Las preguntas de Jesús: ¿Dónde está vuestra fe?

Lucas 8: 25

Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es este, que aún a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?

El inicio del siglo XXI será recordado siempre como el tiempo o la época en que la humanidad entera quedó sometida al terror y miedo global producido por dos pandemias o enfermedades contagiosas sin vacuna: la influenza y ahora el coronavirus, algo nunca visto desde que la humanidad quedó instalada en el globo terráqueo.

El peligro de muerte que pesa sobre la humanidad hace que los seres humanos cambien por completo su comportamiento. A pesar de los llamados a la calma y la tranquilidad, el descorazonamiento de las personas provoca que muchos sean presas fáciles de la paranoia y del pánico.

Ni todos los avances tecnológicos, ni prodigios como llegar a la luna y explorar el universo en el que se encuentra la tierra pueden evitar que hombres y mujeres vivan en ansiedad cuando una alerta mundial advierte sobre el peligroso coronavirus que ha matado a miles sin que existe medicamento que lo pueda paliar.

La calma que uno puede tener en estos momentos es atacada o dañada por los miles y millones de personas que hablan una y otra vez del grave peligro que se cierne sobre todos los seres humanos y muy a nuestro pesar la duda parece ganar un lugar en nuestro atribulado corazón.

Qué hacer en estos momentos? Cómo comportarnos frente a un problema como el que estamos viviendo? Qué pensar y qué decir cuando la realidad es cruda y cruel? Cómo compaginar nuestra fe y lo que pasa en nuestro entorno? ¿Podemos confiar en Dios siempre, aún en estos tiempos tan difíciles?

La palabra de Dios tiene siempre una respuesta. Tiene siempre una enseñanza. Tiene siempre algo que decir. Y si nos remitimos a ella seguramente podremos contestar todas estas respuestas. En la Escritura hallaremos dirección, consuelo, fortaleza e inspiración para enfrentar todas las circunstancias, pero particularmente aquellas que son riesgosas.

La historia de Jesús calmando la tempestad que amenazaba con quitar la vida a sus discípulos nos será de gran utilidad para saber como enfrentar todas aquellas situaciones que nos ponen en peligro de muerte. La pregunta que Jesús les hizo en esa ocasión es muy útil para enfrentar estos momentos.

¿Dónde esta su fe? Interrogó a unos perplejos discípulos que entraron en histeria colectiva, en paranoia grupal y terror generalizado al saber que podían morir ahogados por una fuerte tormenta.

Cabe recordar que Jesús escogió a doce hombres con debilidades, carencias y muchos defectos humanos, convencido de que el poder transformador de su amor haría de ellos hombres de fe y valor que propagarían su mensaje hasta los confines del mundo entonces conocido, guiados por su Espíritu Santo que derramaría sobre ellos.

Los evangelios nos retratan a los doce así con todas sus debilidades: algunos pidiendo que Dios enviará fuego del cielo para destruir a una villa que nos lo había recibido; otro, cortando la oreja de un siervo que quería detener a Jesús; uno más, huyendo desnudo para no verse comprometido con Jesús y otros más regresando porque Jesús había muerto.

Cuando la vida de los doce peligró su actitud sirvió para que Jesús nos diera una lección a todos sobre como enfrentar aquellas situaciones en donde nuestra vida esta de por medio y cuando la muerte está a un solo paso.

¿Dónde está vuestra fe?
Cuando el peligro nos asusta y nos hace desconfiar de Dios

I. Frente a las tempestades
II. Si Jesús calma las tempestades

Cuando los discípulos pensaron que iban a morir a causa de la tormenta dudaron grandemente. Perdieron la confianza. Su mente perdió el control y en consecuencia actuaron como si nada supieran ni de Jesús, ni de Dios.

I. Frente a las tempestades

Mateo, Marcos y Lucas relatan uno de los tantos recorridos que Jesús hizo en una barca por el litoral del mar de Galilea. Los evangelistas relatan lo ocurrido en una ocasión en la que mientras hacían el traslado se levantó una tempestad de viento lo que llenó de miedo y zozobra a los discípulos, mientras Jesús dormía.

Algunos de los doce eran pescadores, entre ellos, Simón Pedro y su hermano Andrés al igual que los hermanos Juan y Jacobo, con experiencia en esa clase de lides y sobre todo con conocimiento de lo que podía ocurrir en ese mar, por cierto uno de los más pequeños del planeta, sin embargo se llenaron de miedo.

Tal vez nunca habían visto una tormenta muy violenta como la que se desató esa noche. Tal vez se pensaron abandonados, aunque Jesús iba allí con ellos. Tal vez el cambio repentino del clima de esa noche los puso en una situación de mucho temor. Tal vez los doce cayeron en una histeria colectiva.

Esa noche los discípulos se llenaron de miedo y ese miedo les impidió recapacitar sobre lo que estaba pasando y sobre todo que iban con Jesús. El miedo y el terror hacen que las personas pierdan la coherencia, extravíen el sentido común y penosamente caigan en el pánico y la desesperación.

En cualquier pescador de ese tiempo o viajero en barca por el mar de Galilea era más que obvio, pero en el caso de los doce, con Jesús en la barca como era posible que cayeran en semejante situación. Cómo pudieron olvidar tan fácilmente que entre ellos iba el Señor del cielo y de la tierra.

Eso ocurrió porque los discípulos tuvieron miedo de morir ahogados. El miedo y el terror los llevó a olvidar que en ese viaje iba Jesús mismo. ¿Jesús moriría ahogado? Claro que no. Pero ellos solo pensaron en ellos. No razonaron y no lo hicieron porque el pánico o el miedo convertido en terror nos nubla la razón.

La barca parecía hundirse, pero no se hundió. El mar parecía implacable, pero no era un huracán. Ellos se dejaron guiar por sus sentidos, por lo que vieron, por lo que sintieron, por lo que palparon y no por la fe que habían depositado en Jesús. Ellos olvidaron rápidamente que Dios tiene control de todo.

A esa lastimosa condición de incredulidad, Jesús les lanzó una pregunta para reprenderlos y para hacerles ver que esta clase de situaciones demandan fe. Una fe viva, una fe que permita derrotar el miedo y traiga paz y tranquilidad a la vida de los creyentes. Una fe que sea pertinente justo en los momentos de inquietud y gran temor.

II. Si Jesús calma las tempestades

Resulta muy paradójico que los discípulos desconfiaran que Jesús dejaría que murieran. En todo caso si ellos morían, él también perecería porque iba en la misma barca y nadie llevaba salvavidas.

Tal vez su duda surgió cuando lo vieron dormir. El cansancio lo había fatigado tanto que una vez arriba de la barca o bote comenzó a descansar. Era un reflejo pleno de su humanidad. Era una manifestación contundente de que Jesús era cien por ciento humano. Se cansó y descansó durmiendo.

Sin embargo, apenas lo despertaron con sus gritos y reclamos, Jesús se levantó y ordeno a la lluvia y al viento que cesaran y dicen los evangelistas que hubo una grande calma o una grande bonanza. Jesús les demostró de manera categórica su dominio total y absoluto sobre la naturaleza.

Nada le es ajeno. Nada desconoce. Cristo es superior incluso que la propia naturaleza, pues él la creó. Cómo pues dudar de su poder? Cómo desconfiar de su persona si sabe controlar todo?

Los discípulos quedaron absortos, atónitos, sorprendidos y sumamente impresionados por lo que vieron esa noche. Nadie jamás había tenido tanto poder sobre todos los elementos de la tierra como Jesucristo.

Por eso la pregunta del Señor: ¿Dónde está vuestra fe?

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