Dios caminando entre los hombres

Por A. W. Tozer (pastor de la Alianza Cristiana que vivió el siglo pasado)

Dios siempre actúa igual a Sí mismo, cualquier cosa que El sea o cualquier cosa que El haga. En él no hay mudanza ni sombra de variación. Y es tan infinito que aunque pasemos toda una vida cultivando Su conocimiento, todavía estamos tan lejos de conocerle como si nunca hubiésemos empezado.

El conocimiento sin límites de Dios y Su sabiduría perfecta lo capacitan a El para trabajar racionalmente más allá de los límites de conocimiento racional. Por esta razón no podemos predecir los movimientos de Dios como podemos predecir los movimientos de los planetas. Por eso nos sorprende continuamente con sus movimientos inesperados dentro de su vasto universo.

Tan imperfectamente conocemos a Dios que podríamos decir que una concomitancia invariable de un verdadero encuentro con El seria una maravilla realmente deleitosa. No importa cuan alta sea la expectación que tenemos de El, cuando al fin Dios decide moverse dentro del ámbito de nuestra experiencia, nos deja estupefactos por el poder que tiene de sobrecoger nuestra mente y fascinar nuestra alma. El siempre es más maravilloso de lo que esperamos, y más bendito y estupendo de lo que soñamos pueda ser.

Sin embargo sus acciones pueden ser predichas en cierta manera, porque como he expresado. Dios actúa siempre igual a Si mismo. Desde que conocemos, por ejemplo, que Dios es amor, podemos estar seguros que el amor estará presente en cada acto Suyo, sea éste la salvación de un pecador penitente, o la destrucción de un impenitente mundo. De la misma manera podemos saber que El siempre será justo, fiel, misericordioso y verdadero.

Es una mente rara, supongo yo, la que se preocupa de cómo actuaría Dios en ámbitos distantes, fuera de la experiencia humana. Pero creo que muchos se han preocupado en saber como actuaría Dios de haber estado en nuestro lugar.

Y hemos tenido momentos en que hemos sentido que Dios no podría comprender cuan difícil se nos hace a nosotros vivir rectamente en un mundo tan malo como este. Y nos preguntamos como actuaría y qué haría si estuviera viviendo entre nosotros por un tiempo.

Preguntarse esto podría ser natural, pero es absolutamente innecesario. Sabemos como actuaría Dios si estuviera en nuestro lugar, -El ya estuvo en nuestro lugar. Es el misterio de la piedad que Dios haya sido manifestado en carne. Y llamaron su nombre Emmanuel, que significa Dios está con nosotros.

Cuando Jesús anduvo en la tierra fue un hombre que actuaba igual que Dios. E igualmente maravilloso es pensar que también era Dios actuando igual a Dios en el hombre y en un hombre. Podemos saber cómo Dios actúa en los cielos porque lo hemos visto actuar en la tierra. “El que me ha visto a mi, ha visto al padre. ¿Cómo, pues, decís vosotros, muéstranos al Padre?”

 

Tan glorioso como es esto, no termina ahí. Dios todavía anda caminando en los hombres, y por dondequiera anda, actúa siempre igual a Sí mismo. Esto no es poesía, sino un hecho claro simple, que puede perfectamente ser comprobado en el laboratorio de la vida.

Que Cristo habita en la naturaleza del creyente regenerado es algo que se presupone, se sobrentiende, y es abiertamente afirmado y certificado por las Sagradas Escrituras. Las Personas de la Deidad entran en la naturaleza de uno que acepta toda la verdad del Nuevo Testamento en fe y obediencia.

“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23). Y la doctrina que enseña que somos habitados por el Espíritu Santo es tan conocida que no es necesario defenderla aquí. Cualquiera que haya sido medianamente instruido en las Escrituras la conoce.

Cualquier cosa que sea Dios, lo es también el Hombre Cristo Jesús. Ha sido la firme creencia de la Iglesia desde los días de los apóstoles que Dios no solo ha sido manifestado en Cristo sino que ha sido manifestado cómo Cristo.

En los días de la controversia arriana los padres de la iglesia se vieron obligados a afirmar la enseñanza del Nuevo Testamento en una “regla” súper condensada, o credo, que seria aceptada por todos los creyentes como final y conclusiva. Este credo fue puesto en las siguientes palabras:

“La recta fe es que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, es Dios y Hombre. Dios en la sustancia de Su Padre, engendrado antes de todas las edades. Hombre  en la sustancia de Su madre, nacido en el mundo. Perfecto Dios y perfecto Hombre. . . como el alma racional y la carne son un hombre, así Dios y Hombre son un Cristo”.

Cristo en el corazón de un creyente actuará como lo hizo en Galilea y Judea. Su disposición es la misma, ahora como entonces. El fue santo, humilde, manso, justo y compasivo, y El no ha cambiado. El es el mismo donde sea que esté, sea que esté a la diestra de Dios o en la naturaleza del discípulo verdadero.

El era amistoso, amante, fervoroso, bondadoso y dispuesto a sacrificarse mientras anduvo caminando entre los hombres. ¿No es razonable esperar que El haga lo mismo cuando camina dentro de un hombre? ¿Por qué, entonces, los cristianos actúan a veces en una manera tan diferente a la de Cristo?

Alguno podría argumentar que cuando un cristiano falla en demostrar la belleza moral de Cristo en su vida, quiere decir que ha sido engañado, y que no es un verdadero cristiano. La respuesta no es tan simple como esa.

La verdad es que aunque Cristo actúa en la nueva naturaleza del creyente, experimenta una fuerte oposición de la vieja naturaleza del creyente. Esta lucha entre la nueva y la vieja naturalezas continúa en muchos creyentes por mucho tiempo. Esto es algo aceptado como inevitable, pero el Nuevo Testamento no lo enseña así.

Un estudio cuidadoso y con oración de Romanos 6 a 8 señalará el camino hacia la victoria. Si le permitimos a Cristo perfecta libertad. El vivirá en nosotros de la misma manera que vivió en Galilea.

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