Oidores y no hacedores

Dice la Biblia en Santiago 1: 23 Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.

Santiago tiene una profunda preocupación por los creyentes del primer siglo a los que les escribe su epístola. Le preocupa sobremanera que los creyentes de esos tiempos solo sean oidores de la palabra de Dios y no hacedores de ella. En otras palabras Santiago nos comparte una debilidad muy común entre los creyentes: oír sin hacer.

Para explicar cabalmente este tema, el autor de esta carta recurre a un ejemplo, una comparación o si se quiere a una parábola, algo muy común en este autor para explicar cada uno de los temas que aborda. El ejemplo que utiliza para los oidores olvidadizos de la Escritura es la de un hombre que se mira en un espejo.

A diferencia de las mujeres, los hombres no son muy proclives a mirarse a cada rato en un espejo. Claro que hay excepciones. De hecho algunos ni siquiera lo hacen. Y cuando lo hacen se olvidan inmediatamente de cómo se veían o que debían de modificar de su apariencia y eso es lo que exactamente ocurre con quienes son solamente oidores de la palabra de Dios.

Esta clase de personas tiene un grave problema: a pesar de haber escuchado un muy buen sermón o haber leído un conmovedor pasaje de la Escritura lo olvidan rápidamente y en consecuencia no lo practican. Se han quedado solo con el primer paso que se debe tomar ante la Biblia: oírla, leerla, meditarla y enseguida cumplirla.

Solo de esa manera el tiempo dedicado a reflexionar en la revelación divina tendrá sus resultados. En cambio, si solo se escucha sin hacer nada de lo que allí dice, será una grave perdida de tiempo y esfuerzo. Nada sucederá en la vida de quienes carecen de un compromiso real con la palabra de Dios.

Cuando Santiago escribe sobre este tema lo que esta queriendo compartir con todos es la grande responsabilidad que se tiene frente a la palabra del Señor. No es solo emocionarse o conmoverse o llorar con ella. Lo que demanda siempre la Escritura es ponerla por obra, en otras palabras obedecerla.

Un hombre que no la obedece y solo la lee es una persona que tarde o temprano se sentirá frustrado porque la Biblia se convertirá en un libro más de su vida. La fuerza del creyente radica no solo en leerla, sino en obedecerla. Al hacerlo la vida de la persona está tomando una decisión que revolucionará su vida.

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