La oración de Jesús: rogó por los que creyeron y creen en él

La Biblia dice en Juan 17: 6-8

6 He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.  7 Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti;  8 porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Introducción

En Juan diecisiete, Cristo no llamó a sus seguidores cristianos, apóstoles, ni discípulos, los llamó sencillamente “los que me diste” o los “suyos”, una manera muy sugerente de reconocer a quienes lo conocieron, lo aceptaron, lo siguieron y creyeron en su persona como el medio para conocer al Padre.

Para frase “los que me diste”, el griego solo utiliza un término: “edokas” que procede de la raíz griega “didómi” que comunica la idea de “dar algo a alguien”, “conceder”, “ceder o entregar”, “dar al cuidado de uno algo”. El Padre le dio o transfirió a Jesús doce discípulos, lo que era del Padre se convirtió en propiedad del Hijo en este caso de Jesús.

Para comprender totalmente la plegaria o ruego que Jesús hizo por sus seguidores es indispensable conocer la manera en que definía a un seguidor suyo. En su predicación y enseñanza Jesús siempre marcó la diferencia entre quienes le seguían y quienes le rechazaban.

En Marcos 9: 38-40 encontramos estas palabras:

38 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía.  39 Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí.  40 Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.

El capítulo diecisiete de Juan nos permite ver a quien definió como “los que me diste” o a los que para practicidad de nuestro estudio le hemos llamado “los suyos”. Los apóstoles le fueron entregados a Cristo por el Padre y Él preservó su existencia durante los tres años de ministerio y ahora pedía por ellos.

Cristo oró por los suyos, los que primero eran del Padre y que se los dio a Él en lo que representa una verdad sumamente importante porque nos conduce inevitablemente a la elección divina que sucedió antes de la fundación del mundo, según nos relata Pablo en su carta a los Efesios.

Los doce fueron elegidos, pero uno se perdió. Jesús lo llama “el hijo de perdición” que cumplió lo anteriormente establecido en la Escritura. A reserva que estudiemos ese texto cuando lleguemos a él, podemos decir que Jesús rogó por los que son suyos. Los suyos hicieron tres acciones que encontramos en los versos que estudiaremos en esta enseñanza.

La oración de Jesús: rogó al Padre por los suyos para que alcanzaran la gloria, a pesar del mundo

II. Porque los suyos lo reconocieron, lo aceparon y obedecieron

A. Guardaron la palabra de Dios
B. Conocieron que Cristo y todo procede de Dios
C. Creyeron en Dios

Jesús manifestó, dio a conocer, anunció y proclamó el nombre de Dios a sus discípulos. Jesús tuvo como objetivo central revelar al Padre a los doce. A todos ellos les reveló la naturaleza del Padre en tiempos en que a Dios difícilmente se le podía ver como Padre.

Tres intensos años, decenas de parábolas, cientos de milagros y manifestaciones de poder fueron el marco en el que los discípulos estuvieron expuestos para asimilar y comprender las buenas nuevas del reino de los cielos al cabo de los cuales lograron finalmente, no sin tropiezos, aceptar las verdades de Jesús.

La elección que el Padre hizo de ellos a través de Cristo se materializó o se puso de manifiesto con decisiones que ellos tuvieron que tomar. Una persona que ha sido elegida desde antes de la fundación del mundo da evidencia de esa elección a través de hechos concretos que Cristo dijo que hicieron sus apóstoles.

A. Guardaron la palabra de Dios

En el verso seis el texto que hoy estudiamos dice así: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra.” La primera manifestación de una persona elegida es que guarda la palabra de Dios.

La palabra “guardar” que usa en este verso Juan procede de la raíz “tereo” que comunica la idea de algo que se da a una persona para que lo proteja, cuide o resguarde con sumo cuidado. De allí muchos lo derivan como obedecer o atender con mucha precaución lo que el Señor ha dicho.

Luego entonces la expresión guardar la palabra de Dios significa que los apóstoles habían obedecido lo que señala la Escritura. Someter nuestras ideas y pensamientos a lo que dice la revelación divina es la primera gran prueba de que reconocemos a Dios en nuestra vida y le damos la importancia que tiene.

