El amor por la casa de Dios

Dice la Biblia en Salmos 26: 8 “Señor, la habitación de tu casa he amado, y el lugar de la morada de tu gloria.”

David sentía una singular atracción por la casa del Señor. Mientras huía de Saúl exclamaba: De madrugada te buscaré… para ver tu gloria y tu poder así como te he mirado en el santuario. Salmo 63: 1.2. Era vital para su existencia la morada de Dios: En la casa de Jehová moraré por largos días, escribió en su famoso salmo 23.

David había descubierto la presencia de Dios en ese lugar. No amaba el espacio físico, sino la posibilidad de encontrarse con Dios. El ingreso del arca del pacto a Jerusalén nos ofrece una visión completa de lo que para el rey de Israel significaba el lugar de la morada de Dios en su existencia.

“Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria”, escribió en Salmos 24: 7 para celebrar el traslado del arca del pacto, símbolo de la presencia de Dios entre los israelitas, a Jerusalén. En el lugar de la presencia de Dios, David se encontraba con el Rey de gloria.

El amor por la casa de Dios David no solo la pregonaba, también la practicaba. Su amor le llevó a planear la construcción del templo de Jerusalén, pero no fue él sino su hijo Salomón quien se encargo de ese proyecto, sin embargo el monarca reunió material e insumos para dicha tarea.

Amar la casa de Dios representaba el fin de su vida. Nada como ese lugar lo hacía sentirse satisfecho. Había descubierto y encontrado que en ese lugar podía encontrarse con su Dios. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob le había mostrado su bondad y él quería celebrar jubiloso en un lugar especial.

Si bien Dios no habita en templos hechos por manos humanos, su iglesia representa hoy en día su morada. Amemos, entonces, el lugar de su presencia. El lugar de la  morada de su gloria. Allí lo encontraremos siempre dispuesto a bendecirnos en nuestra existencia.

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