Las siete palabras

Desde los primeros siglos del cristianismo, las siete palabra de Cristo en la cruz se han meditado y reflexionado porque en ellas encontramos las expresiones agónicas de Jesús que nos ayudan a comprender completamente que aún en el dolor y el sufrimiento el Maestro no cambio un ápice en su naturaleza.

La cruz romana era una tortura. Fue su invento para maximizar el dolor mortal. Fue diseñada para consumir lenta y tormentosamente la vida de quienes eran condenados a dejar este mundo bajo ese madero que se convirtió en sinónimo de vergüenza y oprobio porque la cruz romana era también un escarmiento.

Las siete palabras uno las tiene que meditar pensando que fueron dichas o expresadas en el más profundo dolor que un ser humano puede experimentar. Sólo así podremos descubrir que Jesús experimentó sufrimiento y dolor sin igual, cual nadie más ha resistido sin tener ninguna culpa. Jesús sufrió injustamente.

Escucharlas hace que nos acerquemos a Jesús con profunda reverencia y respeto porque su muerte por nosotros fue violenta. Su lento suplicio fue para bendecirnos con la salvación. Su sacrificio fue para redimirnos de la muerte y el infierno. Fue la ofrenda que el Padre acepto en expiación por nuestras iniquidades.

Según los historiadores Cristo fue colocado en la cruz aproximadamente a las 9:00 horas de la mañana y expiró a las 15: 00 horas, es decir por seis horas padeció una intensa agonía y en ese lapso expresó las siete palabras que hoy nos sirve para reflexionar a fin de mantener presente que nuestra salvación tuvo un costo muy alto: la sangre de Jesucristo.

1. Lucas 23: 34 dice:

“Y Jesús decía: Padre perdónalos porque no saben lo que hacen…”

En su ministerio terrenal Jesús habló muchas veces sobre el perdón. Le pidió a sus discípulos aprender a perdonar. En el Padre nuestro dejó establecido muy claramente esta verdad. Allí dijo: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.”

Cuando Pedro le preguntó cuántas veces se tenía que perdonar, Cristo le dijo que se debía perdonar “70 veces siete” una frase que significa: siempre. El perdón debe ejercitarse constantemente.

Y la primera palabra de Cristo nos acerca a la clase de perdón que Cristo espera de sus seguidores: No importa el tamaño de la afrenta. El perdón se debe colocar siempre en el corazón de sus seguidores. Sin considerar la clase de afrenta que se hizo contra nosotros porque sana nuestra alma.

Cristo perdonó la ignorancia de quienes lo condenaron. Ellos no sabían que en realidad estaban crucificando a su Mesías. Cristo nos enseña a perdonar no solo lo que la gente hace a sabiendas del daño que nos causa, sino también aquello que hace sin saber que nos está afectando.

2. Dice Lucas 23: 43

“…De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

En el Nuevo Testamento la palabra paraíso solo se usa tres veces: la usa Lucas aquí en su evangelio. Lo hace Pablo en 2ª Corintios 12: 4 y Juan en su libro de Apocalipsis 2: 7. En los tres casos se refiere a un lugar donde mora Dios. El paraíso es, entonces, un sitio donde la presencia de Dios habita.

La segunda palabra de Cristo nos conduce justamente al lugar que le espera a quienes le reconocen como Señor y Salvador, pero también nos hace ver claramente que todo sufrimiento por causa del Señor tiene su recompensa. Nada de lo que padezcamos en esta tierra dejará de tener su recompensa.

La promesa del paraíso fue hecha solo a uno de los malhechores con los que fue crucificado porque él otro lejos de aceptar su culpa y responsabilidad y reconocer a Cristo como un ser inocente que estaba en la cruz injustamente, lo injurió y llenó de incredulidad le pidió una prueba de su deidad.

El paraíso está reservado exactamente para todos aquellos que reconocen en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

3. Dice Juan 19: 26

“Jesús… dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo….al discípulo: He ahí tu madre…”.

Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. En la cruz dirigió una de sus palabras a su madre y a su discípulo amado. Aun cuando el Señor tenía hermanos, la experiencia que su madre vivió al verlo morir de esa manera la habría de dejar marcada para siempre y requeriría ayuda y consuelo.

La tercera palabra fue una palabra de protección. Protección recíproca. Una protección maternal y una protección filial de un hijo. María y Juan, quienes estaban frente a la cruz del calvario quedaron unidos ya no solo en el dolor y el sufrimiento, sino el cuidado de sus vidas.

Jesús nos enseña que podemos amar a quien no es nuestra madre, pero también que podemos amar a quien no es nuestro hijo. La clase de amor que Jesús predicó fue exactamente esta: amar a los demás con todo las fuerzas del corazón, sin importar si nos une un vínculo familiar o no.

4. Dice Mateo 27: 46

“Jesús clamó…Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

La cronología de las seis horas de Cristo en la cruz señalan que esta palabra pudo ocurrir cerca de la una de la tarde. Jesús ya llevaba cuatro horas clavado en el madero. Y su agonía se intensificaba. Mateo nos dice que estas palabras la dijo en arameo, un idioma que se usaba en esos tiempos.

El dolor alcanzaba su máximo nivel. Y Cristo experimentó por primera vez el desamparo del Padre. Los que habían cohabitado siempre se separaban momentáneamente. Y eso llevó a Cristo a expresar estas palabras. La sensación de soledad que trae el sufrimiento siempre nos lleva a preguntarnos por Dios.

La cuarta palabra nos acerca al Jesús humano. Al hombre que padece en carne propia la sensación de abandono. La sensación de soledad. Porque evidentemente no estaba solo, pero su naturaleza humana resentía los atroces tormento que viene junto con la muerte. El dolor es así. Nos hace sentirnos inmensamente solos.

5. Dice Juan 19: 28

“Tengo sed”

La humanidad de Jesús queda fuera de toda duda con esta expresión. Jesús tuvo hambre. Jesús lloró. Jesús se cansó. Jesús se alegró. En una palabra Jesús fue un hombre hasta el último momento.

La quinta palabra nos acerca a un Jesús que comprende cabalmente nuestra naturaleza. Nos acercamos a un ser que sabe perfectamente nuestras debilidades y nuestras fortalezas. Comprende que podemos hacer y que no podemos lograr. Con esta palabra podemos confiar absolutamente que siempre tendremos a un Jesús que sabe lo que nos pasa.

Las largas horas en la cruz habían hecho mella ya en la humanidad de Cristo y por ello pidió a quienes estaban allí que le acercaran agua. Resulta paradójico para la humanidad que el precio para beber del agua viva hayamos tenido que llevar a la cruz a su fuente o a su autor. Tuvo sed el Señor porque era el precio a pagar para tener nosotros “ríos de agua viva”.

6. Dice Juan 19: 30

“Consumado es”

La muerte de Cristo fue el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Su muerte vicaria fue la realización perfecta de los imperfectos sacrificios que se hacían en el templo. Su sacrificio fue el cumplimiento de la demanda que Dios hizo para que los pecados de los hombres fueran perdonados.

Cristo consumó el perfecto y doloroso plan de Dios. Y lo hizo a pesar de todo el dolor que implicaba esa exigencia. En la cruz él sabía perfectamente que esas horas formaban parte del proyecto de Dios para su vida, un proyecto que llevo a buen puerto.

7. Dice Lucas 23: 46

“Jesús dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

La última palabra de Cristo en la cruz fue una palabra de confianza y seguridad en el Padre. Jesús sabía que llegaba el fin y en ese último momento se abandono completamente en el Padre. Como un hijo que necesita la protección de papá, Jesús se dirigió al Señor como su Padre.

La seguridad y la certeza de que Dios está siempre con nosotros nos ayuda a enfrentar las más duras pruebas. La convicción de que estamos en las manos del Señor nos va a auxiliar siempre a la hora de las dificultades nos hacen encontrar la paz, a pesar de los difícil de las circunstancias que estamos viviendo.

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