Lealtad redireccionada

La Biblia dice en 2º Samuel 19: 7 Levántate pues, ahora y ve afuera y habla bondadosamente a tus siervos; porque juro por Jehová que si no sales, no quedará ni un hombre contigo esta noche; y esto te será peor que todos los males que te han sobrevenido desde tu juventud hasta ahora.

La muerte de su hijo Absalón devastó a David. A pesar de su rebeldía y su obstinación y muy a pesar de haberlo perseguido y usurpado por unos días su trono, David lloró a su hijo como se llora a un ser muy amado y querido porque lo amaba intensamente porque era su primogénito y su heredero al reino.

Sin embargo, a ojos del pueblo esta actitud de David dejaba mucho que desear porque aunque era su hijo había movilizado al ejército para aplastar la rebelión y los soldados de Judá que permanecieron fieles al rey David se mostraron sorprendidos y molestos por tal actitud.

Fue Joab, el general del monarca, quien le dijo lo equivocado que estaba haciendo al llorar de esa forma a su hijo. Al final de cuenta su ejército había puesto en riesgo la vida de los soldados para luchar contra Absalón, que si bien era su hijo, también era un usurpador que buscaba la vida de David.

Fueron durísimas las palabras de Joab en pleno duelo de David. Ni siquiera lo dejó llorar bien a su hijo. Pero fueron necesarias porque el razonamiento que tenían en Israel era que David prefería a su hijo antes que a su pueblo y eso sería intolerable para los guerreros que daban su vida por el rey.

David, entonces, tuvo que recomponer su actitud y dejó de lamentarse por la muerte de u vástago y salir a recibir a su pueblo porque entendió que su gobierno estaba en peligro. Tal vez en la intimidad seguiría llorándolo, pero en público debería mostrarse leal con su nación y no con su hijo.

Esta historia nos muestra muchas lecciones. Quizás una de ella sea saber donde debe estar nuestra lealtad. David hacía bien en llorar a su hijo, solo que su hijo no era merecedor de esas endechas porque había perseguido a su padre y quiso matarlo. David fue leal hasta el último momento con su hijo, solo que su hijo era inmerecedor de esa lealtad.

Tuvo que reconocer y redireccionar su fidelidad y volverla al pueblo porque el pueblo lo había salvado. Esas clases de disyuntivas en la vida son difíciles, pero indispensables para evitar dañar a quienes en verdad han sido leales con nosotros. Los desleales no merecen nuestras lagrimas, ni nuestro sufrimiento.

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