La virtud de congregarse para alabar a Dios

Dice la Biblia en Hebreos 10: 25 “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre…”.

La palabra costumbre procede de la raíz griega “ethos”. En Lucas 22: 39 esta palabra se traduce “como solía” para referirse al hábito que Cristo tenía de acudir al Monte de los Olivos. Su uso lo encontramos también en Juan 19: 40 cuando bajan el cuerpo de Cristo de la cruz “y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es su costumbre…”.

La palabra costumbre, entonces, denota hábito, practica común o reiterada o una manera de hacer las cosas. Es una conducta reiterada que produce el carácter en una persona porque de tanto hacerlo o de tanto repetir una acción se le convierte en un estilo de vida generalmente positivo, pero a veces negativo.

Es justamente en este sentido en el que el autor de los hebreos utiliza el término costumbre: los creyentes del primer siglo habían o estaban dejando de reunirse en la naciente iglesia cristiana y de tanto hacerlo o de tanto dejar de congregarse con sus hermanos en la fe, se les estaba volviendo un hábito negativo.

Entre los griegos los hábitos positivos como la lectura, la templanza o la calma en medio de la crisis se consideraban virtudes. Un hombre griego o romano con dominio de sí mismo o con disciplina era visto como un hombre virtuoso y a contra pelo un hombre sin costumbres positivas o con una conducta apartada de las buenas maneras era visto como un vicioso.

Para los griegos los seres humanos se debatían entre seres virtuosos y seres viciosos, los primeros lograban esa clase por sus buenos hábitos y costumbre, en cambio los segundos eran considerado así por huir de la conducta apropiada o la que se esperaba de ellos.

Cuando el autor de los Hebreos le pide a los creyentes que no dejen de congregarse como algunos tienen por costumbre está señalando esta perdida de virtud. Congregarnos o reunirnos para adorar a Dios es una virtud que algunos pueden convertir en un vicio si no se reúnen.

Dios espera que sus hijos sean virtuosos, habituados a congregarse para alabarlo y adorarlo y eviten por todas las formas convertirse en seres ociosos que den rienda suelta al vicio de dejarse de exaltar juntos al Señor que los salvó y los redimió con brazo fuerte y poderoso.

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