La asombrosa incredulidad

Dice la Biblia en Marcos 6: 6

“Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos…”.

Solo dos cosas o dos hechos sorprendieron, maravillaron o asombraron al Señor Jesús en la tierra:

  1. El centurión romano que rogó por su criado y que dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
  2. La incredulidad de sus paisanos de Nazaret a donde acudió a predicar y que en lugar de creer a sus palabras cuestionaban su origen y a su familia. Ellos no podían dar crédito que Jesús, el hijo de José y María cuyas hermanas y hermanos vivían con ellos pudiera hacer los milagros que hacía.

El hijo de Dios se sintió ingratamente sorprendido cuando fue a la ciudad donde creció y se dio cuenta que entre sus paisanos había más dudas que certezas sobre su persona. A sus coterráneos les resulto muy difícil creer en Jesús porque a su juicio él era simplemente el hijo de un carpintero con una gran familia.

El conflicto con ellos escaló a tal grado que Jesús tuvo que sacar dos ejemplos de la incredulidad que ha acompañado a Israel a lo largo de sus historia. 1. La viuda de Sarepta de Sidón, una mujer gentil que recibió la visita del profeta Elías en medio de un terrible hambruna y fue librada de la muerte.

Y 2. La historia del general sirio Naamán, el leproso, que fue sanado por Eliseo justo cuando en Israel había muchísimos leprosos que no recibieron su sanidad. Un contraste durísimo porque ambos personajes eran gentiles.

A Jesús le sorprendió o le asombró esta actitud incrédula de los habitantes de Nazaret. Les resultó tan difícil creer que a causa de su falta de fe no hizo muchos milagros en la ciudad donde paso su infancia y a donde volvió para predicarles las buenas nuevas del evangelio haciendo señales y maravillas.

El hijo de Dios estaba maravillado de esta actitud. La falta de fe sorprende al Señor porque es la negación de su poder y su divinidad. A los ciudadanos de esa villa les fue difícil creer en Cristo porque dirigían más su mirada en su humanidad que en su carácter de Hijo de Dios. Veían más lo terrenal que lo celestial.

En cambio el centurión romano, que también sorprendió, pero gratamente al Señor, reconoció a Jesús toda la autoridad que el Padre había puesto en sus manos.

Sorprendamos al Señor con nuestra fe que le reconoce como el Señor del cielo y de la tierra y no dejemos que nuestra incredulidad lo sorprenda tristemente. Con una fe genuina y sincera hagamos que el Señor se lleve una grata sorpresa con nosotros.

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