Sin bienvenida

Dice la Biblia en 2ª Carta de Juan 1: 10

“Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido!”.

La hospitalidad es una de las enseñanzas básicas del cristianismo heredada del judaísmo. Los rabinos judíos enseñan que una de las características de la espiritualidad de Abraham, el padre de la fe, fue justamente su atención y siempre buena disposición para atender a quienes necesitaban alojamiento o descanso.  

La carta a los Hebreos recuerda a los creyentes de Jesucristo a practicarla debido a que según relata: “Algunos sin saberlo, hospedaron ángeles.” Ofrecer nuestro hogar a quienes visitan nuestra ciudad o padecen persecución es la expresión genuina de una fe parecida a nuestro padre Abraham.

Y por eso es que llama la atención el escrito del apóstol Juan en su segunda carta debido a que le pide a los discípulos del primer siglo que se abstengan de practicar la atención y cuidado a quienes lleguen a sus casas, incluso les pide que ni siquiera los saluden, lo que representa un franca contradicción a la hospitalidad.

Sin embargo, hay una razón poderosa para comprender la intención que Juan tiene cuando ordena hacer a un lado el buen trato y las buenas costumbres hacia los extranjeros o extraños. Es decir, abstenerse de ayudar a los visitantes obedece a una causa más alta que de ningún modo debe olvidarse.

La doctrina sobre la persona de Jesucristo sufrió desde los tiempos de la iglesia primitiva una tergiversación que Juan condenó. Negar que Jesucristo haya sido verdadero hombre lo hacía igual que los dioses romanos, lejos de la realidad humana y en consecuencia imposible de ser su salvador.

A quienes negaran la humanidad y divinidad de Cristo, Juan dio una recomendación para tratarlos: no debían recibirlos en sus casas y bajo ningún motivo debían darle la bienvenida o el saludo debido a su extravío con respecto a una de las doctrinas fundamentales de la cristiandad: Cristo fue verdadero hombre y verdadero Dios.

Solo un yerro de esta naturaleza autoriza al creyente a no ser hospitalario con sus hermanos en Cristo.

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