Cuatro verdades que necesito experimentar para ser agradecido

Un llamado a la gratitud jubilosa

Cuatro verdades que necesito experimentar para ser agradecido

Dice la Biblia en Salmos 100: 3 

Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos y ovejas de su prado.

  1. Que el Señor es Dios
  2. Que el Señor me creó
  3. Que el Señor me hizo parte de su pueblo
  4. Que el Señor me hizo oveja de su prado

Introducción 

Hemos dicho a lo largo de nuestro estudio que la gratitud no necesariamente se trae a la hora de nacer. En realidad es una carencia nata, es decir nacemos sin saber como agradecer y son nuestros padres quienes nos enseñan esta gran virtud. De no hacerlo crecemos sin la capacidad de retribuir a quienes nos ayudaron y nos creemos merecedores de todo.

El salmista profundiza sobre esta importante verdad y en el verso cuatro nos adentra a la necesidad que tenemos de aprender por lo menos cuatro verdades que nos ayudarán a expresar nuestra gratitud al Creador. Es una lista muy pequeña, no exhaustiva, pero si con los mínimos requerimientos para avanzar en esta ardua y compleja tarea.

Es un mandamiento que nos recuerda que no nacemos con esta capacidad. Es una orden que nos hace traer a nuestra memoria la falta de gratitud que tenemos, pero, bendito sea Dios, nos ofrece el remedio para salir de esa situación que nos hace ver siempre como seres sin capacidad de agradecer.

Cuatro verdades que necesito conocer para ser agradecido

Es interesante notar que el mandamiento es reconoced. En la versión hebrea la expresión “sabed” que de acuerdo a la etimología hebrea parece ser el verbo más exacto para definir lo que nos pide Dios. La palabra que la versión Reinal Valera 1960 traduce como “reconoced” procede de la raíz hebrea “yadad”.

Esa palabra, que ya la hemos estudiado en otros salmos nos lleva a pensar en un conocimiento que se obtiene a través de una experiencia. No es un conocimiento teórico, sino más bien un conocimiento experimental que nos lleva a esta completamente seguros de lo que creemos o hablamos.

Reconoced o sabed implica, entonces, una certeza inamovible, una convicción irrenunciable y una seguridad a prueba de cualquier clase de pensamiento o acción que nos quiera mover de los que pensamos o creemos. Encuentro cuatro verdades que debemos conocer o reconocer en el verso tres de este salmo.

1. Que el Señor es Dios

En el español parece una expresión más de las muchas que hay en la Escritura para referirse a Dios, pero esta frase nos presenta una verdad que debemos atesorar en nuestro corazón porque de ella dependen en gran medida el tamaño o grado de la gratitud que alcemos en esta vida. 

En la Biblia Hebrea la expresión se lee así: El Eterno es Dios. En el original se escribe y pronuncia así: “Adonay hu Eloím”. Para comprender esta frase debemos recordar que el nombre “El Eterno” fue el nombre con el que Dios se presentó a los sufridos judíos en Egipto. 

Cuando Moisés fue llamado a liberarlos, le preguntó a Dios como debía responder si los hebreos le preguntaban quién los había enviado. El Señor le respondió que habría de contestar que lo había encomendado Dios. Los hebreos asociaban desde entonces ese nombre con la liberación de la esclavitud de Egipto. 

La primera verdad que debe estar tatuada en nuestra alma para ser agradecido con Dios es justamente aquella que nos afirma y reafirma de que Dios es un Dios liberador. Que no es un teoría tonta y absurda, sino una realidad palpable y comprobable en nuestra existencia diaria. 

Debo estar plenamente seguro de que Dios es un Dios presente, actual y actuante. No un un Dios lejano y distante al que es difícil conmover. 

2. Que el Señor me creó

La segunda verdad que debo tener presente siempre es que Dios fue quien me dio la vida. La existencia no es un accidente o un asunto fortuito, sino un plan perfectamente diseñado por Dios. No existo por mi voluntad o por mi deseo, sino porque Dios tuvo la enorme compasión para darme el don de la vida. 

La vida no es posible generarla sin la intervención divina. No es un hecho o acto que nazca exclusivamente de la voluntad humana. El hombre responde siempre a un proyecto que nace de Dios porque en última instancia el diseño del ser humano es un diseño nacido de la mente y el corazón de Dios. 

Cuando entendemos cabalmente esta verdad estamos entonces en condiciones de volvernos agradecidos con Dios.

3. Que el Señor me hizo parte de su pueblo

Dios además de crearnos nos dio identidad al formar un pueblo. Los judíos evidentemente entendían que Dios lo había elegido de entre todas las naciones para convertirse en su pueblo. Había muchas naciones ya cuando Dios selección a Abraham para convertirse en el padre de la nación judía.

En el caso de nosotros los gentiles aplica el mismo principio: Dios nos escogió para estar en la iglesia. Su elección fue de tal magnitud que pasamos a formar parte de su pueblo. Pedro lo explica diciendo: “Nosotros que antes no éramos pueblo, ahora somos pueblo”. Fuimos escogidos justamente para formar parte de su nación, una nación de sacerdotes. 

La gratitud de nuestro corazón surge exactamente porque no somos seres desperdigados, sino miembros de un pueblo que vive en el corazón de Dios y que conduce al lugar de su morada. 

4. Que el Señor me hizo oveja de su prado

La ultima verdad que debe retumbar en nuestra existencia es que somos ovejas que vivimos en el prado de Dios. Dios nos conduce como dice David en lugares de delicados pastos y junto a aguas de reposo. No nos deja ni nos abandona, sino siempre cuida de nosotros porque somos seres indefensos y necesitados. 

La figura del pastor y la oveja es una de las parábolas más recurrentes en el Antiguo y Nuevo Testamento para recordarnos la clase de relación que tenemos con nuestro Dios. Es una relación de cuidado, de protección y de provisión. Nosotros somos ovejas y necesitamos siempre de su presencia en nuestra vida.

Un corazón agradecido es aquel que ha experimentado ese cuidado que Dios tiene para con sus hijos. Un corazón que aún no tenido esa experiencia le resultará difícil levantar una acción de gracias hacia su Creador. 

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