamos nuestro ser entero a ese concepto santo. Desde que la verdadera fe descansa en lo que Dios es, es sumamente importante que, hasta el límite de nuestra comprensión, sepamos Quién es El.

“Aquellos que conocen tu nombre que pongan su confianza en ti”. El nombre de Dios es la verbal expresión de su carácter, y la confianza siempre crece o cae, cuando conocemos el carácter. Lo que el salmista decía era simplemente que, los que conocían a Dios, y la clase de Dios que era, pusieran toda su confianza en El. Esto no es ninguna especial virtud, repito, sino la dirección normal que toma cualquier mente cuando entra en conocimiento del hecho.

Estamos hechos de manera que confiamos en el buen carácter y desconfiamos del malo. Por esto es que la incredulidad es tan intensamente impía. “El que no le cree a Dios, lo ha hecho a él mentiroso”. El carácter de Dios es el punto de seguridad del cristiano y también la solución de muchos, si no todos, de sus problemas prácticos religiosos.

Algunas personas, por ejemplo, creen que Dios contestó oraciones en tiempos bíblicos, pero no creen que puede contestarlas ahora, y otros mantienen que los milagros’ de los días antiguos no pueden ser repetidos. Creer de esta manera es ignorar, o negar, casi todo lo que Dios ha revelado en la Biblia acerca de si mismo.

Debemos recordar que Dios siempre actúa en forma igual a si mismo. El nunca ha actuado en todo el vasto infinito universo de una manera diferente a Su carácter de infinita perfección. Este conocimiento debe ser una advertencia a los enemigos de Dios, y un consuelo precioso para todos los que son Sus amigos.

Aunque Dios habita en el medio de un eterno misterio, no hay incertidumbre en cuanto a cómo El actúa en base a Sus promesas. Estas promesas son también predicciones infalibles. Dios siempre hace lo que ha prometido hacer, cuando se llenan las condiciones. Y sus advertencias no son menos predictivas: “No se levantarán los malos en el juicio ni los pecadores en la congregación de los justos” (Salmo 1:5).

A la luz de todo esto, ¡cuan vano es el esfuerzo de tener fe por aferrarse a las promesas de las Sagradas Escrituras! Una promesa es solamente tan buena como el que la hizo, y es buena, y de este conocimiento surge nuestra confianza. Al cultivar nuestro conocimiento del carácter de Dios estamos al mismo tiempo cultivando nuestra fe. Y mientras hacemos esto, no miremos a nuestra fe, sino a Cristo, autor y consumador de nuestra fe. Así la visión del alma no debe ser hacia adentro, sino hacia afuera y hacia arriba, hacia Dios. De este modo aseguramos la buena salud de nuestra alma.

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