El alimento de Dios

Dice la Biblia en Apocalipsis 10: 10 “Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre.”

En al menos tres ocasiones encontramos a tres varones de Dios comiendo la palabra del Señor. El primero de ellos es Jeremías que en su libro dice: “Fueron halladas tus palabras y yo las comí…”, luego encontramos a Ezequiel quien igual que Jeremías consume la palabra de Dios y finalmente encontramos a Juan “El Evangelista” en el libro de Apocalipsis.

Evidentemente que en los tres casos no se puede tomar de manera literal que hayan digerido la los rollos en lo que antes se escribía la palabra de Dios. Las Biblias con hojas son muy recientes. El Señor jamás atenta contra el ser humano y pedirle que coma algo que le puede hacer daño es algo contrario a su naturaleza.

La expresión “comí o come el libro” tiene más bien una conexión con las palabras de Cristo que dijo: “No solo de pan vivirá el hombre”. Así como el cuerpo humano requiere de comida para subsistir así el espíritu humano requiere de alimentación para resistir todos aquellos dardos envenenados que el maligno le lanzará.

Comer la palabra de Dios significa apropiarse de ella de tal manera como si de ello dependiera la vida. Pero al igual que con la comida natural se debe comer de todo, balanceado y no preferir o solo consumir una parte de ella, sino toda y allí radica uno de los grandes males de nuestros tiempos.

Creyentes que solo quieren comer un mismo alimento. A algunos les encanta solo remitirse a la promesas de Dios, pero no a sus demandas de santidad y compasión. Y eso es una equivocación porque debemos atender todo el consejo de Dios y no solo porciones o aquellas partes que nos gusten mucho.

Juan señala dos efectos que produce la palabra en su “paladar”. Primero que es dulce como la miel. Pero en su estomago es amargo. La palabra es dulce como  miel y la que destila del panal, pero los juicios de Dios son amargos por no decir duros, pero ambos provienen del mismo Dios. No podemos ser selectivos. Tanto lo dulce como lo amargo están en la Biblia.

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