Escogidos para servirle

Dice la Biblia en Nehemías 9: 7 “Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste a Abram, y lo sacaste de la tierra de Ur de los caldeos, y le pusiste el nombre de Abraham.”

Los levitas que recibieron la instrucción de Nehemías de celebrar el glorioso nombre del Creador elevaron una alabanza a Dios después de haber apartado del pueblo de Israel a todos aquellos que no eran hebreos para purificar al pueblo de los matrimonios mixtos que tanto daño habían hecho a esa nación.

Ellos comenzaron alabando a Dios y recordando uno de los sucesos fundamentales en la vida del pueblo judío: la elección de Abraham como padre de esa nación. Fue una elección divina que pasó en primer lugar por la determinación del Señor de sacarlo de la tierra donde vivía para llevarlo a la tierra que posteriormente sería de su descendencia.

Dios tomó a Abraham y cambió su nombre porque en realidad su nombre era Abram, como una manera de expresar su nueva condición al ser seleccionado por parte de Dios para formar un pueblo que habría de servirle por toda la eternidad, escogido únicamente por la gracia divina.

Los salmistas que entonaron esta alabanza recordaron la soberanía de Dios que es la que elige o desecha, que ama o aborrece o que destruye o preserva. La elección de Abraham fue un acto soberano de Dios. Pudo haber escogido a otro, pero miró en Abraham la persona ideal para formar un pueblo.

Siempre que miramos o contemplamos la soberanía de Dios no podemos menos que alabar y ensalzar su nombre porque nos tomó de lo vil y menospreciado, como dice Pablo, para darnos vida cuando vivíamos muertos en nuestros delitos y pecados y nos trasladó de la potestad de las tinieblas al reino de Cristo.

Recodar de donde venimos nos ayudará a ser humildes y agradecidos con Dios que sin mirar la maldad de nuestra vida nos acercó al reino de los cielos para contemplar su majestuosa gloria, sin merecerlo y sin ser siquiera digno de tal trato.

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