Castigo y corrección

Dice la Biblia en Proverbios 3: 11 “No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová; ni te fatigues de su corrección.”

Dios trata al creyente como un padre trata a su hijo. Le provee lo necesario y lo sustenta. Esa parte es la más placentera porque el hijo es objeto de cuidado y amor, pero a la par, Dios despliega sobre el creyente castigo y corrección que al igual que en la relación padre-hijo es la que resulta más difícil de entender y aceptar.

El proverbista recomienda a sus lectores dos actitudes frente a un Dios que disciplina y forma: 1. No menospreciar el castigo del Señor y 2. No fatigarse de la corrección de Dios. Y lo hace o lo pide porque resulta sumamente difícil comprender y recibir lo que Dios hace cuando nos coloca en una situación en la que su intención es moldearnos.

Dios tiene la firme intención de formar el carácter de sus hijos y sabe que para hacer de cada uno de ellos hombres y mujeres de bien es necesario aplicar de tiempo en tiempo castigo y corrección. Ese proceso para mucho resulta insoportable porque supone tiempos de gran dificultad y adversidad.

Sin embargo ambos elementos son indispensables para alcanzar una formación como hijo de Dios. En términos humanos difícilmente se puede formar a un hijo si solo se le consiente y se le prodiga bienestar. Para hacer de nuestros vástagos gente de bien y de provecho es necesario castigarlos y corregirlos.

Salomón le pide a sus lectores que no menosprecien o tengan en poco el castigo de Dios y tampoco se cansen o fatiguen de la corrección divina porque sabe que la disciplina generalmente no agrada o no gusta porque es dolorosa y a veces muy pesada que siempre existe la tentación de evitarla o escapar de ella.

Si resistimos el castigo y la corrección con toda seguridad habremos completado el proceso mediante el cual queda comprobado que Dios nos ama y estaremos listos para hacer su voluntad cualquiera que sea la situación.

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