Confinados, pero contentos: porque hemos renunciado a nuestro egoísmo

La Biblia dice en Filipenses 2: 5-8

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,  6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,  7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Introducción

No había razón alguna para que Pablo estuviera preso. Mucho menos para que estuviera confinado dos años en prisión domiciliaria. Su detención pudo haberla evitado de las más diversas maneras: una de ellas era exigir un trato especial por ser romano. Otra manera era sobornado a los jueces y una más renegando de la fe.

Como hoy, en aquellos día estar preso constituía una vergüenza. Quien era detenido y encarcelado por el imperio romano, aunque fuera inocente, siempre quedaba sobre su vida la sospecha. Sus amigos siempre creerían en su inocencia, claro, pero sus enemigos se encargarían de difundir su culpabilidad, aunque fuera inocente.

A pesar de todas estas circunstancia, el apóstol Pablo nos llama a vivir con alegría las adversidades, sobre todo la relacionada con el confinamiento. ¿De dónde sacaba fuerzas Pablo para vivir de esta manera? ¿Cuáles eran sus referentes para llevar una existencia con calma y gozo a pesar de su urgencia por llevar el evangelio de Cristo?

El capítulo dos de la Epístola a los Filipenses nos muestra cuál era su consuelo o su fortaleza en medio de las tribulaciones que atravesaba. En ese capítulo encontramos no solo la más importante de las doctrinas sobre la encarnación de Cristo y su naturaleza humana, sino el más sublime de los ejemplos para afrontar las luchas y problemas derivados de nuestra fe.

Pablo le escribe a los Filipenses una verdad que deberían de aquilatar, reflexionar y aplicar a sus vidas: El ejemplo supremo de humildad de Cristo que siendo Dios, hizo a un lado su divinidad.  Se despojó, dice Pablo, de todo privilegio, canonjía y derecho, y vino a la tierra en condición de simple mortal.

Ese era el ejemplo en el que Pablo se sostenía. Pablo entendió plenamente que podremos afrontar cualquier dificultad si ponemos la mira en la actitud de Cristo. El Maestro hizo a un lado todo lo que representaba su divinidad con tal de salvarnos y nos dejó su ejemplo para vivir de esa manera.

Pablo nos llama a vivir confinados, pero contentos y lo lograremos si consideramos lo que hizo Cristo por nosotros y lo que estamos llamados a ser como seguidores y discípulos del Señor.

Confinados, pero contentos

III. Porque hemos renunciado a nuestro egoísmo

A. Hemos hecho a un lado nuestros privilegios
B. Hemos renunciado a nosotros mismos
C. Hemos renunciado al orgullo

Pablo le escribe a sus queridos hermanos y les pide que se despojen de su egoísmo. Antes de entrar de lleno a nuestro tema de hoy quiero que sepamos que significa la palabra egoísmo. La palabra “ego” procede directamente de su similar en griego “ego” que se utiliza para denominar la expresión “yo”. El “yo” es la forma que uno utiliza para referirse a uno mismo.

En el español, el egoísmo es una expresión que se utiliza para referirse a una persona que manifiesta o expresa un excesivo amor hacia sí mismo. Hay que decir que el egoísmo lástima a la familia, a la sociedad y en general a todo grupo social o colectividad porque una persona que se cree merecedora de todas las atención propicia graves conflictos.

Nuestro estudio también podría llamarse “Porque hemos renunciado a nosotros mismos”. Porque el egoísmo es exactamente lo contrario a renunciar a nosotros mismos, como Juan El Bautista renunció voluntariamente a vivir en un casa normal y fue a vivir al desierto y vistió con pelo de piel de camello y comió langostas y miel silvestre.

Pablo se dirige a los creyentes de Filipos para hacerles ver la manera en que debían de conducirse para poder vivir en medio de los problemas. Les escribe para mostrarles la forma en la que él le hacía frente a las dificultades y problemas y todavía le alcanzaba para tener gozo y alegría.

Lo que Pablo había hecho y quería que hiciéramos era mirar el ejemplo de Cristo que se negó a sí mismo o que se deshizo de todo egoísmo y enfrentó así la humillación que le propinó la humanidad. Pablo les comparte tres de muchas actitudes que podemos aprender de Cristo para luchar contra los grandes problemas.

A. Hemos hecho a un lado nuestros privilegios

El verso seis de nuestro estudio dice así:

el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse.

