Discriminación

Dice la Biblia en Mateo 18: 10

“Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.”

Uno de los males más grandes que la humanidad ha sufrido y sufre es la discriminación. La discriminación no es otra cosa que menospreciar a nuestro semejante por su color de piel, su origen étnico, sus costumbres o su persona. En nombre de esta desviación del alma han ocurrido los más deleznables y pervertidos horrores como el Holocausto judío.

Pero cotidianamente y en los lugares menos sospechados encontramos personas que desprecian a otros solo porque existen, dejando en claro que la intolerancia hacia los demás es una marca que todos los seres humanos llevan implantado en su ser y de no ponérsele límite puede llegar a ser grandemente nocivo.

Jesús le pidió a sus seguidores sacudirse este problema. El discípulo de Cristo de ningún modo debe practicar la discriminación. Bajo ninguna circunstancia es tolerable que alguien que diciéndose seguidor de Jesucristo practique está clase de actitudes porque representan lo diametralmente opuesto al mensaje de las buenas nuevas.

Por eso les dijo que no menospreciaran “a uno de estos pequeños” refiriéndose a los niños que son los seres más desvalidos que puede haber en este mundo. En un sentido estricto no se debe discriminar a un niño, pero en un sentido amplio no se debe hacer de menos a cualquier persona que por diversas razones no pueda defenderse.

Mateo sabía bien lo que escribía. Él mismo siendo publicano o cobrador de impuestos para Roma era discriminado por sus paisanos y eso que no era débil y por eso registra esta petición de Cristo para sus seguidores. Dios no hace acepción de personas o en otras palabras no tiene favoritos, por qué el ser humano habría de catalogar a sus semejantes.

La razón por lo que se debe evitar esta actitud, estriba en que Dios está al pendiente de los niños. En otras palabras Él cuida de ellos y si alguien se mete con los “pequeños” en realidad se está entrometiendo contra Dios y eso nunca será bueno ni conveniente porque el Señor habrá de hacer justicia.

Sentirse superior a los demás revela profundas carencias personales, exhibe como un escaparte comercial la profunda pobreza del alma y eleva la necedad humana a tal altura que la hace palpable desde muy lejos. Discriminar es propio de los débiles y no de los fuertes. Tratar igual a todos o afablemente a los “pequeños” es muestra del amor de Dios.

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