La salvación de Dios

Dice la Biblia en Salmos 42: 5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios porque aún de alabarle, Salvación mía y Dios mío.

Lejos de la casa de Dios, el salmista experimentaba abatimiento y turbación. Es muy ilustrativa la forma en que traducen otras versiones estas dos expresiones. “Desanimado y triste”, dice la Nueva Traducción Viviente; “inquietud y angustia” dice la Nueva Versión Internacional e “inquietud y preocupación”, dice la Traducción al lenguaje actual.

Para el salmista su vida giraba en torno a la casa de Dios y de pronto por alguna razón, que comentaristas serios dicen que era una enfermedad, está alejado del lugar de adoración y servicio a Dios. Para entender al autor de este salmo debemos tener presente que el templo de Jerusalén constituía el lugar de la presencia de Dios.

Podían adorar y lo hacían en sus hogares los judíos. Tanto los sacerdotes y levitas y el pueblo en general. Pero los levitas tenían que hacerlo tanto en su casa como en el templo. Para ellos no era suficiente lo que hacían en su hogar. No porque Dios no lo aceptara, sino porque su función estaba conectada directamente con el santuario.

De allí su desanimo, su tristeza, su inquietud, su angustia y preocupación. El salmista se sentía desfallecer. No estaba en la casa del Señor. Esa era la realidad. No la evadía, ni la escondía. Esa era la verdad. Admitía que estaba sumamente acongojado por esta situación que tal vez nunca imaginó.

Pero desde esa condición habló consigo mismo para declarar o manifestar que habría de esperar en Dios para volver alabarle en ese lugar. La palabra esperar se puede traducir también como confiar. El salmista estaba confiado que de nueva cuenta volvería a alabar a Dios en su santuario, reconociéndolo como su Salvación y su Dios.

La actitud del salmista es una tremenda lección de seguridad y confianza en el Señor, pero sobre todo es un ejemplo de cómo sobreponernos a una situación en la que la casa del Señor está de por medio. El salmista reconoció su triste condición, pero no se quedó allí; se levantó para animarse recordando que Dios siempre salva.

Sabía perfectamente que Dios llegaría en su auxilio porque es un Dios que salva. Estaba seguro que Dios vendría en su rescate porque es un Dios que salva. Confiaba plenamente en su Creador porque lo libraría de todo mal y lo llevaría de regreso a su santuario para alabar de nueva cuenta.

En medio de todo aquello que nos acongoja podemos recitar como el salmista lo hizo este hermoso texto para recordar y recordarnos que tenemos un Dios que salva.

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