El morador divino

El morador divino

A. W. Tozer

La doctrina de la habitación divina en nosotros es una de las más importantes del Nuevo Testamento, y su significado para el creyente individual es precioso más allá de toda imaginación. Ser negligente en cuanto a esta doctrina puede significar una pérdida irreparable El apóstol Pablo oró para que los creyentes de Efeso tengan a Cristo habitando en sus corazones por la fe.

Por cierto que se necesita fe de alguna calidad superior para captar todas las implicaciones de esta gran verdad. Dos hechos se juntan para hacer esta doctrina medio difícil de aceptar: la suprema grandeza de Dios y la pecaminosidad total del hombre.

Aquellos que piensan pobremente de Dios y elevadamente de si mismos podrán parlotear acerca de esa deidad en el hombre». Pero el hombre que tiembla delante del rito y majestuoso Dios que habita en la Eternidad, y cuyo nombre es Santo; el hombre que conoce la profundidad de su pecado sospechará una incongruencia moral en la enseñanza de que Uno que es tan santo habite en el corazón de uno que es tan vil.

Pero todo lo incongruente que parezca esta verdad, está tan abundantemente enseñada en las Santas Escrituras que no puede ser pasado por alto, y tan claramente expuesta, que no puede dejar de ser comprendida. «Si alguno me ama -dice el Señor Jesucristo- mi palabra guardará.

Y mi Padre le amará- y vendremos a él y haremos morada con él» (Juan 14:23). Que esta habitación o morada es dentro del hombre, se señala por estas palabras, «En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mi, y yo en vosotros» (versículo 20) Cristo dice acerca del Espíritu Santo «… será en vosotros» (verso 17) y en Su gran oración de Juan capítulo 17, dos veces usa la frase Yo en ellos.

La verdad de la habitación divina en nosotros se desarrolla más completamente en las epístolas de Pablo. «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? . . . Porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es» (1 Corintios 3:16,17). Y otra vez (1 Corintios 6:19) «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?»

Sin duda ninguna la enseñanza del Nuevo Testamento es que el verdadero Dios habita en la naturaleza de Sus verdaderos hijos. Como puede esto ser, yo no lo sé; pero tampoco sé como mi alma habita en mi cuerpo.

Pablo menciona esta maravilla de la habitación de Dios en nosotros como un misterio: «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria». Y si la doctrina envuelve una contradicción, o más aún, una imposibilidad, debemos seguir creyendo lo que salió de los labios de nuestro Señor. «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso» (Romanos 3:4).

Las riquezas espirituales que yacen escondidas en esta verdad son tan vastas que son dignas de cualquier esfuerzo que hagamos para recuperarlas. Sin embargo, no estamos preocupados mayormente con la metafísica o la teología implicadas aquí. Deseamos conocer la realidad de ello. ¿Qué significa esa verdad prácticamente para nosotros? ¿Qué tiene ella para un cristiano de mente seria competido a vivir en un mundo impío y en tinieblas? Como dice al apóstol Pablo, «Mucho en muchas maneras».

Dios no habita pasivamente en Su pueblo. El desea y hace en ellos (Filipenses 2:13). Y recordemos, donde sea que esté. El siempre actúa igual a Sí mismo. El hace en nosotros cualquier cosa que Su santa naturaleza lo mueve a hacer. Y a menos que estorbado por nuestra resistencia, actuará en nosotros de la misma manera que actúa en los cielos. Solo una voluntad humana insantificada puede detenerle de obrar.

Sin duda ninguna que estorbamos a Dios grandemente por nuestra obstinación e incredulidad. Fallamos en cooperar con los santos impulsos del Espíritu que mora en nosotros. Caminamos en sentido contrario a Su voluntad, como está revelada en la Biblia; sea que no tomemos tiempo para descubrir lo que la Biblia enseña, o sea que no lo aprobamos cuando lo hacemos.

Esta lucha entre la Deidad que habita en nosotros y nuestras propensiones de nuestra naturaleza caída ocupa un largo espacio en las enseñanzas del Nuevo Testamento. Pero esta lucha no necesita continuar para siempre. Cristo ha hecho abundante provisión para librarnos de las ataduras de la carne.

Una presentación franca y realista de todo el problema está hecha en los capítulos 6 y 7 de la Carta a los Romanos. En el capítulo 8 se descubre una solución triunfante. Esta es, brevemente, por medio de una co-crucifixión espiritual con Cristo, seguida por una resurrección y una infusión del Espíritu Santo.

Una vez que el corazón se ve libre de sus impulsos contrarios, Cristo en nosotros llega a ser un maravilloso hecho existencial. El corazón que se somete íntegramente ya no tiene más luchas con Dios, de modo que El puede cohabitar en nosotros sin inhibiciones y en perfecta amistad congenial.

Entonces El piensa sus pensamientos en nosotros; pensamientos acerca de nosotros mismos, acerca de El, acerca de pecadores y santos y bebes y rameras; pensamientos acerca de la iglesia, acerca del pecado y del juicio y el cielo y el infierno. Y El piensa acerca de nosotros y de El mismo, y de Su amor para nosotros y nuestro amor para El; y nos coneja a nosotros para Si mismo de la misma manera que un novio coneja a su novia.

No hay nada formal o automático respecto a Su operación en nosotros. Somos personalidades y estamos comprometidos con una personalidad. Somos personas inteligentes, y poseemos propia voluntad.

Podemos, para hablar así, ponernos fuera de nosotros mismos, y disciplinarnos conforme a la voluntad de Dios. Podemos tener comunión con nuestros corazones sobre nuestra cama, y estar quietos. Podemos hablar con nuestro Dios mientras velamos en la noche. Podemos aprender lo que El desea que seamos, y orar y trabajar, para prepararle a El una habitación.

¿Y qué clase de habitación le agrada a Dios? ¿Cómo tiene que ser nuestra naturaleza antes que El se sienta a gusto en ella? El no pide nada sino un corazón puro y una mente simple. El no demanda ni ricos cortinajes, ni alfombras de Persia, ni tesoros de arte. El desea solo sinceridad, transparencia, humildad y amor. El se encargará del resto.

 

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