Cristo renunció a sus derechos. Hizo a un lado sus privilegios. ¿Cuál privilegio o cuál derecho? ser el Hijo de Dios. Hay dos palabra sumamente interesantes en este verso: “no estimó” y “aferrarse”. Dos actitudes que denotan que Cristo renunció a sus privilegios. Primera acción para derrotar nuestro egoísmo.

Hubo un punto en la vida de Cristo en que estimó que era más importante dejar a un lado su divinidad para salvarnos en forma de hombre. La palabra “estimó”, procede de la raíz griega “hégeomai” que se traduce como “considerar”, “opinar”, “pensar” y “suponer”. La palabra etimológicamente liderar y gobernador que dirige a otros.

El término implica o quiere decir que Cristo no se dejó gobernar por la idea de que era merecedor del privilegio de ser el Hijo de Dios. Desechó esa verdad y no se dejó dominar ese pensamiento para poder redimir la humanidad.

El egoísmo comienza exactamente en la mente de cada persona que se deja dominar por un pensamiento o idea: es merecedor de un buen trato, él es mejor que todos, deben tratarlo bien por quien es o lo que es. Los privilegios a los que pensamos que tenemos derecho nacen exactamente de estimar que somos dignos de ellos.

Cristo se deshizo de esa manera de pensar. No es que no los tuviera. Tenía todos los privilegios, pero prescindió de ellos, es decir no los reclamó para su persona. Destruir nuestro egoísmo comienza por dejar de reclamar lo que pensamos que nos corresponde o se nos tiene que dar.

Pero también Pablo destaca que Cristo no se “aferró” a dichos pensamientos. El egoísta es un aferrado a su persona. A sí mismo. La palabra “aferró” procede de la raíz griega “harpagmos” que se utiliza solo en este texto en todo el Nuevo Testamento. Tiene relación directa con la expresión “harpazó” que se traduce como apoderarse.

Cristo no se apoderó o agarró sus privilegios para no soltarlos. Los liberó o los dejó para poder hacer la obra que Dios le había encomendado. El egoísmo que nos hace pensarnos dignos o merecedores de privilegios se destruye cuando no nos estimamos como superiores a los demás o nos aferramos a esos privilegios.

B. Hemos renunciado a nosotros mismos

Dice el verso siete de nuestro pasaje lo siguiente:

sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;

La palabra despojar es clave en este texto y nos revela lo que sucedió en la intimidad de Cristo. La mayoría de los tratadistas utilizan la expresión “kenosis” para referirse a esta actitud de Cristo. La palabra se traduce como “anular” o “vaciar”. Lo que significa que Cristo se vació de su divinidad o anuló su divinidad voluntariamente.

Pablo aprendió a vaciarse de todo aquello que representaban sus derechos legítimos. Pablo renunció a su ego. Abdicó de lo que para sí mismo representaba lo más valioso y vivió su realidad sin exigir y sin victimizarse por lo que le estaba sucediendo. Al contrario aprendió de Cristo y así sobrevivió.

¿Significa esto que debemos hacer a un lado nuestra dignidad? Para nada. Quiere decir que tenemos que dejar que Dios controle nuestra voluntad. Anulemos nuestros deseos, nos vaciemos de nuestros caprichos y pongamos en el centro de nuestra vida lo que Dios quiere y desea para nuestras vidas.

Cristo pudiendo quedarse como Dios optó, decidió y asumió su condición de hombre. Si él lo hizo por qué nosotros no. Si él tomó esa determinación por qué nosotros no. Pablo nos lleva a un reto y desafío de nuestra vida cristiana. El lo asumió y el resultado fue que vivio el confinamiento con alegría.

C. Hemos renunciado al orgullo

Cristo se humilló. La palabra humildad es interesante. Quiere decir fuerza bajo control. Cristo controló su fuerza y se hizo humilde y permitió la humillación de la que fue objeto.

Por eso la expresión “se humilló a sí mismo”. La humildad es exactamente lo contrario al orgullo que es lo que nos hace pensar y creer que somos merecedores de lo mejor y que no podemos condescender con cierta clase de personas. El orgullo es una sobre dimensión de lo que somos.

Renunciar a nuestro orgullo es reconocer que no merecemos nada. Que nuestro destino era la condenación, pero que Cristo nos salvó y en gratitud a su persona, siguiendo su ejemplo, vamos tras sus pisadas mirando siempre a su cruz y negándonos a nosotros mismos, las veces que sea necesario.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: