Diferentes entre los comunes

Dice la Biblia en Daniel 1: 8

“Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey…”.

Lejos de su hogar, lejos de su país y lejos de su templo, Daniel tomó una determinación que lo haría impopular entre todos los deportados de Jerusalén en Babilonia: se abstendría de tomar los alimentos que todos los demás comerían. Sería diferente a los demás. Una decisión difícil en un mundo que gusta de homogenizar pecadores con santos.

Esta decisión nació de su corazón. La imposición para ser diferente siempre es desastrosa porque hace que las personas hagan o dejen de hacer las cosas no por decisión propia, sino por una fuerza externa y a la larga eso se vuelve una carga insostenible. En la vida espiritual es idéntico.

Daniel se pudo comportar sin restricciones en una ciudad ajena. Estaba allí a causa del pecado de sus padres y abuelos. No por causa suya. El era un daño colateral de lo que sus antepasados habían hecho, pero decidió conducirse bajo los estándares que Dios demandaba.

La virtud de Daniel estriba justamente allí. En vivir la vida espiritual de igual forma lejos o cerca del templo de Jerusalén. Para él la distancia entre Jerusalén y Babilonia no eran los cientos de kilómetros que las separaban sino solamente la distancia entre el cerebro y el corazón.

Por eso determinó no contaminarse a través de la comida que en Babilonia incumplía con las leyes sagradas del judaísmo y optó por consumir solo vegetales. La comida kosher o ceremonial pura había dejado de existir en su vida y para no desobedecer a Dios en ese mandamiento, cambió su dieta.

El ejemplo de Daniel es inmensamente grande. Nos enseña a pensar en Dios siempre. Por más lejos que estemos de “su casa”, nuestro pensamiento y corazón deben estar atados a su palabra para mantener nuestros principios y convicciones donde quiera que estemos, sin importar si estamos rodeados de impíos o salvos.

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