Sinagogas vacías y blindadas en Alemania

Por Carmen Valero 

Un hombre fuma en la puerta de un restaurante judío-israelí. Un individuo se para frente a él y le pregunta qué está haciendo en Alemania. “Aquí nadie os quiere, nadie. Volved a las cámaras de gas. Sólo os interesa el dinero”. El increpado pide que le deje en paz. El otro insiste: “Éste es mi país y la policía que os protege la pago con mis impuestos. Vete a tu país. ¿Cuántos sois, cuatro millones? En 10 años no quedáis ninguno”. Llega la policía y neutraliza al agresor: “Yo no he hecho nada, suéltenme. Judío mentiroso”.

Los hechos, grabados con un teléfono móvil y colgados en Internet -el vídeo se hizo viral-, ocurrieron en diciembre de 2017 frente al restaurante que Yorai Feinberg abrió hace siete años en Berlín. “Hubo muchas muestras de apoyo, pero la verdad es que ése no fue el primer incidente, ni el último. Recibimos llamadas y correos a diario con amenazas incluso de muerte”, declara Feinberg.

La violencia antisemita se ha disparado en los últimos años en Alemania en todos los sectores sociales, y ha hecho saltar las alarmas en un país marcado por el Holocausto, en permanente actitud de recuerdo y arrepentimiento. La irrupción de la populista Alternativa para Alemania (AfD) con la reciente crisis de los refugiados -y la suerte de legitimidad que dan algunos de sus dirigentes al racismo y la xenofobia- se ha recibido en ciertos sectores de la sociedad como un cheque en blanco.

La equiparación del nazismo con una “cagada de pájaro” en la historia de Alemania, el enaltecimiento del supuesto talento militar del ejército alemán en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial o llamar al Memorial a los judíos de Europa asesinados por el nazismo el “monumento de la vergüenza” son algunos ejemplos de este antisemitismo.

Según datos oficiales, el año pasado se contabilizaron 1.646 actos de violencia antisemita, lo que supone un 9,4% más que en 2017. Es el número más alto de agresiones físicas a personas, profanaciones, vandalismo y amenazas de la última década. Los expertos hablan de tres fuentes de antisemitismo. Una está vinculada, como es tradicional, a la extrema derecha; otra llegó de la mano de los cientos de miles de refugiados de Oriente Próximo, fundamentalmente Irak y Siria, acogidos por el país. La tercera se nutre de la izquierda y de esa masa de críticos con la política de Israel en la región.

“Nos meten en el mismo saco para justificar una agresión, pero somos muy heterogéneos. No hay una sola comunidad judía y no se puede asociar a todos los judíos con Israel. Yo, por ejemplo, soy rusa. Si tuvieran que culparme de algo debería ser por la política de Vladimir Putin, pero no la de Israel”, relata Anstassia Pletouhina, estudiante en la Universidad de Lübeck.

Se calcula que en Alemania viven actualmente unos 120.000 judíos, de los que alrededor de 30.000 residen en Berlín. Dos tercios proceden de los países de la extinta Unión Soviética, un grupo tan diferenciado del resto que la mayoría no son considerados judíos por quienes, generación tras generación, lo fueron por parte de padre y madre. Muchos judíos de la extinta URSS únicamente lo son de padre o por lejanía, aunque Alemania les consideró administrativamente como tales.

“No tenemos casi relación con los judíos de Israel y nuestra comunidad no acude con frecuencia a la sinagoga. La religión no determina nuestras vidas, más bien el idioma o las costumbres. Tampoco nuestra relación con Alemania es la misma. Nosotros no tuvimos que huir del país. Fue Rusia quien acabó con los nazis”, explica la ucraniana Ella Nilova, del centro Janus Korczak.

Berlín cuenta con ocho sinagogas. Aunque algunas son liberales y otras ortodoxas, todas están bajo protección policial, como todos los centros judíos de la capital, incluidos los colegios. Paradojas de la vida, la comunidad judía en Alemania es menos judía que nunca. La secularización está vaciando las sinagogas y el dolor causado por este país a todo un pueblo se transforma para las nuevas generaciones en oportunidades.

“Cuando dije que me iba a Alemania, mis abuelos no lo entendían”, declara Doron Eisenberg, un joven productor de música y dueño del café con el mejor hummus de la capital. “El panorama musical en Berlín es muy potente, hay que estar aquí y lo cierto es que me siento muy cómodo. Sé que hay barrios con mucha concentración musulmana a los que no se puede ir con la kipá, pero también hay parques por los que no conviene transitar por las noches”.

El rapero Ben Salomo ha puesto fin a sus actuaciones tras ser agredido varias veces. “Si tu nombre es judío, tarde o temprano tienes problemas”, sostiene. Salomo, que vive en Alemania desde los cuatro años, está pensando en emigrar a Israel. “Aquí no me siento seguro”.

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