Confinados, pero contentos: Introducción a los Filipenses

Introducción

La carta a los Filipenses se le ha llamado con todo tino “la epístola del gozo”. Esa palabra es utilizada en 16 ocasiones en los 104 versos de los cuatro capítulos que integran ese volumen del Nuevo Testamento. Es una carta que fue escrita por Pablo con mucha alegría a los hermanos de una iglesia muy querida.

Es una imponente obra que nos ayuda en nuestro caminar cristiano porque fue escrita, junto con las cartas de Efesios, Colosenses y Filemón, durante la primera prisión del apóstol Pablo. Y digo que nos auxilia porque frente a las adversidades el cristiano está llamado a alegrarse y vivir confiado aunque el porvenir parezca negro o sin esperanza.

Fueron epístolas escritas desde la prisión. Pablo fue detenido en Jerusalén y pidió ser juzgado por el César y desde allí fue llevado a Roma donde vivió dos años en prisión domiciliaria, según nos relata el libro de los Hechos 28: 30-31.

Confinado, detenida su labor misionera, pausada su labor como apóstol e inmovilizado para plantar iglesias en territorios más allá de Jerusalén, (todo ello contra su voluntad) escribió la carta a los Filipenses que nos puede ser gran ayuda a la hora de buscar una razón o una explicación por la que estamos obligados a no salir de nuestros hogares.

La mención en tantas ocasiones de la palabra gozo no es casual. Pablo tiene toda la intención de animar a sus lectores a no decaer, ni desmayar, ni desanimarse por el curso que la vida de Pablo ha tomado. Nuevamente en la cárcel. Como una maldición. Hay que recordar que la iglesia de los Filipenses nació luego de que Pablo fuera encarcelado allí.

Además de la palabra gozo, otra de las expresiones que más se repite en la carta es precisamente el término prisión o sus derivados, cárcel, cadenas, etcétera.

La iglesia de Filipos estaba integrada por ciudadanos romanos. Me explico: La ciudad de Filipos era una colonia romana. Tenían su propio gobierno con jueces y magistrados que juzgaban sus asuntos, sin necesidad de ir a Roma. A diferencia de otras ciudades que Pablo visitó, Filipos era una comunidad de ciudadanos del imperio, conocedores de las leyes.

Fue fundada por Filipos, padre de Alejandro El Grande siglos antes de que Pablo levantará allí la primer iglesia del continente europeo y fue famosa en días del apóstol por la batalla que tuvo en sus contornos entre Bruto y Casio y Marco Antonio y Octavio. Las legiones de soldados se quedaron a vivir allí y desde entonces fue una colonia romana.

Así se entiende su capacidad económica para ser los únicos que ayudaron materialmente a Pablo cuando salió de esa ciudad y se fue a compartir a Cristo a Tesalónica. Y por eso también queda claro por qué enviaron a Epafrodito a Roma para que le sirviera a Pablo durante su encarcelamiento. La iglesia de Filipos era una iglesia de personas pudientes.

Por eso en la carta encontramos expresiones como el “pretorio” en el capítulo 1: 13 y 4: 22; y la expresión “ciudadanía” en el 3: 20. Términos que ellos conocían bien porque eran ciudadanos romanos.

La primera creyente de la iglesia fue Lidia a quien Lucas en Hechos 16: 14 identifica como una vendedora de púrpura. La descripción significa que se dedicaba a vender telas, pero telas muy costosas y evidentemente que sólo podían pagar gente con cierto poder económico como los habitantes de Filipos.

Filipos, pues, fue una iglesia con mucho poder económico formada por ciudadanos romanos y también creyentes de toda clase. que conocieron de primera mano la prisión de Pablo porque allí lo detuvieron y encarcelaron y un temblor lo sacó de la prisión junto con Silas y ahora de nueva cuenta sabían que estaba preso, pero ahora en Roma.

¿Qué decirles? ¿Cómo explicarles que el evangelio que habían abrazado tenía como cara de la misma moneda esa clase de sufrimiento? ¿De qué manera hacerles ver que independientemente de lo que sucede alrededor, el creyente siempre debe mantener su alegría y regocijo?

La arqueología bíblica nos permite ubicar que en la ciudad había una teatro donde los filipenses de divertían. La alegría no les era desconocida. Sin embargo se les hacía difícil entender la alegría de la que Pablo les hablaba, una alegría que va más allá de la que se produce por un estado donde no hay ninguna dificultad, sino de la que nace del corazón de las personas en medio de cualquier circunstancia.

