Él es así

Dice la Biblia en Salmos 102: 27

“Pero tu eres el mismo, y tus años no acabarán.”

Cuando la aflicción entra a nuestra vida de manera imprevista somos sacudidos como el viento sacude las cañas en los cañaverales o como los vientos huracanados estrujan las palmeras en los litorales y asemejamos, entonces, a las aves que se guarecen en donde pueden ante las torrenciales tormentas.

Nuestra mente entra en estado de emergencia y las interrogantes se agolpan en nuestro corazón del por qué estamos atravesando o viviendo esa situación y de no ser por la bendita palabra de Dios que nos da consuelo y sustento tendríamos graves y grandes dificultades para sostenernos y seguir viviendo.

El autor del salmo 102 está viviendo justo esos momentos. Tiempos de grandes adversidades que lo hacen sentirse como “el pelicano del desierto” o “el búho de las soledades” y se encomienda a Dios porque sabe perfectamente que en los grandes momentos de tribulación y angustia nuestro único recurso seguro es Dios.

De pasar de una vida sin problemas o dificultades a una donde los problemas se agolpan o se acumulan de una manera rapidísima nos hace pensar a todos que Dios ha cambiado o que ha mudado en su trato con nosotros porque nuestra circunstancia se ha modificado o nuestra realidad ha dejado de ser la calma.

Pero en realidad Dios no ha cambiado porque Él nunca cambia. Él sigue siendo el mismo de siempre. En medio de las dificultades Dios no ha dejado de ser poderoso. Tampoco ha dejado de ser inmenso y grande. Lo único que ha pasado es que su trato con nosotros se ha modificado por una razón que solo en su soberanía Él conoce.

El salmista nos lleva a pensar en esta verdad que de repente se nos olvida cuando somos azotados por la aflicción, cuando el dolor se apodera de nuestra vida y cuando respiramos diariamente el sufrimiento. La verdad de un Dios que no cambia, que no se muda, sino que permanece fiel a su esencia.

Este pensamiento consuela nuestro corazón porque Dios demanda siempre de nosotros fe, justamente cuando todo es adversidad. Él nunca dejará de ser Dios. Su trato para con nosotros siempre será un trato sabio en el que dirigirá nuestro destino hacia el fin que Él tiene planeado para nosotros. Nunca debemos olvidar que Él es eterno y nosotros breves.

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