Somos salvados tanto de “de” como “para”

El pastor de la Alianza Cristiana A. W. Tozer, ya fallecido, escribió:  

La iglesia evangélica de hoy sufre la embarazosa posición de estar equivocada al mismo tiempo que está cierta, y una pequeña preposición es lo que hace la diferencia.

Yo pienso que si dejamos que la Biblia decida lo que es bueno y lo que es malo, entonces los evangélicos están bien en su credo. Aun un escéptico como H. L. Mencken, dice: “Si la Biblia es verdad, entonces el fundamentalismo está correcto”. Aunque no aceptó la verdad de la Biblia, fue lo suficiente agudo e inteligente para darse cuenta que las doctrinas básicas enseñadas por los fundamentalistas son las mismas que enseña la Biblia.

Uno de los lugares donde estamos mal, a la vez que andamos bien, es en el énfasis relativo que le damos a las palabritas de y para cuando las relacionamos con la palabra salvación. Durante una larga generación hemos estado manteniendo la letra de la verdad, mientras al mismo tiempo nos hemos estado alejando de su espíritu, porque nos hemos preocupado más de de qué somos salvados que de para qué lo somos.

La recta importancia relativa de ambos conceptos fue establecida por Pablo en la primera carta a los tesalonicenses. “Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero; y esperar a su Hijo de los cielos”.

El cristiano ha sido salvado de sus pecados pasados. Con esos pecados él ya no tiene nada más que ver. Se cuentan entre las cosas que deben ser olvidadas, así como la noche es olvidada cuando llega el día. .También ha sido salvado de la ira por venir. Con esto también él no tiene nada que hacer. Esa ira existe pero no para él.

El pecado y la ira son dos cosas que se siguen como la causa y el efecto y puesto que el cristiano ha sido librado del pecado, sigue de suyo que ha sido también librado de la ira. Los de de la vida cristiana tienen relación solamente con cosas negativas, y absorberse en ellas es vivir negativamente. Y muchos cristianos viven permanentemente en este estado.

No hemos sido llamados a tener compañerismo con lo no existente. Hemos sido llamados a tener comunión con cosas que existen en verdad, cosas positivas, y cuando nos ocupamos de ellas y con ellas, entonces nuestra alma recibe gran salud espiritual.

La vida espiritual no se alimenta con negativos. El hombre que continuamente está mencionando los pecados que hacia cuando era inconverso está mirando en la dirección incorrecta. Es igual a un atleta que trata de correr una carrera mirando hacia atrás.

Lo que el cristiano era antes es la cosa menos importante acerca de su vida. Lo que él será es lo que más debiera preocuparle. Puede ocasionalmente a veces, como lo hacía Pablo, recordar con vergüenza su antigua vida de pecado, pero eso debe ser solo una fugaz mirada; nunca una observación fija. Nuestra mirada permanente tiene que ser Dios, y la gloria que ha de ser revelada.

 

El haber sido salvado de y el haber sido salvado para deben tener la misma relación que tiene la enfermedad pasada con la salud presente. El médico se pone entre ambos estados opuestos para librar de uno y conducir al otro.

Una vez que una grave enfermedad ha sido curada, lo mejor es relegarla a un rincón de la mente, y dejarla que se debilite y desvanezca en el recuerdo. Y el hombre feliz que ha recuperado su salud debe ocupar sus nuevas fuerzas para hacer algo útil para la humanidad.

Sin embargo, muchas personas siguen preocupándose tanto por la enfermedad que tuvieron, que después que su cuerpo ha sanado, retienen un sentimiento de invalidez crónica, como tenían antes.

Han sido curados, es cierto, pero no para la salud. Podemos imaginar a un grupo de tales personas, reunidas un domingo, contando y cantando todas sus antiguas enfermedades, y tendremos una visión de lo que son los cultos de muchos cristianos.

Hay todo un arte en saber olvidar, y los cristianos deberían cultivar ese arte. Olvidar las cosas que han quedado atrás es una necesidad, si es que queremos dejar de ser niños en Cristo. Si no podemos confiar en que Dios se haya ocupado adecuadamente de nuestras malicias pasadas, entonces es mejor darnos por vencidos y terminar con todo.

Cincuenta años lamentando nuestros pecados no nos libran de ellos. Pero si Dios nos ha perdonado verdaderamente, y nos ha limpiado, entonces debemos darlo por hecho, y no gastar más tiempo en lamentaciones estériles.

Y gracias a Dios que esta súbita obliteración de nuestro pasado familiar no nos deja a nosotros con un vado. Lejos de ello. Al mundo vado dejado vacante por nuestros pecados viene el bendito Espíritu de Dios, para hacer todo nuevo.

Nueva vida, nueva esperanza, nuevas alegrías, nuevos intereses, nuevos propósitos de trabajo, y lo mejor de todo, un nuevo y satisfaciente objetivo hacia el cual dirigir la extasiada mirada de nuestra alma. Dios llena ahora el jardín recobrado, y podemos caminar y conversar con El al fresco del día. Aquí es donde radica la debilidad de gran parte del cristianismo corriente.

No hemos aprendido todavía dónde poner nuestro énfasis. Particularmente no hemos comprendido todavía que hemos sido salvados para conocer a Dios, para entrar en Su maravillosa presencia por el camino, nuevo y verdadero y quedar ante esa presencia para siempre. Hemos sido llamados a una perenne preocupación con Dios.

El Dios trino, con todo Su misterio y majestad, es nuestro ahora, y nosotros somos Suyos, y toda la eternidad no nos será suficiente para llegar a comprender todo lo que El tiene de santidad, bondad y verdad. Los que están en el délo no descansan ni de día ni de noche en su extática adoración de la Deidad. Nosotros decimos que vamos caminando hada ese lugar. ¿Por qué no empezamos ahora a adorar en la tierra en la misma forma que vamos a adorar en el cielo?

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