Tu fe te ha salvado, Bartimeo: Una fe inquebrantable

Con esta frase Jesús despidió a por lo menos cinco personas que recibieron un milagro. Fue un reconocimiento explicito del Señor a quienes desafiaron su condición, se armaron de valor para buscarlo, hicieron a un lado la vergüenza y el oprobio que podrían pasar, les importó poco que Jesús no los oyera y depositaron toda su confianza en él.

Como resultado de estas acciones ellos recibieron lo que le pidieron y Jesús les dirigió estas elogiosas palabras. Reconoció que habían obrado con fe. En medio de tanta incredulidad de sus compatriotas estas cinco personas fueron reconocidas porque derrotaron la falta de confianza.

A partir de hoy comenzaremos la serie llamada “Tu fe te ha salvado” para repasar esos cinco milagros que hicieron que Jesús elogiara la fe de hombres y mujeres que fueron capaces de derrotar su propia realidad y abrazar con tal fuerza a Jesús que recibieron el milagro que anhelaban.

Comenzamos con Bartimeo, un ciego que se dedica a mendigar en el camino de Jericó y que oyó que Jesús pasaba por ese lugar y clamó a él.

Dice la Biblia en Marcos 10: 46-52

46 Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando.  47 Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: !!Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! 

48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: !!Hijo de David, ten misericordia de mí!  49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama.  50 El entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. 

51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. 52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.

Introducción

La condición de los enfermos en Israel era deplorable. En aquellos días los males físicos era interpretados como una maldición. Desde la esterilidad hasta la lepra eran considerados padecimientos malditos, resultado de algún pecado de quien lo tenía o de sus padres. Los ciegos y leprosos eran seres marginales, personas sin valor o sin importancia.
Bartimeo era un ciego. No sabemos si había nacido así o alguna enfermedad o golpe lo habían privado de la vista. Es interesante notar que los evangelistas Marcos y Lucas lo llaman hijo de Bartimeo y no por su nombre. Es muy probable que su papá fuera una persona muy conocida y por eso le decían así.

Por su condición se dedicaba a mendigar. Y para tal efecto era colocado en el camino a Jericó. Una ciudad localizada a cuatro kilómetros y medio del Jordán y a unos 14 kilómetros al noreste de Jerusalén. Se sentaba allí porque era un paso obligado para quienes salían o entraban en Jerusalén. Allí podía obtener un poco más de dinero de la gente.

La situación de Bartimeo era precaria. Su existencia transcurría entre mendigar en ese lugar y esperar la compasión de los demás para subsistir. A veces la generosidad de la gente era abundantemente, pero en ocasiones sencillamente no lograba obtener el dinero que esperaba para subsistir.

Es muy probable que Bartimeo haya oído de Jesús. De sus milagros y su poder. En medio de su soledad en el corazón de ese hombre nació la primera llama de la fe. Se había incrustado en su ser un pedazo de fe como un grano de mostaza y esa pequeña fe la utilizó para acercarse a Jesús cuando supo que pasaba por donde él estaba sentado.

Pero no fue sencillo su encuentro con Jesús. Tuvo que poner de su parte. Tuvo que hacer un esfuerzo que finalmente fue premiado y reconocido.

Bartimeo: una fe inquebrantable

I. Que se sobrepone a la realidad
II. Que se sobrepone a la gente
III. Que se sobrepone a las limitaciones

Fue muy rápida, pero la fe de Bartimeo fue probada. Él solo oyó que Jesús pasaba. No podía ver. Era un ciego y su vida tenía poco valor. Después de todo que importancia tiene un pobre ciego. Por eso cuando empezó a gritar Jesús hijo de David la gente que acompañaba al maestro lo calló.

Lo hicieron porque en la escala social de esos día en Israel, este hombre estaba hasta abajo. Era casi, casi, un paria que no tenía la menor relevancia, pero ni se achicó, ni se desalentó por este trato. Estaba tan acostumbrado que rápidamente se sobrepuso y siguió gritando más fuerte.

¿Qué clase de fue fue la de Bartimeo? ¿Qué fue lo que hizo Bartimeo para que Jesús le reconociera su fe? ¿Cuál fue su lucha para alcanzar la bendición que pedía a Dios? ¿Qué nos enseña su actitud a nosotros que vivimos en estos tiempos? Una fe inquebrantable.

