Salvar lo perdido

Dice la Biblia en Mateo 18: 11

“Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.”

Mateo describe así la función de Cristo: “salvar lo que se había perdido”. El pueblo de Israel primeramente había olvidado su función esencial: alumbrar a los gentiles para acercarse a Dios y en su lugar se había vuelto un dique que dificultaba conocer a Dios y en consecuencia la humanidad estaba completamente perdida.

Cristo apareció justamente para redimir a su pueblo y a toda la humanidad de una perdición segura. Los gentiles o paganos, o sea nosotros, encontramos en esta bendita gracia la salvación que ni siquiera buscábamos porque su compasión con nosotros fue tan grande que fue él quien nos buscó.

Estas palabras de Cristo nos recuerdan lo que era nuestro destino. Nos hacen pensar en nuestra triste condición espiritual. Estábamos completamente perdidos, sin Dios y sin esperanza en este mundo, pero su gracia infinita llegó a nuestra vida y nos acercó al Dios del cielo y la tierra.

La razón de que Cristo viniera a la tierra es completamente clara: vino a buscar a los enfermos porque los sanos no tienen necesidad. Vino a redimirnos para no ir a la condenación eterna. Pero también vino a enseñarnos que esta tierra no nuestro destino final, sino el cielo.

El texto que hoy meditamos cimbra nuestro corazón porque nos hace reflexionar sobre la importancia de Cristo en nuestra vida. No es algo menor, sino algo de vital importancia. Llegó para rescatarnos. Arribo a la tierra para auxiliarnos y no dejarnos a la deriva en un mundo que solo vive para sí.

Mateo subraya el por qué el Señor vino a esta tierra. Vino a rescatarnos aunque para eso se requería su vida. Se entregó con amor para ayudar a seres que vivían perdidos. Que gran amor, que bondad tan infinita. Como no entregarnos incondicionalmente a Él si dio todo por nosotros que vivíamos en pecado y maldad.

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