Caifás: conservar los privilegios a toda costa

Dice la Biblia en Lucas 3: 2

“y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías en el desierto.”

Desde que Cristo comenzó su predicación y Caifás la oyó tomó la determinación de destruir a Jesús. Las opinión que Jesús tenía respecto a las enseñanzas sobre la ley mosaica y en temas como la resurrección, el dinero, la oración, el ayuno y las ofrendas, pero sobre todo con el templo eran insoportable para Caifás.

Caifás era el sumo sacerdote cuando Jesús fue crucificado. Lucas nos dice que alternaba con su suegro esta posición, según leemos en Lucas 3: 2 que dice: “y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías en el desierto.” Y lo alternaban porque eran suegro y yerno, respectivamente.

Ambos pertenecían a la más importante clase social de los hebreos en tiempo de Jesús. Estaban en la punta de los estratos sociales y debajo de ellos estaban sacerdotes, levitas, ancianos, hebreos justos o practicantes, hebreos injustos o no practicantes, prosélito, saduceos, escribas, fariseos, sanedritas, publicanos, celotes, herodianos, pescadores, soldados, deportistas, labradores, pastores, prostitutas, esclavos y el pueblo o el vulgo.

La relación filial de ellos nos la precisa Juan 18: 13 que dice de la siguiente manera: “y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás , que era sumo sacerdote aquel año.” Caifás estaba casado con la hija de Anás y para ellos era normal delegarse las funciones del sacerdocio del templo de Jerusalén.

A los dos los conectaba no solamente la hija de Anás, sino particularmente su desprecio a Jesús. Ellos era quienes controlaban todo lo que sucedía alrededor y en el interior del Templo de Jerusalén. Eran los administradores directos de todo lo que allí sucedía. Es de imaginarnos lo que pensaron cuando Jesús en plena pascua purificó el templo. Jn. 2: 13-16.

Luego cuando Jesús dijo que podía destruir el templo y reedificarlo en tres días, su molestia creció por eso desde ese momento se convirtieron en acérrimos enemigos de Jesús. Dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de destruirlo. Caifás fue quien más veces habló de Jesús.

El sumo sacerdote era un saduceo. Los saduceos no creían en la resurrección. Por eso cuando Jesús resucita a Lázaro profetiza sin darse cuenta que Jesús habrá de morir por el pueblo de Israel. Y lo hace sin percatarse ni darse cuenta. Lo hace su temor porque Jesús ponía en grave peligro, ya no su labor al frente del templo, sino la fuente de sus ingresos.

La historia de Caifás es una historia de alguien que se aferra a sus privilegios. Que no puede dejar por nada del mundo lo que tanto le fascina o lo que tanto le atrae. Caifás nos enseña lo difícil que resulta dejar a un lado lo material, las relaciones sociales con estratos sociales altos y las canonjías que traía consigo ser el sumo sacerdote de Israel.

Según las crónicas del historiador judío Flavio Josefo, el nombre de Caifás fue Yosef ben Caifás. Algunos descubrimientos arqueológicos del siglo pasado han confirmado este dato.

Caifás: conservar los privilegios a toda costa

  1. Sin importar con quien nos asociamos
  2. Sin importar si dañamos al prójimo
  3. Sin importar si cometemos injusticias

Síntesis

El evangelio de Cristo pone en crisis a todos aquellos que les resulta difícil hacer a un lado la ostentación, renunciar a sus concesiones, a anteponer el bien común por encima de sus prerrogativas y beneficios y a todos aquellos que han hecho de su existencia una vida ventajosa sin importar que para ello hayan afectado a su semejante.

Las palabras de Cristo calaron muy hondo en la vida de Caifás, no para bien, sino para mal. A Caifás se le hizo insoportable la prédica de Cristo porque sacudía como el viento a la caña, todo lo que habían construido para tener el control absoluto sobre el templo de Jerusalén y sobre la conciencia de los judíos.

Desde el primer momento el sumo sacerdote vio en grave peligro su posición espiritual y social con lo que decía Cristo. Las enseñanzas de Cristo pegan directamente a su persona y… a su bolsillo. Decir, por ejemplo, que era un patraña decir a los padres corban (ofrenda para el templo) para no ayudarlos era insoportable.

  1. Sin importar con quien nos asociamos

Dice Lucas 3: 1-2 así: “En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”.

