Para qué es dado el Espíritu Santo

A.W. Tozer

Una generación atrás algunos maestros bíblicos reducían la obra del Espíritu Santo en el creyente a una cosa: a impartir poder para el servicio. En las primeras décadas de este siglo la frase “poder para servicio” era mencionada a cada paso en la literatura evangélica.

Y uno tenía la impresión que eso significaba servir como una razón bíblica por la presencia del Espíritu Santo en la iglesia, pero visto en forma diferente de las muchas sectas carismáticas que por ese entonces estaban ganando terreno en todo el mundo, y especialmente en los Estados Unidos.

Esas sectas alegaban que ellas habían vuelto al verdadero cristianismo del Nuevo Testamento, y ofrecían como prueba la presencia de los dones del Espíritu entre ellos con énfasis especial, podría decirse que exclusivo, en el don de lenguas. Esta enseñanza iba acompañada con frecuentes estallidos de emocionalismo.

Los que habían tenido la experiencia la disfrutaban intensamente, y el espectador se sentía profundamente afectado por esta demostración de gozo. Los miembros más serios de la comunidad evangélica no iban de acuerdo con el emocionalismo de los pentecostales, ni con la obvia falta de balance en su teología, ni con la falta de responsabilidad en su conducta general.

Pero había que considerar este asunto del Espíritu. Los maestros de la Biblia populares salieron con la doctrina del “poder para servir”, y mucha buena gente se sintió aliviada grandemente. De acuerdo a esta contra doctrina, la llenura del Espíritu es necesario, y al mismo tiempo debe ser deseado, pero por razones diferentes a las de los pentecostales.

La única y grande obra del Espíritu, -decían ellos- era impartir al creyente “poder para servir”. De ahí que este poder no era carismático ni emocional, sino práctico. El cristiano es débil, y el Espíritu ha sido dado para que tenga fortaleza y pueda servir efectivamente. Apoyaban este punto de vista mencionando Hechos 1:8, “Recibiréis poder, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y me seréis testigos”.

Ahora bien, a menudo me he preocupado de hacer ver que las verdades que son competidas a permanecer solas, nunca permanecen rectas, ni tampoco permanecen por mucho tiempo. La verdad es una sola, pero las verdades son muchas. Las verdades escriturales están relacionadas entre si, y son dependientes unas de otras.

Una confidencia es raramente válida cuando se la deja aislada. Una afirmación puede tener mucho valor cuando se la pone en relación a otras varias verdades, pero perder mucho de su verdad cuando se la separa. “La verdad, solamente la verdad, y nada más que la verdad” es algo muy bueno para una corte de justicia, para el pulpito, para la sala de clase y para la cámara de oración.

Enseñar que la llenura del Espíritu Santo es dada al cristiano para impartir “poder para servir” en enseñar una verdad, pero no toda la verdad. Poder para servir es solo un efecto de la experiencia, y yo no vacilo en decir que es el menor de otros varios efectos. Es el menor porque toca al servicio, presumiblemente servicio a la humanidad.

Y contrario a la creencia popular, “servir a esta generación” no es el primer deber cristiano, ni tampoco el mayor fin del hombre. Como lo he dicho tantas veces los dos grandes verbos que dominan la vida cristiana son ser y hacer. Lo que un hombre es viene primero ante la vista de Dios.

Lo que él hace está determinado por lo que él es, de modo que ser es siempre de primordial importancia. La noción presente de que somos “salvos para servir” es cierta, pero cierta solamente dentro de un contexto más amplio. Y según la entienden muchos cristianos afanosos de hoy, no es cierta de ninguna manera.

La redención se hizo necesaria no tanto por lo que los hombres estaban haciendo, sino por lo que los hombres eran. No solo la conducta humana se hizo tan mala sino la propia naturaleza del hombre también. Sin esta corrupción de la naturaleza humana, ninguna conducta humana se hubiera hecho mala.

Los hombres caídos y perdidos actuaron conforme a lo que ellos eran. Sus corazones dictaron sus hechos. “Y vio Dios que la malicia de los hombres era mucha en la tierra”. Eso lo podía ver cualquier ser moral. Pero Dios vio más; Dios vio la causa de los malos caminos del hombre, y que “cada imaginación de los pensamientos de su corazón era de continuo solamente el mal”.

La corriente de la conducta humana fluye de una fuente que está corrompida por pensamientos e imaginaciones malas. Para purificar la corriente era imprescindible purificar la fuente; y para regenerar la conducta humana es imprescindible regenerar la naturaleza humana. El ser fundamental debe ser santificado, si es que queremos que haya un hacer santificado, porque ser y hacer están íntimamente relacionados, como causa y efecto, como padre e hijo.

La obra primaria del Espíritu Santo es restaurar al alma perdida a un íntimo compañerismo con Dios a través del lavamiento de la regeneración. Para dar cumplimiento a esto comienza revelando a Cristo al penitente corazón (1 Corintios 12:3). Luego comienza a iluminar a esa alma recién nacida con más brillantes rayos que salen del rostro de Cristo (Juan 14:26; 16:13-15), y conduce al corazón deseoso a profundidades y alturas del divino conocimiento y la comunión. Recuerde, conocemos a Cristo solamente según el Espíritu Santo nos imparte.

Dios desea adoradores antes que trabajadores; en efecto los únicos obreros aceptables son aquellos que han aprendido el arte perdido de la adoración. Es inconcebible que un soberano y santo Dios esté tan escaso de obreros que ponga a trabajar cualquiera que haya recibido poder, a pesar de sus cualidades morales. Las mismas piedras Le adorarían si fuera necesario, y mil legiones de ángeles se lanzarían a hacer Su voluntad.

Por supuesto que el Espíritu quiere dar dones y poder para servicio; pero santidad y adoración espiritual vienen primero.

 

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