La insolencia quebrada

Dice el libro de Proverbios 22: 8

“El que sembrare iniquidad, iniquidad segará, y la vara de su insolencia se quebrará.”

La ley natural de la siembra y cosecha es reiterada una y otra vez tanto en el Antiguo como Nuevo Testamento. Sobre todo con respecto a la maldad. El hombre que se dedica a plantar iniquidad indudablemente segará iniquidad. No puede ser de otra manera puesto que la maldad nunca paga bien a quienes la practican.

El proverbio que hoy meditamos agrega a esta verdad incontrovertible una característica más al castigo que sufrirán quienes se dedican a esparcir impiedad: la vara de su insolencia será quebrada que no significa otra cosa que la destrucción de la fuente de la que brota su insensatez.

Los malvados actúan pensando que jamás serán llamados a cuentas. Se conducen por la vida creyendo que su maldad será suficiente para nunca comparecer ante Dios a rendir razón de su actuar. Eso es imposible. Cada uno de los que tomaron la vida como si hacer el mal fuera lo único que existiera serán reprendidos severamente.

El malvado es insolente porque piensa que lo que hace nunca será sancionado. De hecho esa es precisamente una de las razones por las que actúa como actúa. Se cree intocable, se piensa que él nunca pasará por la balanza de Dios y entonces hace y deshace conforme a sus vanos deseos.

Sin embargo, la insolencia tiene incubada en sí misma su reprimenda. El impío es descarado a la hora de practicar la iniquidad. No tiene reparo porque es desvergonzado y atrevido pensando que a él la justicia divina nunca lo alcanzará.  Pero Dios le tiene guardada su disciplina por vivir de esa manera.

El proverbio nos enseña que la bribonería, el descaro, la irreverencia y el cinismo Dios lo corta de tajo porque las personas que viven de esa manera son extremadamente dañinas para ellas mismas, pero también y sobre todo, para quienes las rodean.

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