Lucas no señala ociosamente al emperador romano y a los gobernantes de la provincia de Judea junto con los dos sumos sacerdotes que ejercieron durante la vida de Jesucristo en Jerusalén. Lo hace porque esos cargos pasaban necesariamente por el visto bueno de los gobernantes.

Anás fue sumo sacerdote del año 4 D. C. hasta el 15 y Caifás lo fue desde el año 16 hasta el 36. A los dos los unía no solamente su linaje aarónico, también los unía un vinculo familiar pues según nos enteramos por el evangelio de Juan, Anás era suegro de Caifás. Ambos tenían una relación estrecha con el gobierno romano.

Su posición social los llevó a asociarse con los romanos o más bien con el imperio para mantenerse en el puesto. De hecho todos los historiadores señalan que sus cargos fueron pasados por la aprobación de Roma ya que sin el palomeo del imperio era sumamente complicado acceder a esa clase de cargos.

Caifás no tenía empacho en asociarse con quien sea con tal de mantener sus privilegios. De hecho aún cuando su suegro ya no era sumo sacerdote la noche que entregaron a Jesús antes de que él lo interrogara fue llevado primero a la casa de Anás y luego lo llevaron consigo. Toda una irregularidad en el proceso contra Jesús, pero entendible en Caifás.

Cuando se desea conservar las ventajas o las canonjías que se tiene no importa con quien se alía la gente o con quien se asocia. Lo importante es conservar los beneficios, lo demás no interesa o no importa.

 

2. Sin importar si dañamos al prójimo

Cuando Jesús resucitó a la Lázaro, Caifás terminó por odiarlo aún más. La razón: él era un saduceo. Los saduceos no creen en la resurrección. Jesús podía decir que él era la resurrección y la vida. Eso no tenía problema. Cualquiera lo podía decir, pero comprobarlo fehacientemente a través de volver a la vida a un muerto eso era demasiado.

Juan nos relata los acontecimientos cuando los que vieron el milagro de la resurrección de Lázaro llegaron con Caifás para informarle que a raíz de ese suceso mucha gente se estaba yendo con el Señor. El peligro era inminente para todo lo relacionado con el templo de Jerusalén.

Juan 11: 49-53 dice los siguiente:

49 Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada; 50 ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca.

51 Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; 52 y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. 53 Así que, desde aquel día acordaron matarle.

Cuando se quiere conservar los privilegios a toda costa, no importa si dañamos a nuestro prójimo. Caifás estaba tan cegado que no pudo comprender los alcances de sus palabras: Cristo habría de morir, sí por todo el pueblo de Israel, pero también por los gentiles para salvarlos del pecado.

Él había determinado que Jesús tenía que morir. Cuando la ambición es grande o cuando los privilegios son muy enormes, entonces el daño al prójimo resulta inversamente proporcional. Caifás tenía un enorme problema: pensaba que se acabaría su posición social y por eso ordenó la muerte de Jesús.

Cuando se ven en peligro los privilegios las personas se vuelven egoístas. Más de lo que de por sí ya son y para nada piensa en el tamaño del daño que van a cometer con tal de no perder todo lo que tienen.

3. Sin importar si comentemos injusticias

El juicio que encabezó Caifás en el patio de su palacio fue de una injusticia colosal. Condenó a un inocente. Se valió de testigos falsos. No atendió a los argumentos del acusado, ni se le permitió defenderse. Se hizo en lo más privado de los lugares y en horas inapropiadas.

Mateo 26: nos relata lo ocurrido esa triste madrugada:

57 Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos. 58 Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin. 59 Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte,

60 y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos, 61 que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.62 Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?

63 Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios. 64 Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.

65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: !!Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. 66 ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: !!Es reo de muerte!67 Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban,68 diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó.

Este relato nos presenta muy bien a Caifás. Era un sumo sacerdote histriónico. Estaba desesperado. Acusó de blasfemia a Jesús, un delito que se pagaba con muerte y del que era difícil que Jesús se podía librar y no tuvo el valor de lanzar la condena el solo sino que requirió la aprobación de los sacerdotes, escribas para compartir la responsabilidad.

Caifás no entendió ni la muerte, ni la resurrección de Cristo. Menos comprendió porque se rasgo el velo del templo en dos. Siguió con la misma actitud porque lo encontramos en el libro de Hechos 4: 6 combatiendo a los discípulos que predicaban la resurrección de Cristo.

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