Una vida cambiada

A.W.Tozer

Hace muchos años escuché decir a un gran predicador que la palabra “nuevas” de Isaías 40:31, significa en realidad “cambiadas”. Todo el texto podría leerse así: “Aquellos que esperan; al Señor cambiarán fuerzas”.

Todo lo extraño que parezca, no recuerdo como desarrolló aquel sermón, ni qué otra explicación dio el hombre sobre el texto, pero he estado pensando últimamente qué el predicador señaló una idea muy importante: esto es que gran parte de la experiencia cristiana consiste en cambiar algo peor por algo mejor, una bendecida y deliciosa ganga.

En el mismo fundamento de la vida cristiana descansa el sacrificio vicario, el cual es, en esencia, transferir la culpa del pecador al Salvador. Yo sé bien cuan vigorosamente es atacada esta idea por los que no son cristianos. Pero también sé cuan a menudo los sabios de este mundo se pierden preciosas verdades que los sencillos de corazón encuentran sobre sus rodillas.

Y recuerdo también las palabras del apóstol: “Al que no conoció pecado, Dios lo ha hecho pecado por nosotros, para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Esto está demasiado claro como para que no lo vea cualquiera que no quiera cerrar voluntariamente los ojos: Cristo, por Su muerte en la cruz, hizo posible para el pecador cambiar su pecado por la justicia de Cristo. Es sumamente simple. No es obligación aceptarlo, pero eso es lo que significa.

Y eso es solamente el principio. Casi todo lo que sigue es un cambio de lo peor por lo mejor. Lo que sigue después del cambio de pecado por justificación, es ira por aceptación. Hoy la ira de Dios permanece sobre un hombre impenitente y pecador; mañana, la sonrisa de Dios descansa sobre él.

Sigue siendo el mismo hombre, pero con una diferencia: él es ahora un nuevo hombre en Cristo Jesús. Por el arrepentimiento y la fe, ha cambiado el lugar de condenación por la casa del Padre. Fue rechazado en si mismo, pero ha sido aceptado en el Amado, y esto no por medios humanos, sino por un acto de la divina gracia.

Luego sigue el cambio de muerte por vida. Cristo murió por hombres muertos para que ellos puedan resucitar a ser hombres vivientes. El apóstol Pablo da felizmente el siguiente testimonio: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a si mismo por mi” (Calatas 2:20).

Esto es misterioso pero no increíble. Es un ejemplo más de como los caminos de Dios y los caminos del hombre son divergentes. El hombre ha nacido remendón. Cuando desea que una cosa sea mejor, trabaja para mejorarla. Mejora la calidad del ganado haciendo una infinidad de cruzas. Mejora los autos y aviones con líneas aerodinámicas; mejora su salud por medio de la dieta, las vitaminas y cirugía; mejora las plantas por medio de injertos y la gente por la educación. Pero Dios no acepta remiendos. Dios hace a un hombre mejor cuando lo hace de nuevo, imparte una nueva y más alta forma de vida, y se pone a destruir la vieja.

Entonces, como lo sugiere el texto de Isaías, el cristiano cambia flaqueza por fortaleza. Supongo que no es impropio decir que Dios fortalece a su pueblo, pero la fortaleza que le da está en razón directa a su debilidad, siendo la debilidad suya, y la fortaleza la de Dios. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” es el modo que Pablo tiene de decirlo, y al decirlo así, sienta una pauta para todo cristiano.

En realidad el santo más puro en el momento más fuerte es tan débil como era antes de su conversión. Lo que ha ocurrido es, simplemente, que se ha desconectado de la débil batería humana para conectarse a la superpoderosa fuerza eléctrica de Dios. Ha cambiado debilidad por fortaleza, pero esa fortaleza no es suya; fluye de Dios hacia él tanto tiempo como se mantiene habitando en Cristo.

Uno de los problemas más peliagudos en la vida cristiana es ese de la santificación: como llegar a ser tan puros como debiéramos ser si vamos a disfrutar de perfecta comunión con un Dios puro y santo. La expresión clásica de este problema y su solución, se encuentran en la epístola de Pablo a los Romanos, capítulos siete y ocho.

El grito, “¡Miserable hombre de mí, quién me librará de este cuerpo de muerte!” recibe una triunfante respuesta: “La ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”.

Ninguno que haya puesto debida atención a los hechos negará que es posible para un individuo obtener un alto grado de moralidad si es que pone todo su corazón en ello. Marco Aurelio, el emperador pagano, por ejemplo, vivió una vida de tan exaltada moralidad, como para dejarnos avergonzados a nosotros los cristianos, como también lo hizo el pobre esclavo Epicteto.

Pero ambos hombres ignoraron por completo lo que es la santidad. Y es santidad lo que el corazón cristiano anhela sobre todo, y eso el corazón humano nunca lo puede obtener por sí mismo.

El doctor A. B. Simpson conocía por experiencia la tremenda lucha por llegar a ser santo, y conocía también el camino bíblico hacia la santidad. En un himno que compuso para finalizar uno de sus sermones lo afirma de esta manera:

Tomo a Dios como mi santidad,

Ropaje de mi espíritu, inmaculado y celestial;

Tomo a Dios como mi justificación,


Le tomo, y El se encarga de mi condición.

Tenemos solo que abandonar el vano esfuerzo de hacemos santos y dejar que Dios lo haga. De seguro El se hará cargo. Hay otros muchos buenos cambios que podemos hacer los cristianos. Por ejemplo, nuestra ignorancia por Su conocimiento, nuestra tontería por Su sabiduría, nuestro demérito por Sus méritos, nuestra triste mortalidad por Su inmortalidad bendita, y nuestra fe por la visión excelsa al fin.

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