Pasión por la Escritura

Dice la Biblia en Salmos 119: 139

“Mi celo me ha consumido, porque mis enemigos se olvidaron de tus palabras.”

La palabra celo en el Antiguo Testamento es muy interesante. Procede la raíz “quinah” y se usa para referirse al marido que tiene celos de su esposa. Es decir de aquel que sospecha que su consorte lo engaña. Así lo encontramos en Números 5: 11-31. En ese mismo libro en 25: 11 se usa también como defensa del honor en el caso de Finnes.

Por la intensidad con la que se experimenta también se usa la expresión “ardor” porque la lesión del honor de las personas presupone una molestia y enojo muy grande.  Todas estas expresiones nos ayudan a comprender este término que se usa tanto para referirse a los hombres como a Dios.

Los hombres son celosos y Dios es celoso. El salmista nos habla de lo primero. El salmista experimenta un terrible sentimiento de celo ante el olvido de la palabra de Dios por parte de sus enemigos. El autor del texto que hoy meditamos se siente indignado por la desmemoria con la que se trata la Escritura.

El olvido o la amnesia con respecto a la santa revelación de Dios solo conduce a la ignorancia. Lleva a las personas a actuar bajo sus propios criterios y a vivir en la oscuridad que trae consigo alejarse de la voluntad divina expresada en sus mandamientos y ordenanzas.

Pero la palabra celo que usa el salmista no solo tiene que ver con lo que los demás hacen o dejan de hacer con la Biblia. La implicación que tiene es que él siente una pasión intensa por la palabra de Dios. Él vive para ella, la respira y la transpira. La vive y se desvive por ella. La disfruta como un manjar.

Por eso su celo. La ama con todas sus fuerzas y la defiende como se defiende el honor. La Escritura es más que un inerte libro. Es la palabra de Dios mismo y por eso él la protege de todos aquellos que se burlan o la toman a la ligera. Se indigna ante aquellos que se olvidan de su contenido.

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