La palabra en medio de la aflicción

Dice la Biblia en Salmos 119: 143 “Aflicción y angustia se han apoderado de mí, mas tus mandamientos fueron mi delicia.”

El profeta Jeremías fue uno de los videntes de Dios que más sufrió durante su ministerio. La encomienda de Dios para él de ir con un pueblo endurecido tuvo no pocos desencuentros y muchos enfrentamientos que lo llevaron a la cárcel e incluso a ser puesto en una fosa séptica.

El rey David pasó cerca de diez años perseguido por Saúl. Recorrió todos los desiertos de esa época huyendo de la ira del monarca quien nunca le perdonó su popularidad por su gran victoria frente a Goliat. David estuvo a punto de perecer a manos de Saúl, pero Dios lo guardó siempre.

Daniel fue llevado cautivo a Babilonia y junto con otros jóvenes fue colocado en la corte del rey Nabucodonosor, allí se le obligó a comer de la porción del rey a la que se rehusaron todos ellos. Ellos lucharon con todas sus fuerzas para mantener su fe en medio de una tierra ajena y distante de Jerusalén.

Job, un hombre temeroso de Dios y apartado del mal enfrentó como pocos el embate del maligno que lo quiso ver arruinado y destruido. El patriarca se mantuvo fiel a pesar de que esposa y amigos lo condenaban por confiar en Dios aún medio de su gran sufrimiento y persistir en creer en Dios.

Ana, la madre de Samuel, sufría en silencio la falta de un hijo. Era objeto de burla y escarnio de parte otras mujeres por su condición estéril. Encontró refugio en Dios y le propuso al Señor un pacto: si él le daba un hijo ella se lo entregaría para servirle. Dios la oyó, le dio un hijo y ella se lo devolvió.

Así podemos poner decenas de ejemplos en la Biblia de hombres y mujeres que en medio de sus grandes sufrimientos y padecimientos encontraron en la palabra de Dios no solo su sostén, sino su delicia en medio de los grandes padecimientos que les tocó enfrentar durante su peregrinar en la tierra.

La palabra de Dios tiene esa virtud: se convierte en el refugio. Se vuelve un castillo en medio de la aflicción. La palabra de Dios consuela, alienta, sostiene, fortalece, guía, dirige y ayuda a enfrentar las dificultades que surgen durante nuestra vida. Corramos a ella siempre que estemos en problemas y aunque no estemos en ella.

Será nuestra delicia en esos tiempos difíciles y complicados.

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