La palabra de Dios da vida

Dice la Biblia en Salmos 119: 156

“Muchas son tus misericordias, oh Jehová; vivifícame conforme a tus juicios.”

Vivir no es solo un acto de respirar. Si así fuera los seres humanos en nada nos diferenciaríamos de los animales. Vivir es más que solo inhalar y exhalar aire con nuestro pulmones. Existir es disfrutar de lo que somos y lo que nos rodea. Es gozar lo que Dios ha creado y pasar bien los días de nuestra vanidad, como Eclesiastés llama a la existencia.

La suplica del salmista que hoy meditamos tiene justamente como referente esa idea. Le esta pidiendo a Dios que le de vida o que lo vivifique. El término puede entenderse en el sentido de que lo salve de la muerte o que haga su existencia un poco más satisfactoria de lo que se encuentra en esos momentos.

El salmista primero reconoce que la bondad de Dios es infinita y luego le ruega a Dios que convierta su vida en un tiempo de bendición y de bienestar para disfrutar su paso por la tierra, pero pone un límite o un marco. Que todo sea dentro de la voluntad de Dios expresada en sus juicios o mandamientos.

Disfrutar la vida fuera de la palabra de Dios siempre traerá consecuencias desagradables porque solo en el Señor los seres humanos pueden vivir la vida que Dios diseñó para cada uno de ellos. Fuera de su voluntad lo único que le espera a los hijos de Dios es calamidad y desgracia.

La voluntad de Dios, aunque a veces es incomprensible, siempre será el mejor aliciente para pasarla bien en este mundo. La palabra de Dios regula completamente a quien así lo quiera para conducirlo hacia el verdadero sentido de la vida. La Escritura lo único que hace es darnos vida.

La palabra del Señor es el soplo de vida y quien a ella se acerca es vivificado. En otras palabras la revelación del Señor es la única capaz de hacer vivir la personas. Es el aliento de Dios para todos sus hijos.

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