La libertad de la voluntad

Por A.W.Tozer

Es inherente a la naturaleza humana que su voluntad sea libre. Hecho a la imagen de Dios que es completamente libre, el hombre debe disfrutar de una cierta medida de libertad. Esto lo capacita para que pueda seleccionar sus compañeros para este mundo y el otro; lo capacita para entregar su alma a quien él desea; prometer fidelidad ya sea a Dios o al diablo, para continuar siendo un pecador, o llegar a ser un santo.

Y Dios respeta esta libertad. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí, todo era bueno en gran manera”. Hallar la más mínima falla en lo que Dios ha hecho, es hallar falla en el Creador.

Sería una falsa humildad lamentar que Dios haya obrado imperfectamente al hacer al hombre a Su propia imagen y semejanza. Con la excepción del pecado, no hay nada en la naturaleza humana por la cual tengamos que pedir disculpas. Esto fue confirmado para siempre cuando el Eterno Hijo de ‘Dios se hizo hombre y tomó la naturaleza humana.

Dios respeta tan altamente la propia obra de Sus manos que El por ninguna razón la desmerece o la viola. Si Dios violentase la voluntad humana, y obligase al hombre a hacer cosas contra su voluntad, estaría haciendo una farsa de la imagen “de Dios en el hombre. Dios jamás haría esto.

El Señor Jesús miró con tristeza cómo el joven rico le daba la espalda y se volvía, pero no corrió tras él para forzarle a regresar. La dignidad humana del joven rico prohibía que algún otro hiciera por él las decisiones que él debía hacer por si solo. Para actuar como un hombre verdadero tenía que tomar sus propias decisiones morales; y Cristo sabia esto, y le dejó escoger su camino.

Si esta decisión humana lo conducía por fin al infierno, a lo menos iba allí como un verdadero hombre; y es mejor para el orden moral del universo que la cosa ocurra de esta manera, antes que llevarlo al cielo que no escogió, un ser sin alma, un autómata sin voluntad propia. Dios puede tomar nueve pasos para acercarse a nosotros, pero no tomará el décimo.

El puede inclinarnos a nosotros hacia el arrepentimiento, pero no puede arrepentirse por nosotros. Está en la esencia del arrepentimiento que pueda ser realizado únicamente por la persona que hizo un acto digno de arrepentimiento. Dios puede esperar por el pecador;

El puede mantener el juicio en suspenso; El puede practicar la longanimidad hasta el punto en que parezca que es flojo o laxo en su justicia; pero El no puede forzar al hombre a arrepentirse. Si hiciera esto violaría la libertad del hombre, y le anularía el don que Dios le dio originalmente.

Donde no hay libertad de elección, tampoco puede haber pecado o justicia, porque está en la naturaleza de ambos que tienen que ser voluntarios. No. importa cuan bueno un acto pueda ser, no es bueno si ha sido impuesto desde afuera. El hecho de la imposición destruye su contenido moral, y lo deja vacío y nulo.

Para que un acto cualquiera sea pecaminoso, tiene que ser un acto voluntario. El pecado es la comisión voluntaria de un acto que se sabe ser contra la voluntad de Dios. Donde no hay conocimiento moral, o donde no hay voluntad de elección, el hecho no es pecaminoso; no hay pecado precisamente porque el pecado es la violación de la ley y la violación debe ser de voluntad.

Lucifer llegó a convertirse en Satanás cuando hizo una decisión fatal. “Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono. Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:13-14). Esta fue una decisión hecha claramente contra la luz. Tanto el conocimiento como la voluntad estaban presentes en el acto.

Por el contrario, Cristo demostró su santidad cuando estando en su agonía clamó, “No se haga. Padre, mi voluntad, sino la tuya”. Aquí también una decisión deliberada, con pleno conocimiento de sus consecuencias. Aquí dos voluntades estuvieron en conflicto temporal, la más baja voluntad del Hombre que era Dios, y la más alta voluntad del Dios que era Hombre, y prevaleció la voluntad más alta.

Aquí se ve en brillante contraste la enorme diferencia que hay entre Cristo y Satanás; y esta diferencia divide a los santos de los pecadores y al cielo del infierno.

Pero alguno puede preguntar: ¿Cuando nosotros decimos, “no se haga mi voluntad sino la tuya”, no estamos cediendo nuestra voluntad y rehusando ejercitar el poder de elección, el cual es parte de la imagen de Dios en nosotros? La respuesta a esta pregunta es un rotundo No, pero la cosa merece una mayor explicación.

Ningún acto que es hecho voluntariamente abroga la libertad de escogimiento. Si un hombre elige hacer la voluntad de Dios, no está negando, sino ejercitando su derecho a escoger. Lo que él está haciendo es admitir que no es tan bueno para desear hacer la más alta elección, ni tan sabio para saber escogerla, y es por esta razón que está pidiendo a Otro, Quien si es sabio y bueno, hacer esta decisión por él. Y para el hombre caído en pecado este es el mejor uso que puede hacer de su voluntad de escoger.

Tennyson vio esto y escribió así de Cristo:

Tú pareces humano y divino,

Tú eres de la más alta y santa humanidad.

Nuestra voluntad es nuestra, no sabemos cómo:

Nuestra voluntad es nuestra, solo para hacerla Tuya.

Hay una cantidad de sana doctrina en estas palabras, “Nuestra voluntad es nuestra solo para hacerla Tuya”. El secreto de la santificación no es la supresión de la voluntad humana, sino la inmersión de ella en la voluntad divina.

El santo verdadero es uno que reconoce que posee el don divino del libre albedrío. Sabe que nunca será constreñido o forzado a hacer la voluntad de Dios como si fuera un chico petulante; sabe que esos métodos son indignos de Dios y de su propia alma. Sabe que es libre para hacer cualquier decisión que desea, y con ese conocimiento, escoge para siempre hacer la voluntad de Dios.

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