Evo, Bolivia y la Biblia

Por Porfirio Flores

El golpe militar en Bolivia ha puesto de nueva cuenta el tema de la religión y el poder político juntos. Las imágenes de Evo Morales renunciando y luego buscando asilo político en México, sumadas a las fotos de Jeanine Áñez sosteniendo la Biblia al llegar a Palacio Nacional, ponen en el ojo del huracán a ese país andino.

El hecho es claro, el Estado dirigido por una religión ha causado más males que beneficios en toda la historia de la humanidad. En América tenemos muchos ejemplos, el más emblemático tal vez sea en la Guatemala del siglo pasado con el pastor evangélico Efraín Ríos Montt a la cabeza.

Y si nos vamos más atrás encontraremos muchos ejemplos del desastre que ha dejado tras sí un Estado confesional. Empero en el tema de justicia, también tenemos que decir que una sociedad sin valores o principios es igual de desastrosa. El Estado debe ser laico, pero también laicista, es decir respetar las creencias religiosas de la mayoría.

En el caso boliviano usar las Escrituras y el nombre de Jesucristo en la revuelta política ha convertido ese drama en un asunto delicado porque es evidente el uso faccioso que se está haciendo de emblemas fundamentales del cristianismo, abriendo las puertas de la intolerancia religiosa, madre de muchas desgracias en el mundo.

Para comprender las equivocaciones en el uso de estos dos elementos es indispensable escudriñar el mensaje de Cristo: Él jamás habló, predicó o enseñó sobre un reino terrenal. La materia principal de su predicación fue el reino de los cielos, un reino espiritual con seguidores comprometidos con el amor al prójimo, al grado de dar la vida por otros.

Cuando Pilato lo interrogó antes de entregarlo a los ancianos de Israel para crucificarlo, Cristo fue contundente: Mi reino no es de este mundo, dijo. Y unos meses antes cuando los judíos lo querían convertir en su rey se apartó de ellos porque esa no era su misión, con todo y que tenía todo el derecho de serlo.

Entonces ¿por qué la nueva autoproclamada presidente boliviana llega al Palacio Nacional con una Biblia en su mano? Lo hace como parte de una estrategia mediática para “restablecer el culto al verdadero Dios” en esa nación, ya que Evo Morales colocó la religiosidad indígena de Bolivia en un pináculo.

Como parte de su reforma gubernamental el ahora exiliado ex presidente colocó los ritos prehispánicos en una nueva dimensión. Los visibilizó y los explotó como argumento de la transformación social que emprendía, lo hizo para resaltar el abandono milenario de los indígenas bolivianos. Pero ello, exacerbó los ánimos.

Las confesiones cristianas como la iglesia católica y la evangélica tuvieron entonces un tercer competidor impulsado desde el Estado, en una política equivocada porque el Estado debe ser garante del Derecho Humano a ejercer una fe o no ejercerla. Impulsar cualquiera de ellas solo polariza, aún cuando sea indígena.

Decir que con la desaseada llegada de la nueva presidenta a Bolivia, Jesucristo ha vuelto a la vida pública de esa nación es peor que lo que hizo Evo Morales. Porque se está utilizando un discurso en sin sustento escritural: Ni Jesús que vivió y murió bajo el imperio romano promovió revuelta alguna. Ni Pablo, quien con todo y ser romano de nacimiento y que sufrió vejaciones imperiales por su fe se atrevió a promover o siquiera insinuar que los creyentes podían encabezar revueltas. La carta a Filemón es un sólido argumento de esta verdad: Onésimo, un esclavo tuvo que volver a su amo del que había escapado. Pablo no le dijo que una revolución lo emanciparía.

La presidenta de Bolivia incurre en lo mismo que dice combatir y eso provoca que en lugar de alcanzar su objetivo, socave la vida institucional de Bolivia. Sobre todo porque su llegada ocurre en el peor de los escenarios: un presidente (con el que se puede estar o no en acuerdo) depuesto por un golpe militar.

No se puede festejar absolutamente nada y mucho menos se puede estar de acuerdo con una posición como la de la presidente boliviana porque revela demasiada intolerancia y sobre todo una profunda falta de respeto a la vida institucional de un país.

Nadie puede celebrar su arribo y mucho menos alegrarse porque lleve una Biblia. La religiosidad debe quedar en el ámbito privado. Ese es su espacio natural. La historia ha demostrado que es sumamente dañino polarizar con la religión a los pueblos latinoamericanos.

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