La sujeción

Dice la Biblia en Efesios 5: 22 “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.”

Nunca sabremos los roles que los esposos tendrían si en el huerto del Edén, Adán y Eva no hubieran pecado, pero a partir de allí el rol de cada uno de los consortes se modificó sustancialmente. En Génesis 3: 16 encontramos esta advertencia a la mujer: “…tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.”

Desde entonces la mujer quedó sujeta al esposo. Cuando Pablo escribe sobre el matrimonio a la iglesia de Éfeso sostiene esa tesis para que la relación matrimonial funcione. La mujer debe sujetarse o someterse a su marido. Ese principio tiene como marco o como referente la sumisión que todos debemos prestar al Señor.

La conyugue debe aceptar la autoridad de su marido como ha aceptado la autoridad de Cristo sobre su existencia. El matrimonio cristiano se conforma de esa manera teniendo la esposa y el esposo por supuesto como referente el gobierno de Cristo sobre sus vidas. Ese es el ingrediente que hará de la relación un espacio de gran alegría.

Pero justamente esa es la lucha. Cuando Pablo escribió estas palabras había descubierto que en la iglesia de Éfeso muchas casadas vivían alejadas del principio de sujeción y por eso lo escribió. Una mujer debía de vivir sujeta a su marido y su marido a la vez debía amarla con todo su ser.

La sujeción se complementa con el amor. Pero la esposa debe dejarse gobernar por su esposo para que el matrimonio cumpla sus eternos propósitos y haga de la vida de ambos una vida en la que ambos pasen grandes y solaces momentos de tranquilidad y alegría y evitar la lucha por “el poder” en la relación.

La sumisión de la mujer ni tiene como fin su humillación o su desvalorización. Una mujer sumisa no significa falta de dignidad, sino quiere decir una mujer decidida a cumplir la voluntad de Dios en su vida matrimonial. La palabra de Dios jamás se equivocará al señalar el camino que le toca a la mujer en su vida marital.

El hogar de una familia pasa por las manos de una mujer sumisa y un esposo que la ama. Ambas característica son fundamentales. La ausencia de cualquiera de ellas hará del matrimonio el mismo mal que tiene un pato cojo.

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