Solo que en el caso de los discípulos habían hecho un ejercicio de obediencia más riguroso porque habían confirmado que lo que Jesús hablaba no eran palabras humanas, era la revelación divina. Cierto muchas de sus enseñanzas partían del Antiguo Testamento, pero sus novedosas interpretaciones fueron reconocidas por ellos como revelación auténtica.

La relación que los seguidores de Cristo tienen con su palabra es fundamental. La Biblia es un libro que nos revela al Padre y al Hijo, por supuesto que también al Espíritu Santo. Nuestra vinculación con los mandamientos contenidos en la Escritura es fundamental para nuestra vida espiritual.

Los suyos o los que son de Cristo tiene en la revelación divina su base. La palabra de Dios es norma de conducta. Pensar fuera de la palabra de Dios es insostenible para un verdadero discípulo. En la Escritura encontramos siempre la voluntad de Dios para nuestras vidas y por ello es fundamental reconocerla como inspirada por Dios.

Guardar la palabra de Dios constituye una de las mejores maneras de reconocer a un verdadero seguidor de Cristo. Se sumerge en ella, la disfruta, la comparte y sobre todo la pone por obra. Cristo oró por esta clase de creyentes comprometidos con la Biblia en sus vidas.

B. Conocieron que Cristo y todo procede de Dios

En una ocasión Jesús les preguntó a los doce: ¿Quién dice los hombres que es el Hijo del Hombre? Respondieron: Unos dicen que eres Elías, otros que eres Juan el Bautista o algún profeta.

Entonces Jesús procedió a preguntarles: ¿Quién decís que soy yo? Y Pedro le contestó de manera vehemente: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Lo que le mereció una bendición de parte de Cristo a Pedro. Finalmente habían comprendido quien era él. Conocer a Cristo es una necesidad de los seguidores del Señor.

Jesús no era un Maestro más, Jesús no podía ser comparado con los muchos maestros que había en su tiempo. Su origen era divino. En el verso ocho de nuestro texto encontramos esta afirmación de Cristo: “han conocido verdaderamente que salí de ti”. Un aspecto fundamental en la fe cristiana porque revela el origen de Jesús.

Si hemos de creer en lo que dijo e hizo, es importantísimo saber de donde salió. De igual manera debemos comprender que su afirmación de ser el Hijo de Dios era una expresión de ser igual a Dios. Jesús enseñó esa verdad vez tras vez para que sus seguidores lo comprendieran.

Indudablemente que los suyos, los que le pertenecen, están plenamente convencidos de la divinidad de Cristo. No hay la menor duda de que al afirma que quien lo había visto a Él había visto al Padre es una verdad. En Cristo, el Padre celestial se reveló y los doce o los once lo creyeron fervientemente.

Jesús oró por los suyos, por los que reconocieron en su persona al portador de la revelación del Padre y sobre todo quienes reconocieron que todo lo que Cristo era y tenía procedía del Padre. Cristo les permitió y nos permite ver lo que más tarde escribió Santiago en carta: Toda buena dádiva y todo don perfecto procede del Padre de las luces.

C. Creyeron en Dios

Jesús dijo de sus discípulos que creyeron en Él. Los apóstoles se convencieron de que Cristo era una manifestación del Padre. Fue un proceso difícil para ellos, pero al final terminaron por convencerse de esa verdad.

Un seguidor de Jesús cree. La palabra creer que se utiliza aquí procede del griego “pisteuó” que sencillamente quiere decir confiar. Pero la raíz etimológica implica una confianza a ultranza o desmedida. Una confianza absoluta que hace de quien confía una persona comprometida.

A diferencia del uso que muchas veces se le da en nuestra cultura latina, la palabra griega para creer es un compromiso serio con nuestras convicciones, en este caso con Cristo. Los discípulos creyeron en él. Confiaron en su persona.

Jesús rogó por esta clase de creyentes. Su oración estaba dirigida a suplicar por las dificultades que enfrentarían hombres y mujeres convencidos de su fe. Quien no tiene una fe robusta, generalmente no atravesará ninguna clase de problemas.

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