Sin tardanza

Dice la Biblia en Salmos 40: 17

“…Dios mío no te tardes.”

La aflicción y la necesidad había tocado fuertemente a la vida del salmista. De la noche a la mañana sus tribulaciones crecieron y junto con ellas la desesperación se instaló en su vida haciéndole ver solo problemas y más problemas por doquier. La angustia se convirtió en su fiel compañera.

A los seres humanos las enfermedades, los problemas familiares, las dificultades financieras y la desaparición física de un ser querido nos ahoga muchas veces de tal manera que experimentamos una horrenda sensación de abandono y orfandad que nadie puede mitigar porque nace de nuestra alma.

El salmista está experimentado esa clase de soledad que viene con las dificultades personales; esta viviendo momentos de verdadera ansiedad como la que viene cuando el futuro parece incierto, cuando el mañana no parece diferente al día de hoy tan lleno de necesidades.

Y justamente en esa condición, desde lo más profundo de su alma eleva un grito de desesperación pidiéndole a Dios, rogándole, suplicándole que no se tarde más. Que no posponga más su intervención en la situación que esta viviendo. Le habla para que envíe su favor a su vida.

Es un clamor lleno de abatimiento que reconoce que la única salida a todas las dificultades que está atravesando es Dios. El único que puede cambiar las circunstancias que está viviendo es precisamente el Señor. Nadie ni nada podrá hacer algo por su vida, sino es el Creador.

Es un humilde reconocimiento de que sus fuerzas y habilidades no sirven si Dios no está con él. Es admitir que las adversidades solo se pueden superar con el auxilio y la presencia de nuestro buen Dios. Y no es que Dios se tarde, sino que la angustia puede ser tan grande que al pedirle que no se tarde, lo único que le estamos suplicando es que nos ayude mucho.

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