La grandeza de perdonar siempre a nuestros ofensores

Dice la Biblia en Mateo 18: 21-22

21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? 22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

Introducción

Cristo quería que las ofensas se perdonarán para que nadie quedará excluido de la comunidad cristiana. Si estableció un mecanismo para resolver las ofensas entre los hermanos de la iglesia, Cristo quería que prevalecería entre ellos el perdón. La idea es buscar el arrepentimiento del ofensor antes que su condena.

Jesús desea que sus seguidores sean personas que perdonen las ofensas antes que condenar a quienes los dañen. Por supuesto que para ello debe mediar la solicitud de perdón de quien agravió. No se trata de perdonar sin arrepentimiento de quien hizo daño, se trata de perdonar con todo el corazón a quien solicita perdón.

Así fue como entendieron los discípulos la enseñanza que Cristo les dio por eso Pedro se acerca al Señor para preguntarle las veces que ha de perdonar a su hermano, pero lo hace con un número decidido de ante mano. Pedro pregunta si hasta siete veces es que debe reconciliarse con sus hermanos.

Cristo aprovecha esta pregunta para señalar con exactitud el número de veces que se ha de ejercer el perdón. Cristo les enseña a sus seguidores que el perdón los debe acompañar siempre. El perdón es un aspecto básico en la vida de los cristianos. No se concibe un creyente que no sabe perdonar.

Un creyente que no perdona niega esencialmente su fe porque su salvación es el resultado del perdón que recibió de Cristo. Perdonar es la manifestación palpable que ha comprendido a cabalidad las buenas nuevas de Cristo. Otorgar perdón a sus ofensores es lo que lo hace cada vez más como Cristo y menos como el mundo.

Si se busca la grandeza entre los seguidores de Jesús debe buscarse perdonando. El mejor discípulo de Cristo es el que perdona. Es aquel que olvida afrentas y agravios y se concentra en amar a sus enemigos, orar por sus perseguidores y bendecir a los que lo maldicen. Ese es un creyente digno de imitar.

Y es digno de imitar porque ha llegado al punto idéntico de Cristo que cuando era crucificado perdonó a los que lo habían llevado a ese horrendo castigo. El perdón nos hace parecernos más a Cristo y como Juan decía nos hace menguar para dar lugar a la plenitud de la nueva vida que tenemos en el Señor.

La grandeza de perdonar siempre a nuestros ofensores

  1. Las veces que sean necesarias
  2. Sin límite

Síntesis

La verdad es que las relaciones entre los seres humanos no siempre son tersas. En la iglesia, que concentra a pecadores redimidos, ocurre lo mismo. A veces de manera inconsciente se lastima, hiere, daña u ofende a algún hermano y es necesario pedir perdón, cuanto más si los agravios se hicieron con toda la intención.

Jesús quiso y quiere que sus discípulos vivieran en paz entre ellos y la llave para vivir en paz era perdonarse o si se quiere no ofenderse. Pero si ocurrían ofensas entre ellos debía de privar la reconciliación a fin de mantener la unidad y la tranquilidad entre ellos y así cumplir el plan de Dios para sus vidas.

  1. Las veces que sean necesarias

Pedro preguntó si se debía perdonar siete veces. La razón por la que Pedro estableció como límite ese número de ocasiones se debió a que tenía una limitada visión de lo que representa perdonar.

Los rabinos de los tiempos de Cristo habían establecido como tres veces la cantidad de “perdones” como lo humanamente justo. Si una persona te ofendía un vez podía perdonarle, pero al llegar al tres o pasando de tres, el ofendido quedaba libre de esta obligación.

Este número no era arbitrario lo hacían así porque el libro de Amós señalar en los capítulos uno y dos, como la cantidad de veces que Dios perdonó a las naciones paganas de las tierras bíblicas y al propio Israel. Pedro tal vez aumentó la cantidad para no verse como un fariseo o escriba.

Sin embargo, aún así el perdón quedaba así circunscrito a una cantidad de veces basadas exclusivamente en la capacidad de quien otorgaba el perdón. El perdón es insuficiente cuando se le pone número porque debe ser las veces que sea necesario, cuando se requiera o cuando se pida.

Pedro y los discípulos tenían que entender, al igual que nosotros que estaban llamados a quitar de su mente y corazón la idea de que había un número de veces para dispensar ofensas y al contrario debemos tener siempre un corazón perdonador.

2. Sin límite

El perdón que Cristo quería y quiere enseñar es aquel que no tiene límite. Un perdón siempre abierto para quien nos haga daño, para quien nos ofenda, para quien nos persiga o nos maldiga.

Cristo dijo que se abría de perdona no siete veces, sino setenta veces siete. Evidentemente no estaba limitando el perdón solo a 490 veces. Estaba llevando a sus discípulos a la necesidad de perdonar siempre o sin límite. Para ello recurrió a dos número: el setenta y el siete.  Ambos números tiene el número siete.

El 70 para los judíos representa la madurez completa de un proceso porque esa cantidad es mencionada en el salmo 90 cuando dice: “Los días de nuestra edad son setenta años…”, los hebreos suelen decir que a esa edad hemos llegado a los años que Dios diseñó para el ser humano y se supone que ha alcanzado la madurez suficiente.

Fueron también setenta años la cantidad de tiempo que estuvieron en Babilonio los judíos y salieron de allí cuando entendieron que alejarse de Dios los había exiliado. Setenta, entonces, es un número de fin a un proceso.

Son setenta también el número de integrantes del Sanedrín judío, entre otras veces que se utiliza ese número. Representa casi siempre una cantidad que revela la conclusión o el fin de una época o tiempo y también madurez y sensatez.

Ni que decir del número siete. Es el número de la plenitud. Es el número del shabat, una actividad que se ha mantenido desde que Dios lo estableció en el huerto del Edén. De Abraham a Moisés son siete generaciones y así podemos decir mucho de ese tema, lo que nos lleva a considerar la gran relevancia cuando ambos siete y setenta se unen.

La relación entre ambos números sencillamente implica que la plenitud de la vida cristiana se alcanza justamente cuando aprendemos a perdonar sin concesiones o sin limites. El perdón es el grado más grande de madurez que una persona puede alcanzar porque implica una absoluta negación a su yo o su egoísmo.

Los creyentes están llamados a conducir su vida bajo el imperio del perdón. Están convocados para evitar el rencor o resentimiento. El perdón es tan liberador que su practica permite vivir sin ataduras. Por eso se debe perdonar setenta veces siete.

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