I. Que se sobrepone a la realidad

Bartimeo vivía una realidad que parecía inexorable o sin la menor posibilidad de que cambiara. Todas los días despertaba sin ver. Todos los días lo colocaban en algún lugar para mendigar. Todos los días era objeto de gente que se compadecía de él, pero también era objeto de personas que lo maltrataban o se burlaban de él.

Esa era la realidad de su vida. Pero él nunca la aceptó. En su corazón albergó siempre la esperanza de que eso podía cambiar. La fe de Bartimeo es una fe que resiste la realidad, que se opone a ella y que jamás la considera como un hecho irreversible, sino que busca de algún modo terminar con ella.

La circunstancias adversas provocan un profundo desánimo en todos. Llega a ser tan grande la adversidad que de pronto nos acostumbramos a vivir con ella. De repente convivimos con ella sin rechazarla o sin buscar cambiarla. La realidad o nuestro acontecer diario en ocasiones nos hace creer que nada puede cambiar.

Pero una fe inquebrantable se opone a esa realidad y se planta frente a ella para enfrentarla no con la emoción, ni las fuerzas propias, sino con la fe en Jesús. Con la clase de fe que Jesús pidió: si tuvieres fe como un grano de mostaza, le dirías este monte quita de aquí y se quitaría, enseñó Jesús.

II. Que se sobrepone a la gente

Lo que las personas dicen marcan nuestra vida, si dejamos que así sea. Cuando Bartimeo oyó que Jesús de Nazaret pasaba por donde estaba sentado de inmediato dio voces, dice Marcos. Eso quiere decir que empezó a gritar. Es interesante que no grito Jesús de Nazaret, sino Hijo de David.

En ambas expresiones hay distancia abismal. La primera era una frase que recordaba su origen humano. Aunque Cristo había nacido en Belén, se avecindó junto con sus padres en Nazaret. Pero la segunda era un reconocimiento explícito de su naturaleza divina. Desde allí Bartimeo se sobrepuso a la gente.

Muchos seguían a Jesús sin saber propiamente quien era. De hecho había una gran confusión con respecto a él. Pero Bartimeo tenía muy claro a quien se dirigía y así lo hizo, pero a las personas que lo rodeaban les parecía una impertinencia sus gritos y lo mandaron a callar.

Allí enfrentó Bartimeo su primer desafío callarse o seguir gritando. La gente o la multitud le decía que guardara silencio. Que podía importar lo que sintiera o lo que quería. Era un ciego pobre que así moriría. Las palabras de la gente nos marcan, si queremos. Bartimeo no quiso y siguió gritando más fuerte.

Su grito fue todavía más enérgico: Hijo de David, ten misericordia de mí. Y justamente por esa razón Jesús lo mandó llamar. Pero eso fue apenas la primera parte. Aún estaba ciego. El llamado de Cristo hacia su persona no lo sanó de inmediato, pero logró llamar la atención del Maestro.

III. Que se sobrepone a sus limitaciones

Bartimeo como pudo, ayudado tal vez por alguien, fue con Jesús. Dice Marcos que tiró su capa y avanzó rápidamente hacia Jesús. Es interesante notar que Jesús no fue a él, sino que Bartimeo avanzó hacia Jesús. Con todas las limitaciones de un ciego hizo un esfuerzo por encontrarse con Jesús.

La fe inquebrantable es así. Tenemos que dar pasos. Aunque aun no veamos lo que pedimos, tenemos que caminar como camino Bartimeo. Luego tenemos que despojarnos de lo más valioso que nosotros tenemos para encontrarnos libres de toda atadura ante el Señor.

El dialogo entre Cristo y Bartimeo es peculiar. ¿Qué quieres que te haga?, le pregunta. Una obviedad. Sabía que quería ver, pero lo llevó al límite de su paciencia. La respuesta fue simple: que vea.

La fe inquebrantable no le importa hacer cosas que son obvias. No le interesa que lo que hace o dice sea tan evidente ante Dios. No se avergüenza de pedir lo que es obvio o lo que todos saben que necesita.

Las limitaciones que tenemos en la vida nunca deben desanimarnos sino a recordarnos que es una forma en la que Dios nos hace depender de él, siempre.

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