Por ello Pablo decidió escribir esta carta y recordarles a ellos y a nosotros que las adversidades podrán quitarnos muchas cosas, pero la alegría jamás. En primer lugar porque la alegría es un estado que depende exclusivamente de lo que tenemos adentro, en nuestro corazón y porque es un fruto del Espíritu Santo.

La carta es una incitación al gozo, es un llamado vehemente a alegría por un hombre que supo descubrir perfectamente cómo se puede estar contento, que aprendió a vivir alegre y que nos pidió a todos los creyentes tener una existencia cargada de regocijo. Sin negar la realidad, pero tampoco asumirla con fatalidad.

La carta a los Filipenses nos puede decir mucho, no solo ahora que los gobiernos federal, estatal y municipal nos han obligado a confinarnos, sino siempre. Vivir con alegría es una virtud cristiana. Nunca debemos olvidar que Cristo nos dijo: “Dichosos serán cuando los hombres por mi causa los maldigan, los persigan y digan toda clase de mal contra ustedes.”

Por supuesto que la carta al hablar de gozo aborda otros temas. Justamente aquí Pablo nos presenta la doctrina de la kenosis, palabra para designar la renuncia de Cristo a su divinidad para salvarnos. Nos ofrece también sus datos biográficos, nos abre su corazón para decirnos lo que para él representan los bienes materiales.

En nuestra introducción a estos estudios comenzaremos por conocer la palabra gozo y las veces que la menciona Pablo en su epístola. Comprender el significado de la palabra nos ayudará mucho a entender cómo un hombre preso puede llamar a la alegría. Cómo un hombre que estuvo a punto de perder la vida en su viaje a la cárcel llama al gozo.

La palabra gozo procede de la raíz griega “chara”. Es un término muy interesante porque combina dos expresiones en una sola palabra. Por un lado la expresión significa alegría, pero con una breve variación de una vocal, la palabra se puede leer como “gracia”. Por eso los lingüistas y biblistas definen la palabra como contento por la gracia.

También se puede definir como alegres de su gracia o si se quiere felices por conocer su gracia. Para la palabra regocijó Pablo utiliza la expresión “chairó” de donde procede el nombre de Jairo. Que tiene el mismo sentido que la palabra “chara”, es decir, alegre por disfrutar la gracia.

Pablo puede estar contento porque sabe que la gracia de Dios lo ha acompañado, lo acompaña y lo acompañará. Esa es la razón que lo motiva para estar alegre. Tiene en su vida una verdad inmutable. Su existencia se finca en el amor incondicional, pero sobre todo inmerecido de Cristo hacia él.

Sabernos amado por alguien da sentido y felicidad a nuestro corazón y esa felicidad se manifiesta con alegría. Pablo era inquebrantable porque se sabía amado. Ese amor inmerecido fue su aliento hasta el último instante. Porque estuvo preso muchas veces. En Filipos, en Jerusalén, Ceserea, en Roma. ¿Qué cárcel no conoció el apóstol? Pero no se dobló.

Pablo esta contento y feliz porque de no merecer nada, Cristo lo hizo objeto de su amor. Quiera Dios que comprendamos que lo contrario a la alegría es la tristeza. La tristeza nace generalmente cuando perdemos algo o a alguien. El gozo del que Pablo nos va hablar y enseñar nace de reconsiderar que no éramos merecedores de nada y Cristo nos dio su vida.

Perdamos lo que perdamos, nunca perderemos a Cristo que al final de cuentas es lo más valioso que podemos tener en esta vida. Y aún más, nunca Cristo nos va dejar perdernos porque nos ama con un amor que sin merecer nada nos dio su vida misma, cómo entonces no nos dará todas las demás cosas.

La alegría que nos ofrece Dios es la que nace de comprender que su amor es incondicional. Que éramos indignos de él, pero que en Cristo nos ofreció su amor y compasión eternos, abandonados y perdidos como estábamos. La tristeza no puede anidar en nuestro corazón porque somos muy amados por él.

Estamos confinados, pero podemos aprender como Pablo a vivirlo desde la perspectiva del amor de Dios y comprender que no hay razón para no estar contentos.

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