La justicia de Dios nos convoca a alabarlo todo el día

Dice la Biblia en Salmos 35: 28

“Y mi lengua hablará de tu justicia y de tu alabanza todo el día.”

Dios es justo: da a cada uno lo que le corresponde. Dios siempre actúa bajo el principio de medida por medida o lo que se siembra se cosecha. Jamás nadie podrá burlar ese principio por más astuto o sabio que se piense tarde o temprano cada uno de sus hechos serán puestos en balanza y recibirá lo que merecen sus obras.

La justicia de Dios aplica tanto para los impíos que no conocen su palabra, pero también para sus hijos que conocen su revelación. Justamente por eso es justo porque premia o castiga a cada ser humano, independientemente de que crea o no crea en la existencia de Dios.

Y eso es lo que provoca en el rey David comprometerse a recitar con sus labios la justicia y la alabanza a Dios todo el día. El compromiso que hace David se entiende cuando asimilamos la forma en que el Creador actúa soberanamente para juzgar de manera recta la actuación de las personas.

La justicia de Dios es una razón más para alabarlo y exaltarlo todo el día porque con ella nos ofrece una perspectiva muy clara de lo que el Señor hace. Su justicia es la manifestación clara y concisa de que gobierna el mundo y que nada le es desconocido. Sabe perfectamente lo que ocurre en el mundo.

Nadie puede burlar sus principios o burlarse de su nombre sin recibir su justa retribución. Nadie podrá jamás dejar de pasar por su balanza y experimentar su premio o su sanción por lo que hizo o dejó de hacer. Es innegable que jamás el Señor dejará una cuenta pendiente con nadie.

Ese hecho debe despertar en nosotros el deseo de alabarle todo el día porque es la manifestación visible de su dominio sobre todo lo que ocurre debajo del sol. Es la genuina expresión que nada de lo que acontece en la tierra queda fuera de su conocimiento, pero sobre todo, es la manera en que nos recuerda que es un Dios actuante.

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