La necesidad de iluminación divina

Las verdades espirituales y las naturales difieren en su constitución y en la manera que tenemos nosotros de aprehenderlas. Las verdades naturales se aprenden independientemente de nuestra condición moral o espiritual. Las verdades de la ciencia natural por ejemplo, pueden ser comprendidas y entendidas por cualquier persona de inteligencia normal, sea éste un correcto caballero o un cachafaz.

No hay relación, por ejemplo, entre castidad y lógica, o entre bondad y oceanografía. Por lo mismo, todo lo que se requiere para captar proposiciones filosóficas es cierto grado de vigor mental. Un hombre puede estudiar filosofía durante toda su vida, puede enseñar filosofía, escribir libros acerca de ella, y con todo, ser un orgulloso, un codicioso y un deshonesto en muchos aspectos de su vida privada.

La misma cosa puede decirse de la teología. Un hombre no necesita ser bueno para aprender teología. Me imagino que no hay verdad enseñada en todos los seminarios teológicos de la tierra que no pueda ser aprendida tanto por un sinvergüenza o estafador que por un consagrado cristiano.

Aunque no hay duda que la mayoría de los estudiantes teológicos viven vidas superiores al medio ambiente, debe ser tenido en cuenta también que ellos pueden aprender sus lecciones sin tener que llevar una vida a una altura mayor del mínimo de lo que la institución demanda para permanecer en ella.

No necesito forzar la imaginación para ver a Judas obteniendo un Bachillerato en Teología, si ese grado académico hubiera existido en aquellos días. Simplemente, es que no hay una relación necesaria entre lo que un estudiante aprende en una institución teológica y el estado de su propio corazón.

Todo lo que se enseña en las materias de hamartiología, soteriología, escatología, pneumatología y cualquier otra, puede ser entendida tanto por un pecador como por un santo. Y ciertamente, no se necesita ningún grado de santidad para aprender griego o hebreo.

Seguro que Dios tiene cosas que decir al que es de corazón puro, que no puede decir al hombre de vida pecaminosa. Porque lo que El tiene que decir no es teológico, sino espiritual; y aquí es donde descansa todo el peso de mi razonamiento.

Las verdades espirituales no pueden ser recibidas según el orden natural en que se reciben las otras. “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (2 Corintios 2:14).

Nuestro Señor se refirió muchas veces a esta clase de conocimiento espiritual. Para él era el fruto de una iluminación espiritual, no contraria pero sí más allá del conocimiento meramente intelectual. El cuarto evangelio está lleno de esta idea; y es tan importante esta idea para la comprensión del evangelio de Juan, que nadie que no la acepte puede captar las enseñanzas de Jesús dadas por el apóstol Juan.

Y la misma idea se halla en la Primera Epístola de Juan, haciendo de esa epístola una extremadamente difícil de entender, pero también haciendo de ella una de las más hermosas cuando se capta su significado, ,y sus verdades se disciernen espiritualmente.

La necesidad de iluminación espiritual con el fin de captar las verdades espirituales se halla presente en todo el Nuevo Testamento, y está de acuerdo con el tenor general de los Salmos, los Proverbios y los Profetas.

Los libros de la Apócrifa están de acuerdo con las Escrituras en este punto, y aunque no deben ser tomados como verdad divinamente revelada, muestran al menos cómo los sabios de Israel entendían esta verdad divina y como recibirla en el corazón humano.

El Nuevo Testamento traza una línea bien precisa entre la mente natural y la mente que ha sido tocada por el fuego divino. Cuando Pedro hizo aquella buena confesión: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, nuestro Señor replicó, “Bienaventurado eres. Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Y Pablo expresa claramente la misma cosa cuando dice, “Ningún hombre puede llamar a Jesús Señor, si no es por el Espíritu Santo”  La suma de lo que estamos diciendo es que hay una iluminación, concedida divinamente, sin la cual la verdad teológica es información y nada más.

Aunque esta iluminación nunca es dada aparte de la teología, es posible tener teología sin tener iluminación. Esto da por resultado lo que ha sido dado en llamar “teología muerta”. Y aunque hay algunos que niegan que se pueda ser ortodoxo y muerto al mismo tiempo, yo temo que la experiencia lo prueba así.

Los avivamientos, como se han experimentado en las iglesias en el pasado, no eran más que nuevos captamientos de la verdad espiritual por parte de personas que eran muy ortodoxas. El predicador de avivamiento, cuando ejercía bien su oficio, no trataba de enseñar doctrina.

El objeto era despertar a las iglesias que a la vez que ortodoxas en credo estaban vacías de vida espiritual. Cuando iba más allá de esto se convertía en algo más que un predicador de avivamientos. El avivamiento puede venir solo a aquellos que ya conocen la verdad.

Cuando el significado interior de las doctrinas familiares relampaguean súbitamente sobre el corazón de un cristiano, ha empezado el avivamiento para él. Puede ir mucho más allá de esto, pero nunca puede ser menos.

Tomado del libro “Ese increíble cristiano” del pastor aliancista A. W. Tozer.

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