Amor al prójimo

Dice la Biblia en Juan 15: 12 Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.

Cristo resumió la ley judía en dos mandamientos: 1. Amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas y 2. Amar al prójimo como a uno mismo. Fue enfático en la necesidad de que para demostrar el primer mandamiento era necesario un trato amoroso con nuestros semejantes.

Amar al prójimo se convirtió de esa manera en algo indivisible del amor a Dios. Nadie puede decir que ama a Dios y no ama a su vecino. Es un hecho innegable que para amar a alguien que no pertenece a nuestra familia se requiere algo más que voluntad. Se requiere un corazón regenerado.

Sencillamente es incompatible ufanarnos de tener una relación con el Creador mientras despreciamos a sus criaturas. Como podemos afirmar que conocemos a Dios si somos incapaces de orar por nuestros enemigos, de bendecir a quienes nos maldicen y persiguen o perdonar a nuestros ofensores.

Cristo le pidió a sus apóstoles amarse entre ellos. Dijo que su mandamiento era que se amaran. Los 12 representan o nos ayudan a entender lo difícil pero no imposible que resulta soportarnos unos a otros y tenernos paciencia. Eran tan distintos, con personalidades diferentes y fueron llamados a amarse unos a otros.

Jesús les pide cumplir con esa ordenanza con una medida o forma: como él los había amado. Juan el Evangelista es el que mejor retrata el amor que Cristo les tuvo a los doce. Los escogió sin más mérito que haberles visto. Fueron seleccionados entre pescadores, publicanos, revolucionarios. Nada de que sentirse más que los demás. Pero los amó.

Los corrigió, les enseñó, les tuvo paciencia y sobre todo los redimió de sus pecados. El amor de Cristo fue un amor en acción. Cuando fallaron los llamó al arrepentimiento y fue por ellos cuando más desanimados estaban. Ese fue la manera o forma en que demostró una y otra vez que los amaba.

Y esa clase de amor es la que pide que sus seguidores practiquen. Un amor que perdone, que se acerque a quienes fallaron y que sancione. No es un amor que deje sin disciplina yerros y equivocaciones. Dejar pasar pecados sin señalarlos no es amor, es complicidad. Amar es restaurar.  

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