Martín Lutero: el artífice de la revolución espiritual

Por: Porfirio Flores

El 31 de octubre de 1517 el monje de la orden de San Agustín llamado Martín Lutero publicó sus famosas 95 tesis en la abadía de Wittenberg que pronto fueron del dominio público gracias a la recién inventada imprenta que había hecho su paisano Juan Gutemberg, lo que abrió paso a lo que hoy conocemos como Reforma Protestante.

Nunca será suficiente, ni estará por demás celebrar esta fecha porque nos recuerda y nos afirma en la fe que de manera sucinta se simplificado con los famosos cuatro “solos”: Solo Cristo, solo fe, solo gracia y solo Biblia que se extendió a todo el mundo rompiendo la hegemonía de la iglesia católica.

El legado de Lutero trascendió y trasciende los siglos porque tuvo la enorme virtud de hacer regresar al cristianismo a su origen: las Escrituras. Como ningún otro personaje de la historia de la iglesia el ilustre monje alemán nos remitió o nos condujo de nueva cuenta al libro de libros, a la revelación divina e hizo un lado doctrinas y tradiciones humanas.

Su traducción de la Biblia al idioma alemán fue la confirmación de que la Escritura debía de estar en el idioma de cada pueblo y de cada nación y si bien la versión latina de la Biblia era importante, siempre sería mejor que la gente común se adentra en los mandamientos del Señor en su propia lengua, sin menoscabo de otras versiones antiguas.

Celebramos jubilosos esta fecha porque nos recuerda gratamente la determinación de un hombre por abrirse paso en un mundo hostil, en medio de la oscuridad y tinieblas a través de la palabra de Dios, lo recordamos con mucha alegría porque nos devolvió la posibilidad de conocer a Dios a través de su revelación escrita.

Pero conmemorar la herencia de Martín Lutero sería incompleta si no destacamos también su otro legado. Su gran ejemplo de estudio y dedicación a la Escritura no tiene parangón. Lutero solía afirmar que para hacerse un estudiante serio de la revelación divina al año debía de leerla no menos de diez veces.

Nos enseñó con su ejemplo que el recorrido por cada uno de los 66 libros que componen la Biblia debía ser siempre pausado disfrutando primero cada libro, degustando cada estilo, deleitándonos en cada pasaje, personaje o historia de tal manera que formaran parte de nuestra vida misma.

Martín Lutero nos ayuda a recordar siempre que los estudiantes de la Biblia antes que nada son seres necesitados profundamente de Dios. Solo alguien con una enorme necesidad de Dios se apega a la Biblia. Nadie que se sienta auto suficiente podrá jamás descubrir todas las verdades que tiene la revelación escrita.

Nadie como este varón mostrarnos el compromiso con los escritos sagrados, ninguno como él a la hora de definir sus convicciones por encima de su vida misma y sólo personajes de su calibre son capaces de mostrarnos la pertinencia de la Escritura en la sociedad y en todo el mundo porque fue congruente con lo que dijo y escribió y con su vida.

Sería injusto no reconocer a los miles de hombres y mujeres que vinieron después de Martín Lutero con escritos y formulaciones tal vez más profundas que él, pero llegaron gracias a un hombre que no se desalentó ni se amedrentó ante todas las amenazas y peligros que vivió por desafiar el poder de la iglesia católica.

El 31 de octubre de 1517 el mundo se conmocionó porque en una lejana abadía un hombre presentó lo que a la postre sería la piedra de toque para una revolución espiritual insospechada, para devolverle a los seres humanos la posibilidad de lo que él mismo llamó el libre examen de las Escrituras.

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